Por Carlos Batalla

Era una función de matiné un domingo cualquiera. Una más en ese antiguo cine de Barrios Altos, en el Cercado de Lima. Aquel 30 de marzo de 1952, a dos días de volver al colegio, el viejo Astor recibió a 590 espectadores, la mayoría niños y adolescentes. De pronto, en medio de la película se desprendió un cartón del piso de cazuela en la parte lateral, y una voz imprudente sembró el pánico, la peor desgracia.

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