(Foto: Archivo Histórico El Comercio)
(Foto: Archivo Histórico El Comercio)
Por Lilia Córdova Tábori

Aquel Jueves Santo de 1966 Lima amaneció con dos grandes problemas: sin agua potable, debido a la rotura de una tubería troncal, e invadida por malos olores traídos por los vientos del norte. Ni el incienso encendido en las iglesias de la capital lograba apaciguar “los olores insoportables” provenientes de las fabricas de harina de pescado, según reportaron los periodistas del decano el 7 de abril de ese año.

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