Por Fabricio Torres del Águila

A uno le decían Zorro y al otro Cucurucho, y pinta de modelos de pasarela no tenían. En un momento, dada la sudorosa y arriesgada chamba, los ascendieron: además de ser ojos y oídos para su amo, ampliaron su oficio y se convirtieron en brazos y piernas (para empujar, para patear) del Gordo más simpático y famoso del país luego del amanerado Cassaretto. Así, el Gordo se veía más gordo. Ya no era uno sino tres. Ambos perros de presa fueron, además de celosos guardianes de su alma y espíritu, los encargados de abrirle paso a punta de empellones y amenazas contra cuanto personaje osara pifear y/o criticar a su benefactor.