Por Carlos Univazo

Chemo caminó lenta y silenciosamente hacia el estrado mientras los periodistas parecían esta vez entender su mutismo. Una voz callada que contrastaba con la estridencia de la multitud. Eran los pasos del campeón, también los del final. Tomó de la mano al ‘Puma’ con el afecto de quien se despide y juntos treparon al estrado para alzar el trofeo y ofrecérselo al hincha. Fue el pretexto para la explosión, el frenesí. Un momento increíble para un título imposible que cobraba forma de realidad. Una euforia desatada para desahogar la angustia de horas muy críticas. Un final feliz para que todos los que estaban en la fiesta se llevasen en una postal instantánea el recuerdo de lo que lograron apretando los dientes, casi con el valor que presta la desesperación.