Por Alonso Cueto

Un aeropuerto es un paraíso, una antesala del infierno o un purgatorio hecho para la eternidad. Puede ser el lugar feliz donde recibimos a un ser querido después de mucho tiempo. También el escenario trágico de una despedida donde algunos pocos lloran, se besan y se abrazan delante de un montón de extraños. A eso se refería Ana María Matute cuando escribió: “Lo cierto es que los aeropuertos han visto más besos verdaderos que los salones de bodas y las paredes de los hospitales han escuchado rezos más sinceros que las iglesias”. Escenarios de la intimidad vueltos públicos, las puertas de embarque y de llegada escenifican a familiares y amigos con el corazón acelerado.

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