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La inmensa soledad del monstruo
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La inmensa soledad del monstruo

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El monstruo es ser un solitario, violento y tierno, hecho de retazos de otros hombres. Desde que Mary Shelley lo creó hace más de doscientos años, no ha dejado de caminar por nuestra imaginación. En 1816, cuando el Volcán del Monte Tamora provoca un verano frío en Londres, ella viaja con su esposo, el gran y malévolo Percy Shelley, y con su atormentado médico John Polidori, a las orillas del Lago Ginebra. Allí está también Lord Byron. Por las noches se reúnen a contarse historias. Byron les propone contar relatos de fantasmas. Polidori recrea la historia de Drácula, un ser de fauces sedientas, cuyas leyendas ya venían de la Edad Media. Mary Shelley cuenta la de un médico delirante, el doctor Víctor Frankenstein. Su propósito es reunir trozos de cadáveres para componer un ser vivo. Basándose en experimentos del doctor Erasmus Darwin (abuelo de Charles), el doctor Frankenstein decide descargar electricidad en el sistema linfático de su monstruo compuesto de retazos humanos. Creará así un ser bello. Cuando lo intenta, el resultado es terrible. Quien aparece es un monstruo de aspecto horrendo. Victima de la culpa, el doctor huye del lugar. Luego, se encuentra con su obra. Se trata de una criatura desesperada que le cuenta que inspira el terror de todos. Solo un anciano ciego lo ha acogido. La criatura llamada Frankenstein le pide al doctor del mismo nombre que le produzca una novia igual a él. De ese modo, podrá tener compañía. Le promete irse con esa compañera a Sudamérica. El doctor trabaja en la creación de una mujer para su creación. Luego la destruye. Al quedarse solo, el monstruo piensa en el suicidio. Es el heredero de los hombres y mujeres rechazados por la sociedad. Solo un anciano ciego, otro desposeído, lo acoge.

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Y ahora Guillermo del Toro se hace cargo de este monstruo para darle un aspecto distinto. En la , Frankenstein aparece como una criatura estilizada, pálida, meditativa, un humanoide con atisbos de melancolía y arranques de violencia. Es capaz de deshacerse de los lobos feroces a dentelladas y también de acompañar a la bella y ensangrentada Elizabeth, después de los disparos de su creador Víctor. Del Toro convierte la historia en un diálogo entre padres e hijos. La criatura le reprocha a su padre haberle dado el dudoso don de la vida. Pero su reproche más profundo es no haberle dado el don de la muerte. El doctor Víctor se siente apenado. Su hijo es más poderoso que él. Le pide perdón. Es la historia de cualquier padre que ha querido criar a un hijo y después de rechazarlo, le pide disculpas por sus actos. Aunque la película ofrece demasiados efectos especiales y giros preciosistas para mi gusto, del Toro acierta en lo esencial. Podemos atisbar en la soledad y el poder del monstruo. Al terminar de verla, pensé que Frankenstein es también un ejemplo de ese otro ser que ya va camino de dominarnos. La inteligencia artificial todavía no ha producido un ente con iniciativa propia pero este llegará.

Frankenstein es un heredero de todos los rechazados del mundo pero también representa el aspecto vulnerable y sensible que todos llevamos dentro. Cualquiera que sea la forma que pueda tener, el miedo de ser rechazado por los demás siempre asoma. Frankenstein no es un ser excepcional. Es un hermano monstruoso que anida en nuestra alma. Ya Mary Shelley lo sabía.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Alonso Cueto es escritor

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