En "Facha: Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida", Jason Stanley sostiene una idea que se dedica a desarrollara lo largo de su ensayo: todo fascismo tiene como uno de sus centros gravitantes la defensa de la familia patriarcal. (Imagen: Blackie Books)
En "Facha: Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida", Jason Stanley sostiene una idea que se dedica a desarrollara lo largo de su ensayo: todo fascismo tiene como uno de sus centros gravitantes la defensa de la familia patriarcal. (Imagen: Blackie Books)
José Carlos Yrigoyen

Uno de los epítetos más recurrentes en el agresivo mundo de las redes sociales es el de ‘’. Suele endilgársele a quien está en las antípodas de nuestra posición ideológica: el término es abrumador, sataniza al réprobo y lo condena de manera incontestable a punta de likes. El abuso de dicha palabra no es solo síntoma de ligereza, sino también contraproducente: de tanto calificar a nuestros adversarios de fascistas, los auténticos seguidores de esa doctrina pasan desapercibidos y, cuando conseguimos identificarlos entre la maleza que hemos sembrado, ya es demasiado tarde. Jason Stanley (Nueva York, 1969) quiere librarnos de la trampa que alegremente nos tendemos. En su libro “Cómo funciona el fascismo” delimita los elementos que, calibrados entre sí, conforman la política fascista, y nos advierte de su gradual implantación en las sociedades contemporáneas.

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Jason Stanley sostiene una idea que se dedica a desarrollar de manera muy persuasiva a lo largo de su ensayo: todo fascismo tiene como uno de sus centros gravitantes la defensa de la familia patriarcal. De este principio dependen casi todos los demás. El fascismo, aunque alegue tener una “nostalgia del futuro”, siempre mira al pasado. Por eso la familia patriarcal le es tan decisiva: encarna los valores tradicionales, la legitimidad del hombre fuerte, la masculinidad y el mito de una grandeza nacional que diversos enemigos –el liberalismo, los extranjeros, el cosmopolitismo– se han encargado de degradar. Ese pasado mítico que los fascistas exigen de vuelta es una etapa histórica –imaginaria o no, lo mismo da– caracterizada por una división entre dominadores y sojuzgados. Los Estados Unidos que aspira a hacer grandes nuevamente no es otro que el de los años treinta, cuando la influencia fascista era más fuerte que nunca en su país, como aceptó implícitamente su asesor, Steve Bannon. Pero también podemos poner el ejemplo de los filonazis griegos de Amanecer Dorado, que añoran el esplendor del Imperio Bizantino, o la Hungría del dictador Orbán, descrita en la versión histórica oficial como muro de contención cristiano ante la amenaza musulmana (lo que, por lo demás, es una excusa perfecta para prohibir el ingreso a los refugiados del Medio Oriente).

Mitificar el pasado es siempre una simplificación. Y toda simplificación es una mentira. La propaganda y el antiintelectualismo juegan, por ello, un papel importante en la política fascista. Volvamos al caso de Trump. No es exagerado describirlo como un fascista integral por su espontánea propensión a mentir y persistir en sus falsedades y difamaciones. Miente no para sustituir a la verdad, sino para ponerla en entredicho. No solo eso: su desdén por la intelectualidad y la ciencia delata una necesidad de suprimir cualquier intercambio complejo y enriquecedor para “corromper el debate político y enmascarar la realidad”. Trump denuncia a las universidades norteamericanas porque, según él, perjudican la libre expresión de ideas alternativas a las mayoritarias en los campus. En ese sentido, resulta muy aguda la crítica realizada por Stanley a John Stuart Mill, quien aseveraba en “Sobre la libertad” (1859) que debíamos escuchar todas las posturas, incluso las más inaceptables, pues del choque de la verdad con el error necesariamente surge el conocimiento. Esta idea presupone que el prejuicio y la mentira son vicios que la buena fe se encarga de erradicar del debate político, lo que, como sabemos, no ocurre con frecuencia. Por eso es inútil y hasta peligroso conceder espacio al terraplanismo, el neonazismo o a los entusiastas del dióxido de cloro. Ahí no solo es imposible generar conocimiento, sino que contribuimos a instaurar el reino de la irrealidad: aquel donde la verdad y la mentira, gracias a las voces estridentes del negacionismo y el extremismo, se confunden sin remedio.

Algo que puede reclamársele a Stanley es que en ocasiones su concepto de fascismo es demasiado laxo, e incluye a personajes y partidos que podrían englobarse en posiciones más cercanas a la derecha conservadora. Sin embargo, esta mirada le permite hallar los matices autoritarios y las teorías de conspiración que intentan normalizarse a costa de la vida, la libertad y seguridad de generaciones enteras. La más cruel maldición china deseaba que nos toquen vivir tiempos interesantes. Si ese es nuestro destino, debemos conjurarlo apelando a la firmeza de la razón frente a quienes, como el general Millán Astray, vitorean la muerte y dan mueras a la inteligencia.

LA FICHA

“Facha: Cómo funciona el fascismo y cómo ha entrado en tu vida”

Autor: Jason Stanley

Editorial: Blackie Books. Año: 2020.

Páginas: 213.

Puntaje: ★★★★ de 5

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