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La ley y la función paterna, por Eduardo Gastelumendi

“Es fundamental que los niños perciban que sus padres aceptan las normas de convivencia con los otros, con los vecinos, en el tránsito y con ciudadanos de diferente nivel económico”.

Eduardo Gastelumendi Dargent Psicoanalista y psiquiatra

Corrupción y crecimiento

“Así como la corrupción, la consciencia ética también comienza en casa”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

Para ordenar en algo la confusión y el desconcierto, luego de percibir en las últimas semanas, otra vez, la profundidad y la generalización de la corrupción en nuestro país y para tomar este tema desde una perspectiva distinta, puede ser útil la noción psicoanalítica de la ley del padre.

Esta es distinta al concepto de ley en el derecho. La ley del padre ordena no solo las relaciones entre los miembros de la sociedad –de un modo diferente al sistema legal–, sino que fundamentalmente determina la estructura mental del individuo, su manera de sentir, su capacidad de pensar claramente y su actitud ética. Por ello, define también el modo en el que el sujeto se relaciona, desde su fuero íntimo, con las normas jurídicas en un Estado de derecho. Esto es lo que percibimos, por ejemplo, en la expresión proferida por más de uno de nuestros hombres de leyes: “Está mal pero no es delito”.

Explicaré de manera resumida este concepto, de comprensión exigente y alcances mayores a los que puedo referirme aquí. La ley del padre es el conjunto de normas que se instalan en el inconsciente del sujeto en la infancia y hasta los 4 o 5 años de edad. Como es sabido, esos primeros años son determinantes para el resto de la vida psíquica y social del sujeto. Esta ley se transmite a través de la llamada función paterna; es decir, mediante aquella función que ejerce tanto el padre como aquel que cumpla dicho rol en la familia: un tío, un padrastro, un abuelo o, incluso, la propia madre, y que pondrá límites a la ilusión del infante de ser “dueño” de la madre. Esta restricción le permitirá al niño o a la niña ir aceptando de manera “natural” (aunque, en realidad, es cultural) la necesidad de refrenar la satisfacción inmediata de sus deseos e impulsos. Este control será luego interno, incluso a nivel de las conexiones cerebrales, y lo llevará a asumir, paulatinamente, que las normas de convivencia pueden ser aceptadas e inclusive disfrutadas. Además, le permitirá pensar con lucidez y de manera lógica (lo que es fundamental para saber dialogar de manera constructiva). Estas normas, una vez internalizadas, son las que verdaderamente regirán la manera en la que el individuo se relacionará con los otros y con la sociedad en su conjunto. Si han sido internalizadas de manera confusa o débil, el sujeto tenderá a no aceptar las normas jurídicas, las reglas y los acuerdos. ¡Y ni qué decir de la palabra empeñada! En otras palabras, “la corrupción nace en casa”.

Así, aunque este individuo pareciera creer y diga respetar las normas, en realidad, de la boca para dentro no lo hará. Las considerará impositivas, una farsa para tontos o para favorecer a algunos pocos, y, por lo tanto, se sentirá con la libertad de no acatarlas, de sacarles la vuelta o de oponerse con falsos argumentos a ellas (como quizás ocurra en algunos conflictos sociales). Pero la más reciente ilustración de todo ello son esos audios de las conversaciones entre magistrados “hermanos” del Poder Judicial.

Ahora bien, para que la función paterna sea operativa y la ley del padre se instale de manera estable y saludable, el infante debe ver y sentir que los padres también cumplen esa ley. En la práctica esto ocurre cuando los niños perciben que existe respeto y una cierta predictibilidad en el trato entre los padres y de estos con sus hijos. Es decir, un ambiente en que los padres actúan y colocan sanos límites como adultos, sin descargar su rabia y otros impulsos en el hogar como si ellos fuesen también niños sin límites. Esto es, un ambiente familiar en donde los hijos, aún pequeños, pueden predecir emocionalmente bastante bien cómo van a reaccionar sus padres ante las diferentes situaciones y dilemas cotidianos. Por último, es fundamental que los infantes y niños perciban que sus padres, a su vez, aceptan las normas de convivencia con los otros, con los vecinos, en el tránsito, con otros individuos de diferente nivel social, económico, etc., para arriba o para abajo. En una palabra, padres respetuosos generan hijos respetuosos y con consciencia social. En los primeros años de la crianza las formas son tan importantes como el fondo. Se puede ejercer la autoridad y, al mismo tiempo, ser respetuoso. El autoritarismo abusivo del padre (o de la madre) daña la función paterna. Los hijos serán luego personas sumisas, o rebeldes y autoritarias como sus padres. En ambos casos, tendrán muy poca flexibilidad y poca capacidad para pensar críticamente o darse cuenta de lo que les sucede.

Cuando la ley del padre no se afirma en el sujeto de manera suficiente, el infante, luego adulto, lleva grabado en el fondo de su ser lo siguiente: las leyes de convivencia y tolerancia social, las jurídicas y la ética son impuestas por algunos para abusar de los otros. Por lo tanto, hay que ser “vivos” y no hay ningún problema moral en romperlas. Romper todas las leyes y volver a creerse dueño de la madre y hasta de mamar de sus pechos –de ahí la expresión “el Estado como mamadera”–, como si de verdad le pertenecieran a él o a sus “hermanos”. Pero no al padre. La ley del padre, que simboliza y representa aquello capaz de mantener el ordenamiento social, es negada y repudiada.

¿Se entiende de qué estamos hablando? El asunto es serio. Ningún repunte de la economía va a solucionar este problema. Y además, lamentablemente, la mejoría en la calidad de la educación escolar, por buena que sea, no es suficiente. Se requiere de algo más extenso y profundo. Un trabajo de grupo coordinado, inteligente, bien dirigido, articulado y sostenido durante el tiempo. ¿Cuánto? Por lo menos el suficiente para que quienes son ahora infantes o están por nacer hayan tenido sus propios hijos. Es decir, unos 25 o 30 años.
Si queremos salir de donde estamos, debemos reconocer que no solo es mucho el trabajo que hacer desde ahora mismo, sino que este debe ser sostenido conscientemente y sin perder el objetivo. La construcción de una colectividad de peruanos más sana y ética. ¿Seremos capaces de lograrlo? ¿Quién o quiénes serían los encargados de sostener o coordinar un proyecto así?

Por lo pronto, así como la corrupción, la consciencia ética también comienza en casa.

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