Tanto analistas de lo que se suele llamar la situación internacional como políticos del mundo entero coinciden en que hemos ingresado a un nuevo orden global. El punto de inflexión sería la segunda presidencia de Donald Trump en los Estados Unidos.
Siempre aplicando de manera agresiva su lema “Hagamos que Estados Unidos sea grande otra vez”, el mandatario del norte ha modificado su política arancelaria, explicitado su interés por capturar territorios como Groenlandia y manifestado su voluntad de controlar América Latina. Se ha entrometido en conflictos internacionales como el de Gaza, ha hecho público su desprecio por Europa y ha propuesto un nuevo reparto de zonas de influencia con China y Rusia. Todo esto, mientras hace alarde de su desinterés por las instituciones multilaterales y las reglas derivadas de decenios de diplomacia internacional. En su frente interno, abusa de los migrantes y extiende su autoritarismo hacia quienes los defienden con medidas vecinales concretas y organizadas.
Ahora bien: con el presidente Trump no nació todo. Si partimos del supuesto de que el orden mundial que ha entrado en crisis es el que se instaló a partir de 1945, después de la Segunda Guerra Mundial, vale la pena señalar algunos de sus antecedentes. La disolución de la Unión Soviética (1989) y la consecuente modificación sustantiva de las fuerzas políticas y militares es una referencia crucial, como la creación de la Unión Europea en 1993. Son hitos, igualmente, el ataque a las Torres Gemelas (2001); la invasión de Iraq por EE.UU. y aliados (2003), sin aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU; la irrupción de China como potencia mundial, confirmada en el 2010 al situarse como segunda economía mundial; la invasión de Rusia a Ucrania (2022); y la crisis de la democracia liberal.
¿Qué urge salvaguardar del mundo que se va? La democracia, sobre todo las conquistas ciudadanas como el respeto a los derechos humanos en general, incluidas las libertades individuales y de organización. Asimismo, la crucial independencia de los poderes del Estado, para evitar su captura por grupos de intereses cada vez más ajenos al bien común.
En favor de aquello que urge defender, es crucial que el Perú promueva la preservación de las melladas pero fundamentales políticas multilaterales entre países y bloques. Al mismo tiempo, cabe preservar sin titubeos la soberanía nacional y la independencia frente a las potencias, consolidar una institucionalidad estatal para luchar contra las economías ilegales, y reconstituir o fortalecer los bloques intrarregionales como la Alianza del Pacífico.
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