La cita para el final, tiene día y hora pactada. Y no, no me malinterpreten, no me refiero a esos 90 minutos de juego con posibles alargues y Dios no quiera penales... Este domingo, en un mismo escenario, estaremos viendo con gloria o pena, el último capítulo de una leyenda; y en el mismo verde, el primero de quien parece estar destinado a dominar la escena en los mundiales.
Una fotografía tomada hace 20 años cruzaba por primera vez el camino del hoy astro Lionel Messi y de un Lamine Yamal de unos meses de nacido, en una sesión inédita.
Ningún guion escrito con puntos y comas, ni mucho menos una foto creada con IA hubiese resultado tan perfecta para anticiparnos que frente a frente tendríamos la despedida más emotiva de la Copa del Mundo con un sueño vivo con Argentina y la posibilidad de alcanzar las estrellas con España.
Pero, tal vez, esa sea la inexplicable magia del Mundial. No solo levantar campeones, sino también decirles adiós cuando los sucesores están listos para empezar a brillar en la temporada más exigente. La que detiene el tiempo, hasta que el caprichoso parpadeo de estar en la final te despierta, te golpea y te hace caer en cuenta que, como en la mismísima vida, todo tiene su fin.
Que ahora, los momentos son recuerdos: el gol mágico de la pequeña Cabo Verde de Lopes Cabral. La madre de Vozinha en la tribuna. Los “RU RU”, moviéndose al unísono del remo vikingo. El contenido llanto de Cristiano. Paraguay eliminando a Alemania. El show de goles de Mbbapé y la fiesta de Messi cada que se lo proponía.
De seguro, esos 39 días de puro fútbol se mirarán con altísima nostalgia, pero lo que también es seguro es que el juego elige y parece haber elegido ya a sus nuevos protagonistas.
Por lo que las despedidas no siempre son el fin, tal vez, solo el inicio.
En otras caras y las mismas dorsales.