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La nueva generación, por Mario Ghibellini

“Lo que estamos haciendo es refrescar la vocería y algunos cargos del partido”, ha anunciado el congresista Juan Carlos del Águila, uno de los nuevos portavoces de Fuerza Popular.

Mario Ghibellini 3 de noviembre.

“Esta semana hemos tenido indicaciones de que dentro de la bancada de Fuerza Popular hay todavía representantes del keikismo que creen que, en el fondo, todo sigue igual”. (Ilustración: Mónica González).

Ilustración: Mónica González.

Fuerza Popular no estará de moda, pero sí de muda. A raíz de la alta desaprobación a su forma de proceder dentro y fuera del Congreso, ha decidido cambiar. Y como ninguna promesa de cambio resulta convincente si no se remueve antes a las personas que encarnaban la actitud que se quiere desterrar, ha iniciado una auténtica metamorfosis interna.

“Lo que estamos haciendo es refrescar la vocería y algunos cargos del partido”, ha dicho el legislador Juan Carlos del Águila, uno de los nuevos portavoces de la bancada fujimorista, para explicar por qué Úrsula Letona, Alejandra Aramayo y Karina Beteta han dejado esa función para ser reemplazadas por Carlos Tubino, Luz Salgado y Octavio Salazar. Y también, cómo así el antiguo comité ejecutivo nacional ha sido desplazado por un flamante comité de emergencia que integran, entre otros, Úrsula Letona, Karina Beteta y el recordado prócer de la democracia parlamentaria Luis Galarreta. Se nota el cambio, ¿no?

Ahora sí, con esta nueva tripulación, Fuerza Popular parece estar lista para despegar como una nave espacial hacia el futuro.

—Presunción de inocencia—

Una cosa hay que decir en favor de la organización fujimorista a la luz de todo esto: que así como demandan ser tratados con presunción de inocencia, ellos evidentemente dispensan esa misma consideración al prójimo. Porque la verdad es que solo presumiendo que somos muy inocentes pueden haber imaginado que íbamos a comprarnos la historia de que estos movimientos de fichas con pases de ilusionista constituyen cambio alguno.

Los partidos políticos son corporaciones diseñadas para buscar el poder y, de conseguirlo, permanecer en él por el mayor tiempo posible. Por eso resulta inverosímil que quienes conducen ese afán –sus dirigentes– estén mansamente dispuestos a ceder sus posiciones de privilegio dentro de la estructura partidaria por algún prurito renovador o como consecuencia de algún ejercicio autocrítico. Y eso vale tanto para Keiko Fujimori (que a pesar de ser la principal responsable de los desaguisados de Fuerza Popular, no se incluyó a sí misma en el plan de rotaciones que anunció la semana pasada), como para sus capataces y sahumadores más encumbrados.

Las autocríticas, en realidad, se les suelen antojar a los políticos tan tentadoras como las depilaciones al Hombre Lobo. Cuando por necesidad incluyen la idea en sus discursos, solo excepcionalmente la materializan en referencias concretas. De preferencia, mencionan generalidades difíciles de atar a un evento preciso o reparten la culpa admitida entre muchos para que la dosis que les toque sea inocua.

Eso es lo que estaba haciendo la señora Fujimori días atrás al declarar: “Terminemos juntos esta guerra política reconociendo que todos hemos sido parte de ella”. O también Úrsula Letona cuando sentenció en una entrevista: “Nos equivocamos en las formas”.

¿En las formas? ¿A qué se refiere con eso? ¿A que si hubieran expresado sus denuestos y ataques acompañándolos del movimiento de manos de quien recita, todo estaría bien? ¿A que tendrían que haber usado la voz pasiva para verbalizar su censura a Jaime Saavedra o su blindaje a César Hinostroza? ¿A que en lugar de llamar ‘mermelera’ a la prensa que los incomodaba deberían haberla calificado solamente de ‘aficionada al sirope’?

Difícilmente. En realidad, hablar de ‘las formas’ es una manera de eludir la discusión sobre ‘el fondo’, que es donde anidó el germen de sus atropellos y vendettas. Y, con esa misma lógica, parece que hablar de los cambios puede ser una manera de intentar que estos no se produzcan.

—La frontera final—

De hecho, esta semana hemos tenido indicaciones de que dentro de la bancada de Fuerza Popular hay todavía representantes del keikismo –y de perfil muy alto– que creen que, en el fondo, todo sigue igual. El comportamiento de la señora Rosa Bartra, por ejemplo, vociferando en el pleno para tratar de impedir una votación que la Mesa Directiva ya había admitido, da noticia de las dificultades que tiene para asimilar que, si bien ellos no han cambiado, el entorno en el que se mueven, sí.

En la misma dirección apuntan, por otro lado, los recientes llamados al diálogo con el Ejecutivo para “construir una agenda de consenso que permita poner en marcha las reformas legislativas pendientes y muy necesarias para el desarrollo del país”… sin adelantar una sola idea al respecto. Una de las críticas que más ha mellado la imagen del fujimorismo es, sin duda, la que se centra en el hecho de que, en más de dos años, no hayan sabido aprovechar su mayoría en el Legislativo para sacar adelante reforma importante alguna. Y, a juzgar por los términos de la invocación que han dirigido en estos días al presidente Vizcarra, todavía tienen la impresión de que pueden esperar a estar sentados frente a él para por fin proponer una tormenta de ideas en la que a lo mejor alguien sugiera algo interesante sobre lo que podría hacerse en materia de seguridad, salud o crecimiento económico. Total, los ‘match impro’ siempre tienen acogida entre el público.

La transformación ofrecida, pues, no se va producir con solo cambiar el nombre del chat La Botica por El Orfanato, Kanevaro o algún otro. Mientras la ‘nueva generación’ a cargo de la bancada y el partido esté compuesta por la vieja guardia, valedora de los entuertos que los han conducido a donde están, no habrá más refresco en las filas de Fuerza Popular que el que incluye el menú del comedor del Congreso. Y la tripulación de la nave en la que se han embarcado va a tener en efecto la misión de explorar –como rezaba la presentación de una recordada serie de televisión– ‘la frontera final’, pero en una acepción que no es la que ellos se imaginan.

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