Nos despertamos con una alarma. Revisamos el celular antes de salir de la cama. Desayunamos mientras respondemos mensajes. Terminamos el día pensando en todo lo que no alcanzamos a hacer. Y cuando alguien pregunta cómo estamos, respondemos “bien pero full”. Debido a ello, nuestro cuerpo tarde o temprano pagará la cuenta… y no, el estrés en sí no es el problema, sino más bien cómo lo gestionamos. Te cuento.
Nos despertamos con una alarma. Revisamos el celular antes de salir de la cama. Desayunamos mientras respondemos mensajes. Terminamos el día pensando en todo lo que no alcanzamos a hacer. Y cuando alguien pregunta cómo estamos, respondemos “bien pero full”. Debido a ello, nuestro cuerpo tarde o temprano pagará la cuenta… y no, el estrés en sí no es el problema, sino más bien cómo lo gestionamos. Te cuento.
El estrés es un mecanismo de supervivencia frente a una amenaza que nuestro cerebro percibe. Al recibir esta alerta, nuestro cuerpo activa una serie de respuestas que aumentan la liberación de hormonas como el cortisol y la adrenalina; el corazón late más rápido, aumenta la presión arterial y se moviliza glucosa hacia la sangre para disponer de energía rápidamente. Y hoy en día vivimos permanentemente en modo urgente: reuniones, tráfico, falta de sueño, responsabilidades familiares, notificaciones. Eso, desde luego, tiene consecuencias.
En el plano metabólico, el estrés crónico puede alterar la regulación de la glucosa y favorecer una menor sensibilidad a la insulina. Además, puede modificar las señales relacionadas con el hambre y la saciedad y aumentar el deseo por alimentos altamente palatables, especialmente aquellos ricos en azúcar y grasa. Por eso, después de un día particularmente caótico, probablemente tu cerebro no esté fantaseando con brócoli al vapor, sino más bien con una hamburguesa con doble queso y papas.
También existe una relación estrecha entre estrés y hormonas. El cortisol interactúa con múltiples sistemas hormonales y, cuando el estrés es persistente y se combina con factores como poco sueño o baja disponibilidad energética, puede afectar la función reproductiva. En algunas personas contribuye a las alteraciones del ciclo menstrual y también es capaz de interferir con la calidad del sueño. Esto último crea un círculo poco conveniente: estamos estresados, dormimos peor y, como dormimos peor, respondemos pésimo al estrés.
Nuestro estado de ánimo tampoco sale ileso. La exposición prolongada al estrés se asocia con mayor irritabilidad, cansancio, dificultad para concentrarnos y mayor riesgo de síntomas de ansiedad y depresión.
Los espacios de recuperación como el ejercicio, las caminatas o las comidas lentas son clave.
/ DaniloAndjus
Pero, ojo, el objetivo no es vivir “libres de estrés” (algo poco realista), sino más bien enfocarnos en algo que hemos ido perdiendo: espacios de recuperación. Comer sentados y sin tanta prisa, salir a caminar, respirar, tener momentos sin pantallas o simplemente no llenar cada minuto disponible. Porque quizá vivir mejor no siempre requiere agregar otro hábito a nuestra interminable lista de pendientes. A veces requiere exactamente lo contrario: quitar algo. En resumen: construir una vida en la que también tengamos tiempo para estar presentes.