RespuestasDiciembre fue un mes de encuentros y disfrute, en el que las celebraciones, las mesas llenas y los brindis repetidos desplazaron temporalmente nuestra rutina. Como resultado, es normal que en enero el cuerpo nos pida un descanso. Sin duda, uno de los órganos que más siente este período es el hígado, que trabaja intensamente durante las fiestas procesando el alcohol, las comidas más grasosas y los desajustes en los horarios.
Diciembre fue un mes de encuentros y disfrute, en el que las celebraciones, las mesas llenas y los brindis repetidos desplazaron temporalmente nuestra rutina. Como resultado, es normal que en enero el cuerpo nos pida un descanso. Sin duda, uno de los órganos que más siente este período es el hígado, que trabaja intensamente durante las fiestas procesando el alcohol, las comidas más grasosas y los desajustes en los horarios.
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Por eso, estos días aparecen como una oportunidad ideal para volver a escuchar al cuerpo y acompañar al hígado en su recuperación. No se trata de “castigarse” ni de recurrir a soluciones extremas o “milagrosas”, sino de retomar hábitos que le permitan desinflamarse, funcionar mejor y recuperar el equilibrio perdido tras los excesos de fin de año.
¿Qué le ocurre realmente al hígado tras los excesos?
Aunque el hígado es un órgano resiliente, su capacidad de adaptación no es ilimitada. Cuando los excesos se prolongan durante semanas—ya sea por una alimentación hipercalórica, el consumo elevado de alcohol o la combinación de ambos— el órgano comienza a sufrir alteraciones internas que, aunque al principio pasan desapercibidas, afectan de forma directa a su funcionamiento.
Uno de los primeros cambios ocurre a nivel celular. Como explicó Andrés Rodríguez, médico internista de la Clínica Angloamericana a Somos, el hígado empieza a acumular triglicéridos dentro de los hepatocitos, dando lugar a la esteatosis hepática o hígado graso. Este fenómeno aparece cuando la cantidad de grasas y toxinas que deben procesarse supera la capacidad del órgano. Como consecuencia, el hígado pierde eficiencia y se ven comprometidas funciones esenciales como la detoxificación, el metabolismo de nutrientes, la digestión y la regulación inmunitaria.
Este desequilibrio se agrava especialmente cuando el exceso incluye alcohol. Tal como señaló Javier Díaz, hepatólogo de Clínica Internacional, durante su metabolización el hígado trabaja a sobrecarga y produce acetaldehído, una sustancia altamente tóxica que genera inflamación y daño celular.
“En este sentido, la Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte que incluso consumos percibidos como moderados, pero repetidos, pueden desencadenar inflamación silenciosa y estrés oxidativo. El problema es que, en esta fase inicial, el daño no suele manifestarse con síntomas claros, lo que permite que el deterioro avance sin ser detectado”.
Con el paso del tiempo, esta agresión constante puede traducirse en un aumento del tamaño del órgano. Whiliam Franco, médico endocrinólogo de Sanitas Consultorios Médicos destacó que el llamado “hígado inflamado”, cuyo término médico es hepatomegalia, es una respuesta defensiva frente al daño continuo. Al inflamarse, el hígado estira la Cápsula de Glisson, provocando una sensación de pesadez o dolor sordo bajo las costillas derechas. Más allá de la molestia, lo relevante es que la inflamación sostenida activa mecanismos de reparación que generan tejido cicatricial.

Es precisamente en este punto donde el proceso se vuelve peligroso. Si la inflamación persiste durante meses, la fibrosis progresa y las cicatrices comienzan a reemplazar el tejido sano. Cuando este proceso se intensifica, el hígado pierde su estructura y funcionalidad, pudiendo evolucionar hacia una cirrosis, una etapa ya irreversible.
Cuando el cuerpo empieza a avisar
En estos casos, generalmente el organismo lo hace sin síntomas claros. Sin embargo, como precisó Leopoldo Arosemena, hepatólogo especialista en trasplante de hígado de Cleveland Clinic, las señales más comunes incluyen cansancio persistente, pesadez abdominal, náuseas, digestiones lentas, hinchazón y malestar general.
“Cuando el hígado se ve comprometido significativamente, aparecen signos de alerta como ictericia (piel y ojos amarillos), orina oscura, picazón intensa o dolor en el lado derecho del abdomen”. Ante estos síntomas, o si existen factores de riesgo como obesidad y diabetes, el doctor Díaz subrayó que los cambios de hábitos deben ir acompañados de una evaluación médica para descartar un daño hepático más avanzado.
¿Cómo revitalizar el hígado?
Nutrición detox
De acuerdo con Whiliam Franco, la clave para revitalizar el hígado está en proporcionar los sustratos químicos para sus procesos de desintoxicación y metabolismo. Por eso, los alimentos y bebidas que no debería faltar son:
- Vegetales crucíferos (brócoli, coliflor, coles de Bruselas): Ricos en sulforafano y azufre, compuestos que activan las enzimas hepáticas encargadas de neutralizar toxinas y volverlas hidrosolubles para su eliminación.
- Yema de huevo y bacalao: Principales fuentes de colina, nutriente esencial que permite transportar la grasa fuera del hígado mediante la producción de VLDL (lipoproteínas de muy baja densidad), evitando la acumulación de grasa hepática.
- Alcachofa: Contiene cinarina y silimarina, compuestos que estimulan la producción de bilis, facilitando la digestión de grasas y la eliminación de desechos.
- Ajo y cebolla: Ricos en azufre y glutatión, ayudan a neutralizar radicales libres y toxinas como el acetaldehído derivado del alcohol.
- Pescados grasos (salmón, sardina, caballa): Aportan ácidos grasos Omega-3, que reducen la inflamación sistémica y hepática.
- Legumbres, hojas verdes y cereales integrales: Fuentes de vitaminas del complejo B (B3, B6, B9 y B12), necesarias para la reparación celular del hígado.
- Café negro (sin azúcar ni leche): Sus polifenoles elevan los niveles de glutatión, uno de los antioxidantes más potentes del organismo.
- Té verde: Mejora el metabolismo de lípidos en el hígado y reduce el estrés oxidativo.
- Agua con limón: El ácido cítrico estimula la producción de bilis y la vitamina C actúa como antioxidante; además, una correcta hidratación facilita el trabajo conjunto entre hígado y riñones.
Moverse para sanar
En definitiva, el ejercicio es un pilar fundamental para la salud hepática. Por eso, para Harold Benites, gastroenterólogo de SANNA Clínica El Golf es recomendable realizar actividad aeróbica de intensidad moderada —caminar a paso ligero, nadar o andar en bicicleta— al menos 5 veces por semana y entrenamiento de fuerza 2 a 3 veces por semana.
“Un error común es intentar “compensar” los excesos con entrenamientos extremadamente intensos en poco tiempo. Esto no revierte el daño metabólico, al contrario, puede elevar el cortisol y generar desechos metabólicos que afectan negativamente al organismo y al hígado. Lo verdaderamente efectivo es la regularidad, ya que el ejercicio constante mejora la sensibilidad a la insulina y reduce la acumulación de grasa en el hígado”.

Mente en calma, cuerpo en reposo
El hígado sigue un ritmo circadiano (un reloj interno), por lo que el descanso y el manejo del estrés son esenciales. Como recalcó el doctor Franco, durante el sueño profundo ocurren los procesos de desintoxicación y regeneración hepática. Dormir poco altera hormonas como la grelina y la leptina, aumenta la resistencia a la insulina y dificulta el metabolismo de las grasas.
Mientras que, el estrés crónico eleva el cortisol y la adrenalina, lo que obliga al hígado a liberar glucosa constantemente. Con el tiempo, este exceso de glucosa se reconvierte en grasa hepática, favoreciendo la esteatosis.
“A diferencia de otros órganos, el hígado puede regenerarse si cortamos los excesos y retomamos los hábitos saludables. Durante las primeras 72 horas debe de haber una abstinencia de alcohol y azúcares refinados para que se termine de procesar los restos de las toxinas acumuladas. Entre la primera y segunda semana, la esteatosis (hígado graso) comienza a retroceder: las vacuolas de grasa almacenadas en las células hepáticas empiezan a metabolizarse para obtener energía. Tras un mes de buenos hábitos, se inicia la restauración metabólica y el hígado suele recuperar su tamaño y eficiencia normal”, sostuvo el endocrinólogo de Sanitas.
¿Qué debemos evitar para no sobrecargar el hígado?
Cuando el hígado se encuentra inflamado o sobreexigido, no solo es importante incorporar hábitos saludables, sino también evitar aquello que aumenta su carga metabólica y dificulta su recuperación.
Alimentos que conviene reducir temporalmente
De acuerdo con Whiliam Franco, uno de los principales factores que debemos evitar es el consumo de productos ultraprocesados ricos en azúcares añadidos, especialmente aquellos que contienen jarabe de maíz de alta fructosa (como barritas de cereal o yogures saborizados).
“La fructosa se metaboliza casi exclusivamente en el hígado y, cuando este está inflamado, su exceso se convierte rápidamente en grasa, favoreciendo la lipogénesis y empeorando el hígado graso”.
También se recomienda evitar los embutidos y carnes ultraprocesadas (salchichas y jamón), ya que su alto contenido de sodio y nitratos favorece la retención de líquidos y aumenta la presión sobre la circulación hepática.
Otro grupo a limitar son los aceites vegetales refinados (soja, maíz y girasol), muy presentes en comidas rápidas y snacks. El experto de Sanitas precisó que estos aceites son altamente proinflamatorios y su consumo habitual contribuye al estrés hepático. En su lugar, se aconseja el uso de aceite de oliva virgen o métodos de cocción más simples, como el vapor.

Asimismo, las harinas refinadas (pan blanco, pastas y galletas) deben reducirse, ya que se transforman rápidamente en glucosa. El exceso de azúcar en sangre obliga al hígado a convertirla en triglicéridos, aumentando su carga de trabajo.
Bebidas que perjudican al hígado
Las bebidas azucaradas representan otra fuente importante de daño hepático. Los refrescos con jarabe de maíz de alta fructosa generan picos de azúcar que el hígado convierte directamente en grasa. De manera similar, los jugos de fruta, aunque percibidos como saludables, pierden la fibra natural de la fruta, lo que provoca que la fructosa llegue de forma rápida y masiva al hígado, con efectos comparables a los refrescos.
Las bebidas deportivas también deben evitarse, salvo en casos de ejercicio intenso y prolongado, ya que aportan sodio y azúcares innecesarios que el hígado debe procesar sin una demanda real del organismo.
Dietas y productos “detox”
En enero es común recurrir a dietas detox, jugos depurativos o kits de limpieza. Sin embargo, como advirtió la nutricionista Estrella Campos estas prácticas carecen de evidencia científica. Por ejemplo, los jugos detox concentran fructosa sin fibra y muchos de estos productos actúan solo como diuréticos o laxantes, provocando deshidratación y pérdida de electrolitos. Algunos, incluso, pueden causar daño hepático.
“Uno de los principales errores es pensar que el hígado necesita limpiarse con jugos, ayunos extremos o productos detox. El hígado ya es un órgano detox por naturaleza: filtra, transforma y elimina sustancias todos los días, por lo tanto, no hay evidencia de que los jugos o ciertas sustancias aceleran este proceso”, aseguró la especialista.
Medicamentos y suplementos
Según el doctor Javier Díaz, el uso frecuente de ciertos fármacos puede impactar negativamente en la salud hepática, especialmente al combinarlos con alcohol. Esta mezcla resulta altamente tóxica, ya que el alcohol agota las reservas de glutatión —un antioxidante clave para neutralizar sustancias—, aumentando el riesgo de sufrir daños por medicamentos comunes como el paracetamol.
Además, muchos productos que se comercializan como “naturales” no están adecuadamente regulados y también pueden afectar al hígado. Muchas hierbas y suplementos nutricionales u hormonales pueden causar hepatotoxicidad. “Se han descrito casos de lesión hepática por té verde o cúrcuma cuando se consumen en altas dosis o en extractos concentrados”, afirmó el especialista de la Clínica Internacional.
“Es importante tener especial cuidado con los productos que prometen “quemar grasa” o “limpiar el hígado”, ya que pueden contener altas concentraciones de hierbas difíciles de procesar, generando un mayor estrés en las células hepáticas. De igual manera, el consumo excesivo de vitaminas puede resultar perjudicial, dado que estas se almacenan en el hígado y pueden volverse tóxicas cuando el órgano ya se encuentra inflamado o comprometido por los excesos recientes de comida y alcohol”, concluyó el doctor Whiliam Franco.
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