Escenas de la ficción "El juicio de los 7 de Chicago". (Foto: Netflix)
Escenas de la ficción "El juicio de los 7 de Chicago". (Foto: Netflix)
Ricardo Hinojosa Lizárraga

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En medio del ajetreo de un polémico y tenso juicio, un hombre pierde por completo la paciencia. Su interlocutor, uno de los acusados en el proceso, es un afroamericano de 32 años a quien se le imputa haber sido parte de una conspiración para generar violentos disturbios durante una protesta ocurrida en agosto de 1968. También está señalado por el cargo que ostenta: es uno de los fundadores de una organización de izquierda, considerada radical, que reivindica el poder de la comunidad afroamericana y que dice estar siempre alerta ante la posibilidad de actos violentos ejercidos por la policía contra ellos. Sin embargo, también han sido señalados por violencia.

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Con ese currículum, el hombre afroamericano que está en el banquillo es visto con recelo. Además, no ha parado de protestar, alzar la voz e interrumpir el proceso. Ante la ausencia de su abogado por enfermedad pidió, incluso, representarse a sí mismo, pero le negó la posibilidad, precisamente, el hombre que pierde por completo la paciencia con él. Entonces, decide cometer un acto que muchos consideraron racista: ordena que le esposen los pies y las manos a su silla, además de amordazarlo.

Los otros acusados, todos de raza blanca, no sufrieron similar vejación. Protestaron de inmediato, pero quien lo decidió tenía la potestad de hacerlo: era Julius J. Hoffman, el juez. El acusado era Bobby Seale, cofundador de los Panteras Negras. El momento: octubre de 1969, durante el juicio contra los llamados “”, probablemente el proceso legal más simbólico de aquella década, en el cual esos hombres fueron responsabilizados por la violencia ocurrida en dicha ciudad, en los exteriores de la Convención Demócrata que tuvo lugar meses antes.

Desarrollado en plena explosión de las movilizaciones civiles que marcaron esa década, su cobertura mediática hizo que el país entero pudiera verse frente al espejo en los rostros de aquellos activistas y en sus argumentos. “Aunque tu hermano está atado y amordazado/ y lo hayan encadenado a una silla/ ¿No vendrás a Chicago/ solo para cantar/ en una tierra que se conoce como libertad?”, escribió Graham Nash en “Chicago”, su tema inspirado en la desdichada situación de Seale que se repitió durante varios días más. La más famosa banda local, Chicago, también le cantó al asunto.

Chicago parece siempre haber sido un lugar preciso para la agitación. Ya en mayo de 1886 una huelga de trabajadores y el tristemente célebre incidente de Haymarket abrieron el camino para una jornada laboral de solo 8 horas. En 1929, con los gánsteres convertidos en amos y señores de calles y bares, Capone dirigía contrabandos y matanzas. La llamada “Ciudad de los vientos” parecía hija de huracanes y tormentas. En ese sentido, los hechos de 1968 y 1969 no parecieron ser la excepción.

Para ese momento, los fuegos de la Guerra de Vietnam tenían ya algunos años ardiendo. Más de 19 mil estadounidenses habían muerto y muchos más heridos pagaban las consecuencias de las decisiones de su gobierno. Miles de jóvenes, manifestándose en distintas ciudades, se oponían a la participación de Estados Unidos en un conflicto en el que consideraban que no tenían nada que hacer. Pero Lyndon B. Johnson, entonces presidente, no pensaba lo mismo: en poco tiempo aumentó la fuerza de 75 mil a 125 mil soldados.

La cifra de hombres llamados a filas se duplicó de 17 mil a 35 mil por mes. Toda una provocación contra los pacifistas. En marzo de 1968, estos decidieron promover una protesta durante la Convención Demócrata –partido al que pertenecía Johnson, quien había asumido la presidencia tras el asesinato de John F. Kennedy en noviembre de 1963 y fue elegido posteriormente para un segundo mandato-, que se realizaría entre el 26 y el 29 de agosto, y que se había organizado para elegir al candidato presidencial que se enfrentaría al republicano Richard Nixon.

Antes, el candidato más natural parecía ser Robert Kennedy, pero su asesinato en junio de aquel mismo año cambió el curso de las cosas. Poco antes, en abril, había sido asesinado Martin Luther King, tras lo cual se habían producido serios disturbios en más de 100 ciudades del país, Chicago incluida. A pesar de que en 1964 aprobó la Ley por los Derechos Civiles, Vietnam era la gran deuda de Johnson ante los ojos de la juventud americana.

Amos de la guerra

El combate contra el Vietcong, pugnas políticas, movimientos sociales, reivindicación racial, insistentes pedidos por la paz. Alrededor, mientras tanto, volaba la música de Jimi Hendrix, The Rolling Stones, The Doors, The Beatles o Janis Joplin, mientras voces protestantes como las de Bob Dylan o Joan Baez hacían también su parte del trabajo. The National Mobilization Against the War (MOBI) y el recién formado Partido Internacional de la Juventud (Youth International Party), conocidos como “yippies” por sus siglas en inglés, lideraban la movilización. Otros grupos de todo el país habían prometido llegar a Chicago e irrumpir en la Convención para protestar contra la guerra.

Decidieron organizar el “Festival de la vida”, un evento paralelo a la actividad política que tendría arte, teatro y música en un ambiente pacífico. Nombraron a un chancho llamado Pigasus, “El inmortal”, como candidato oficial a la presidencia y bailaron y cantaron por las calles de la ciudad. “Vengan todos ustedes, rebeldes, espíritus juveniles, juglares de rock, buscadores de la verdad, poetas, saltadores de barricadas, bailarines, amantes y artistas”, decía una convocatoria que empezó a repartirse con semanas de anticipación. Ellos esperaban medio millón de manifestantes, pero solo llegaron unas 10 mil personas.

Un año después, el festival de Woodstock sería un mejor catalizador de toda esta energía. En el Lincoln Park, la banda MC5 –manejada por el poeta y activista John Sinclair y liderada por Fred “Sonic” Smith, más tarde esposo de Patty Smith– hizo un concierto histórico que fue brutalmente disuelto por la policía. La misma violencia se repitió en Grant Park o frente al Hotel Conrad Hilton, donde estaban alojados muchos participantes de la Convención Demócrata. Todo el país vio los disturbios por televisión, horrorizado.

Al alcalde Richard J. Daley no le gustaban nada los manifestantes y decidió combatirlos con tácticas que fueron calificadas como “dignas de la Gestapo” por el senador Abraham Ribicoff. Daley cercó el Anfiteatro Internacional, lugar de la convención, con alambres de púas, selló las tapas de las alcantarillas con alquitrán para que nadie pudiera esconderse allí, cerró calles aledañas, impuso toque de queda desde las 11p.m. y dio claras indicaciones de usar la fuerza… contra pacifistas. Tanto la policía como la Guardia Nacional parecían apertrechados como si fueran ellos mismos a luchar en Vietnam. Había 12 mil de los primeros y 5 mil de los segundos, además de 6 mil soldados y mil miembros del servicio secreto y el FBI.

Si a eso le suman las máscaras antigases que llevaban puestas, se convertían en presencias más que intimidantes para muchos jóvenes cuyas únicas armas eran carteles que decían “Peace and Love”. La tarde del miércoles 28 de agosto, la policía atacó a un joven que intentaba bajar una bandera norteamericana que estaba colgada afuera del anfiteatro. Entonces, la tensión explotó. Los manifestantes empezaron a insultar y lanzar objetos a la Policía y a la Guardia Nacional. Ciudadanos indefensos fueron gaseados y golpeados sin miramientos. Los arrastraban por el piso. Los pisaban o los pateaban. Partían huesos y salpicaban sangre. Chicago parecía la capital de un estado totalitario. Curiosamente, algunas de esas imágenes se parecen a las protestas por la muerte de George Floyd. Como si poco hubiera cambiado en 50 años.

Muchos le llamaron al enfrentamiento “La Batalla de Michigan Avenue”, porque tuvo lugar en una de las principales arterias de Chicago. Hubo más de mil heridos y más de 600 arrestos, entre manifestantes, curiosos, delegados de la convención, vecinos o fotógrafos. Incluso, el reconocido periodista Dan Rather fue golpeado mientras transmitía en vivo para CBS. Dentro del Anfiteatro Internacional se vivía una realidad paralela, con los demócratas resolviendo entre gritos, insultos, aplausos o abucheos su nominación presidencial. Daley, que llegó a llamar “terroristas” a los manifestantes, fue acusado de estimular la brutalidad policial. “¡El mundo entero está mirando! ¡El mundo entero está mirando!”, proclamaban los manifestantes afuera, casi como un mantra. Las cámaras seguían grabándolo todo.

Curiosamente, Lyndon B. Johnson –quien llamaría a 1968 “un año de pesadilla continua”– no asistiría a la Convención argumentando un peculiar pretexto: coincidía con su cumpleaños 60. Por si las cosas no podían resultar peor, Hubert Humphrey, el candidato que ganó la nominación, perdería las elecciones presidenciales en noviembre de aquel año frente a Nixon.

En este contexto, ocho hombres fueron acusados de conspiración para provocar los disturbios e incitar a la violencia, por lo que podrían pasar varios años en prisión. Se hizo lo posible por disimular los excesos policiales. Tras el incidente entre el juez Hoffman y Bobby Seale con que abrimos esta nota, los responsables pasarían a ser solo 7, “Los siete de Chicago”.

Tras el incidente entre el juez Hoffman y Bobby Seale, los responsables pasarían a ser solo 7, “Los siete de Chicago”. (Foto: Netflix)
Tras el incidente entre el juez Hoffman y Bobby Seale, los responsables pasarían a ser solo 7, “Los siete de Chicago”. (Foto: Netflix)

El proceso como show

El juicio tuvo lugar entre el 9 de abril de 1969 y el 20 de febrero de 1970. Los acusados, formalmente, fueron Jerry Rubin, Abbie Hoffman, Tom Hayden, Rennie Davis, Lee Weiner, John Froines y David Dellinger. A Bobby Seale, imputado inicialmente junto a ellos, se le separó de este juicio para iniciársele un proceso individual. Seis meses después de la convención demócrata, fueron arrestados y acusados de conspiración para incitar disturbios, obstruir la labor de la policía y otros delitos.

Rubin y Hoffman eran miembros y fundadores del Youth Party, conocido por sus protestas a manera de happenings. Durante el juicio, por ejemplo, llegaron a disfrazarse como jueces, con togas negras, bajo las cuales tenían uniformes de la policía de Chicago. La izquierda más conservadora llamaba a los yippies “grouchomarxistas” subestimando su tendencia política. Eran estudiantes, artistas o anarquistas con look hippie. Fumaban marihuana y revisaban sus libros mientras debatían sobre el destino de su país y del mundo. En 1967 habían “exorcizado” al Pentágono en una ceremonia pública, al lado del activista y poeta Allen Ginsberg: querían expulsar a los demonios de la guerra. Ese mismo año entraron a Wall Street y lanzaron una gran cantidad de billetes de un dólar. La codicia de los corredores, ansiosos por cogerlos, ocasionó el caos en la bolsa.

Ya en pleno juicio, consultado por su lugar de residencia, Abbie Hoffman –sin parentesco con el juez– respondió: “Vivo en Woodstock Nation”. Cuando se le pidió que le dijera a la corte dónde estaba eso, argumentó: “Está en el estado de ánimo, en mi mente y en la de mis hermanos y hermanas. Es una conspiración. Actualmente, la nación está cautiva en las penitenciarías de las instituciones de un sistema decadente”. Por su parte, Rennie Davis y David Dellinger eran miembros de MOBI, organización contra la Guerra de Vietnam que ya había realizado otras manifestaciones importantes en Central Park y en el Pentágono. Dellinger era un pacifista radical que no creía en la violencia, estudiante de Yale y Oxford; Rennie Davis era dirigente de Students for a Democratic Society (SDS), grupo fundado por Tom Hayden. Lee Weiner era un egresado de la Universidad de Illinois que estudió también Filosofía política en Jerusalén; John Froines era doctor en Química, graduado en Yale.

Ninguno parecía tener el perfil de terrorista o criminal. ¿Eran realmente culpables de los crímenes que les imputaban? ¿Qué sucedió en este juicio que fue seguido de cerca por millones de estadounidenses y en el que se hablaba de importantes temas que estaban en debate en aquellos días? ¿Se terminó Vietnam? ¿Acabaron los abusos raciales? ¿Qué ocurrió como resultado de ver expuestas las falencias de su propio sistema?

Para saber cuál fue el resultado final, hace falta ver “El juicio de los 7 de Chicago”, la película dirigida por el ganador del Oscar Aaron Sorkin –The Social Network, Moneyball, The West Wing– que acaba de ser estrenada en Netflix, y que cuenta con un elenco inmejorable, que incluye a Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Michael Keaton, Mark Rylance, Joseph Gordon-Levitt o Frank Langella. A decir de las primeras críticas, los rumores de su protagonismo entre las nominaciones al próximo Oscar parecen más que justificados. Premios como esos le darían una vitrina más amplia a la discusión de temas que se expusieron en el juicio y que siguen estando vigentes. “¡El mundo entero nos está viendo!, ¡El mundo entero nos está viendo!”, gritaron entonces los activistas. Hoy, más de 50 años después de aquellas violentas jornadas, lo sigue haciendo.

Escenas de la ficción "El juicio de los 7 de Chicago". (Foto: Netflix)
Escenas de la ficción "El juicio de los 7 de Chicago". (Foto: Netflix)

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