Con tres títulos consecutivos, Red Bull parece invencible en la pista. Pero fuera de ella, la estabilidad del equipo es tan frágil como su unidad de poder cuando llueve (han ganado 4 de las últimas 10 carreras disputadas en asfalto mojado entre 2020 y 2024, un récord que palidece frente a su dominio en seco). Porque en Red Bull no corren dos autos. Corren dos bandos.
Con tres títulos consecutivos, Red Bull parece invencible en la pista. Pero fuera de ella, la estabilidad del equipo es tan frágil como su unidad de poder cuando llueve (han ganado 4 de las últimas 10 carreras disputadas en asfalto mojado entre 2020 y 2024, un récord que palidece frente a su dominio en seco). Porque en Red Bull no corren dos autos. Corren dos bandos.
/ PHILIP FONG
Por Daniel San Román

Desde hace meses, la escudería más dominante de la última década se ha convertido en escenario de una guerra civil silenciosa —pero cada vez más evidente— entre Helmut Marko y Christian Horner. Lo que empezó como un desencuentro por manejo de poder y prensa durante la investigación interna a Horner, hoy ya tiene víctimas colaterales. Ayer fue Adrian Newey. Luego fue Liam Lawson. Recordemos que Newey no se fue por un mejor contrato ni por aburrimiento aerodinámico. Se fue porque el ambiente interno era insostenible. Porque cuando un equipo que nació del riesgo se convierte en una corte dividida entre lealtades, hasta el más brillante elige el silencio del exilio.

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