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Resumen

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“Era necesario que su obra removiera conciencias o suscitara nuevas controversias”, escribe Miguel Giusti, filósofo y director del Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la PUCP.
“Era necesario que su obra removiera conciencias o suscitara nuevas controversias”, escribe Miguel Giusti, filósofo y director del Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la PUCP.
Por Miguel Giusti

En uno de sus múltiples ensayos innovadores, que solían marcar la pauta de la discusión filosófica de las últimas décadas, sostenía Habermas que la filosofía debía abandonar la ilusa y atávica presunción de ser un “juez” que dictamina el orden o la jerarquía de los saberes, para convertirse en un más modesto “intérprete”, que tiende puentes entre ellos y que busca detectar o rescatar las huellas de universalidad, de racionalidad intersubjetiva, que pueden perderse entre los sistemas fragmentarios o imperantes en el desarrollo de la sociedad. Su vida entera ha sido un testimonio de esa aspiración. Por muchos años ha sido un lúcido y tenaz intérprete de los acontecimientos que sacudían al mundo, ofreciendo continuamente nuevas claves de lectura o propuestas más globales de comprensión, corrigiendo sus análisis cuando lo creía necesario, evitando dogmatismos o fanatismos de diverso cuño, interviniendo en los debates públicos, sembrando por doquier un semillero de reflexión en torno a sus tesis sobre la necesidad de una racionalidad comunicativa o de una democracia deliberativa.

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