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En la Lima de fines del siglo XIX, Lunes, Martes y Miércoles Santos eran días de tristeza uniforme. Eran tiempos de ayuno y humillación, un inicio de semana despojado de todo aparataje religioso, que se activaba recién el jueves antes del mediodía, cuando los vecinos se dirigían a la Catedral para asistir a las ceremonias de la absolución de penitentes, la misa con bendición del crisma y el “plato fuerte”: el arzobispo lavando los pies de los pobres a la vista de todos. Frente al altar, los feligreses se arrodillaban, rezaban estaciones y meditaban los pasos de la Pasión de Jesús.
En la Lima de fines del siglo XIX, Lunes, Martes y Miércoles Santos eran días de tristeza uniforme. Eran tiempos de ayuno y humillación, un inicio de semana despojado de todo aparataje religioso, que se activaba recién el jueves antes del mediodía, cuando los vecinos se dirigían a la Catedral para asistir a las ceremonias de la absolución de penitentes, la misa con bendición del crisma y el “plato fuerte”: el arzobispo lavando los pies de los pobres a la vista de todos. Frente al altar, los feligreses se arrodillaban, rezaban estaciones y meditaban los pasos de la Pasión de Jesús.
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Por entonces era tradición que el sacerdote entregara la llave del sagrario, hasta el día siguiente, a una personalidad distinguida. En la Catedral, la llave era entregada por el arzobispo al presidente de la República. Nadie hablaba entonces de la posibilidad de un Estado laico.
Pero entre ceremonia y ceremonia también había espacio para el galanteo clandestino. En El Perú Ilustrado, un cronista denunciaba en 1890 cómo, entre la misa y el lavatorio de pies, “emprendedores mancebos” aprovechaban para cortejar a “melindrosas damas y beatitas mansas”.
El escritor Nicomedes Santa Cruz escribía en las páginas de El Dominical de 1970, haciendo memoria de sus abuelos: “La tarde (del Jueves Santo), salía de San Agustín la procesión de mayor número de andas de todas las de Lima; cada una recordaba un paso de la Pasión de Jesucristo. Los judíos eran representados por figurones de madera, del tamaño de un hombre, a quienes el celo religioso pretendía dar el aspecto más repugnante y ridículo que fuera posible. Los arregladores de andas, los imagineros, no podían concebir que un judío fuera pálido ni tuviese una cara de hombre; todos ellos tenían semblante diabólico”.
A las siete de la noche, después de que el jefe del Estado y su comitiva oficial lo hubieran hecho, los limeños salían a recorrer estaciones, distinguiéndose siempre los templos de La Merced, San Agustín, Santo Domingo y San Francisco. Había prisa por recorrer el mayor número de iglesias, pues a las diez se cerraban los templos y la intención de los vecinos era visitar alrededor de una docena de ellos. Terminado el recorrido, se procedía al balance: cuál fue el mejor “monumento” preparado por las monjas, si el de la Concepción o el de la Trinidad; cuál tenía más lujo, si el de La Merced o Santo Domingo. En la representación del Paso de la Cena, admirada en San Francisco, se podía ver al apóstol Judas Iscariote con la cara encendida y con un ají colorado en la boca. Las iglesias sacaban a la luz todo el esplendor de sus mejores joyas: relicarios y cálices de oro y plata enmarcados por flores ricas en color. Y para terminar la noche, había retreta nocturna en la Plaza de Armas.
El viernes, luego de que el presidente de la República devolviese la llave del sagrario de la Catedral, se retomaban las ceremonias de la mañana. El acto más concurrido era el Sermón de las Tres Horas, práctica que, como afirmaba el tradicionalista Leónidas Rivera en su libro Del vivir limeño de antaño (1945), fue creada en el Perú por el padre Alonso Mesía (1655-1732) y replicada en algunas ciudades españolas. Promediando el siglo XIX, la procesión del Santo Sepulcro, fundada en la época de la Colonia, ya estaba venida a menos. Nicomedes Santa Cruz precisaba que esta salía del templo de La Merced y que ostentaba un derroche de lujosas casullas de los frailes mercedarios, con capas bordadas en oro. “Era una procesión a la que asistía la flor y nata de una Lima colonialista que hasta en lo religioso reservaba su exclusivismo aristocrático”, afirmaba el popular decimista.
El Sábado de Gloria
Pasados los días santos, llegaba el sábado. Al repique de campanas estallaba el regocijo y se devoraba el pan dulce que anunciaba el término de la Cuaresma. Se celebraba una suntuosa Misa de Gloria en el atrio de San Francisco, mientras que, a la medianoche, se procedía con la Quema de Judas, una tradición muy popular heredada de la Colonia. Antes del “suplicio”, se leía su “testamento” en verso, colocado previamente en un bolsillo del muñeco, cuyas líneas rimadas satirizaban a los políticos de turno, denunciando la corrupción administrativa. Por supuesto, el autor de los versos permanecía anónimo. Como recuerda Abraham Valdelomar en su cuento Los ojos de Judas, el muñeco de paja o paño que representaba al apóstol traidor era encendido por el vientre, mientras se le paseaba por el barrio en comparsa, junto con demonios ardiendo. Durante el recorrido, en ensordecedora gritería, el pueblo le lanzaba una andanada de improperios y maldiciones, salpicada de escupitajos. La procesión terminaba en un árbol o farol, donde lo que quedaba del Judas de paja era colgado y reducido a cenizas. Toda una apoteosis medieval.
Siempre en domingo
Y por fin, el Domingo de Resurrección: para Santa Cruz, uno de los más poéticos testimonios sobre cómo se celebraba esta tradición nos lo dejó el poeta José Gálvez, quien escribió: “Recuerdo haber asistido muy niño a la famosa ceremonia de la Resurrección en la plazuela de San Francisco, a la indecisa luz de una aurora. Y pude contemplar la plaza, con un San Juan hierático, pasando primero erguido frente a la Virgen como si no la reconociera, y luego inclinándose sumiso, aunque siempre muy tieso, en zalemas de reconocimiento. El símbolo de la vuelta a la vida del Crucificado se me quedó en el alma con suave vibración de luz albar...”.
Hoy en día, ya no vemos gigantes y cabezudos como antaño. Quien quiera verlos, deberá viajar a España, donde en las celebraciones de Semana Santa aún pueden apreciarse en diversas localidades, tan campantes. En nuestra ciudad, el tiempo se llevó también a las célebres lloronas del Viernes Santo y sus excesos teatrales. La carnavalesca quema del Judas se encuentra solo en las páginas de Valdelomar. Asimismo, la práctica del Sermón de las Tres Horas que hasta hace pocas décadas había encontrado en la televisión un nuevo altar electrónico, parece haber salido del aire por falta de ráting. Incluso la fabricación del pan dulce, antes símbolo del fin de la Cuaresma, se ha extendido más allá del tiempo estrictamente pascual. Consumido en cualquier momento, el popular chancay ha perdido toda connotación sacra para encontrar extendido lugar en loncheras escolares y lonchecitos familiares. Y sin embargo, otras nuevas tradiciones se convierten en centro del interés popular para nuevos tiempos y sensibilidades.
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