Resumen

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Diversos retablos producidos por Raúl Vásquez. (Foto: Raúl Vásquez).
Diversos retablos producidos por Raúl Vásquez. (Foto: Raúl Vásquez).
Por Ricardo Hinojosa Lizárraga

Bailes y fiestas dedicados a la cosecha; escenas de profundo impacto religioso; ceremonias dedicadas a la fertilidad. Hoy, incluso, hay quienes recrean, con mucha sensibilidad, la recuperación de pacientes de Covid. El retablo es historia, tradición, momento que insiste en perennizarse sin ser cuadro o fotografía. Es herencia, es un monumento en chiquito a la vida cotidiana. De hecho, es la vida volviendo a suceder gracias al trabajo de dos manos. Y son esas manos, blancas de masa, diez dedos que son en realidad diez obreros trabajando de sol a sol, las que esculpen lo que en breve será luna, será nube, será tierra, será oveja, montaña, cielo, dios o ser humano que ocupará un lugar en su propio retablo. Aunque puede haber distintos estilos, hay una sola forma de hacerlo. Con mucho cuidado. Con respeto. Con atención máxima al detalle. En silencio y con delicadeza. Concentración, expresión artística, creatividad. Todo se pone en juego al momento de construir un retablo, ese arte tradicional que puede ser, al mismo tiempo, un retrato costumbrista de nuestro país. Ya lo hemos visto en la premiada película peruana que triunfa hoy en Netflix: la relación entre un padre y su hijo es más cercana y más fuerte si el retablo es el alma de aquel amor filial.