Por Ricardo Hinojosa Lizárraga

En marzo de 1922 el cine de horror estaba aún en ciernes. Un audaz y talentoso director, F. W. Murnau, hizo lo posible por adaptar al cine la obra cumbre de Bram Stoker, “Drácula”, pero la viuda del autor no estaba interesada. Entonces, llevó adelante el sombrío proyecto de inventarse su propio y espeluznante vampiro, convirtiéndolo en icono del expresionismo alemán. Así nació “Nosferatu”, la primera vez que unos colmillos nos hicieron temblar.