Por Alfonso Rivadeneyra García

Cuando el enemigo aparece silencioso, Carolina Cano deja salir el odio. Abre bien los ojos, aprieta los dientes, su lenguaje corporal la muestra al límite y entonces lo insulta como si este fuese del equipo de fútbol contrario. Poner por escrito, aquí, las palabras que ladra de su boca me haría perder el trabajo; en cambio, entre las paredes de un teatro los insultos son recibidos con risas, aplausos incluso. ¿El enemigo? Un gato anónimo. ¿Cano? Ella es Sylvia, mitad poodle, mitad labrador, cien por ciento perra.

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