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El futuro de nuestro fútbol, por Abelardo Sánchez León

“Parece que la FPF se ha peruanizado y no ha podido mantenerse impoluta en relación con la atmósfera que enturbia a la gran mayoría de nuestras instituciones en la actual crisis”.

Edwin Oviedo FPF

 “Edwin Oviedo se rehúsa, hasta la fecha, a renunciar”. (Foto: El Comercio)

Para ser francotirador o aguafiestas hay que tener talento. Se trata de personalidades muy individuales, aisladas, que esperan agazapadas a que ocurra la desgracia para salir a la luz y decirle a todo el mundo que estaban equivocados, que eran cándidos o ingenuos. Durante varios meses, no lo olvidemos, durante la clasificación al Mundial y en los encuentros que nos tocó jugar en Rusia, nuestra selección fue un modelo de conducta, el que orientó a la sociedad a comportarse con honestidad en estos tiempos turbios.

La selección era un bicho raro. Hacía 36 años que había muerto y, de pronto, renacía con luz propia y nos enseñaba a actuar colectivamente, inteligentemente, conociendo nuestras fortalezas y debilidades. La selección no ha muerto, felizmente, pero las aguas de la Federación Peruana de Fútbol (FPF) están turbias, removidas, huelen mal y no escapan al ambiente de la pésima gestión que caracteriza a nuestras instituciones tutelares.

Edwin Oviedo tiene todos los rasgos del emprendedor emergente: es provinciano, es empeñoso, ha labrado una fortuna lamentablemente teñida por la falta de información. Detrás de toda riqueza suele haber una oportunidad astutamente aprovechada; incluso la familia Kennedy, por ejemplo, arrastra esa leyenda oscura. Ser emprendedor y emergente, en el Perú, significa frecuentemente cortar camino. Es una pena que el ex presidente Alejandro Toledo haya desperdiciado la gran oportunidad histórica de mostrarle al país que un cholo era honesto, organizado y trabajador; creo que desperdició esa oportunidad valiosa para empoderar, como se dice, a una figura históricamente tan insultada como es la del cholo, el centro de nuestra identidad, cuando presidió el país.

Es una pena que Joaquín Ramírez diga, como defendiéndose, que lo acusan solamente porque es “un cholo exitoso”. Es una lástima que Edwin Oviedo, un cusqueño que ha invertido en las azucareras del norte, que administró adecuadamente el club chiclayano de fútbol Juan Aurich y que como dirigente máximo de la FPF nos llevó al Mundial de Rusia 2018, esté tan cuestionado, tan atacado y tan acusado, que la mayoría de su entorno laboral ha renunciado. Juan Carlos Oblitas tiene una imagen que cuidar y Ricardo Gareca tiene que saber con quiénes se va a meter si llega a aceptar continuar como director técnico en el proceso para el Mundial de Qatar 2022.

El trabajo de la FPF tiene una planificación interesante: ser el responsable de la organización del torneo profesional (hoy pésimamente organizado), fortalecer institucionalmente a los clubes y alentar los torneos de menores y de juveniles a través del fortalecimiento de las divisiones inferiores. En verdad, la federación planificaba su trabajo para llegar al Mundial del 2022, pero la suerte la llevó a Rusia, donde, felizmente, hizo un papel aceptable y puso en práctica un estilo de relación con los jugadores: no hubo, aparentemente, conflictos en torno a los premios y a la titularidad de ciertos puestos.

Si hay un consenso en el Perú, ese es el de Ricardo Gareca. Ningún político goza de su legitimidad. Si bien no logró pasar a octavos de final, Gareca tiene un plan a futuro, conoce el medio, está legitimado ante los futbolistas y piensa en el recambio de tres piezas fundamentales: Alberto Rodríguez, Jefferson Farfán y Paolo Guerrero. No es que se vayan mañana. Pero este Mundial ha demostrado que las selecciones con demasiados veteranos no tienen posibilidades reales de alcanzar la victoria.

Ricardo Gareca tiene en Juan Carlos Oblitas a su principal contraparte. Podemos, incluso, afirmar que solamente existe Ricardo Gareca si Juan Carlos Oblitas continúa en su cargo o se hace de las riendas de la federación. Edwin Oviedo se rehúsa, hasta la fecha, a renunciar. Él se encuentra, sin duda alguna, ante un dilema existencial: nadie, tan cuestionado, puede ejercer un cargo público. Debe ofrecer una explicación convincente, pues quienes trabajan en su entorno perderían legitimidad ante los jugadores.

Los futbolistas son lo más importante de todo este engranaje, de la misma forma que los estudiantes son la pieza fundamental de las universidades. Los que salen a la cancha, los que reciben los aplausos o las pifias, son los jugadores. Ellos se juegan la vida, profesionalmente, es cierto, como corresponde, y todo el edificio administrativo tiene en ellos su razón de ser. Edwin Oviedo ha tenido el talento de delegar en otros funcionarios varias tareas y una de ellas, quizá la principal, es la de Juan Carlos Oblitas; él fue quien contrató a Ricardo Gareca, quien lo defendió en los momentos de incertidumbre y quien negocia ahora su permanencia entre nosotros. Lo triste y lo absurdo sería que Oblitas renuncie y Oviedo se quede.

Pero parece que la FPF se ha peruanizado y no ha podido mantenerse impoluta en relación con la atmósfera que enturbia a la gran mayoría de nuestras instituciones en la actual crisis. Hay un trabajo en marcha, y no deberíamos permitir que se interrumpa.

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