(Foto: Archivo El Comercio)
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Alonso Villarán

Profesor de Ética de la Universidad del Pacífico

El presidente está contra las cuerdas. Acorralado por un Congreso ávido de tirarlo a la lona con una vacancia por “incapacidad moral” y con un público que en su mayoría hoy está en su contra, su suerte parece echada.

Esta metáfora de las cuerdas trae al recuerdo la usada como título en el último CADE Ejecutivo: “No más cuerdas separadas”. La idea detrás es que la política y la economía (dos áreas en las que ha transitado en su extensa carrera profesional) deben trabajar juntas si se quiere que el Perú llegue bien posicionado al bicentenario.

El título de CADE denota un cambio importante de perspectiva, pues hasta hace poco el consuelo que se escuchaba desde el sector empresarial era que, a pesar de la baja calidad de la clase política y las constantes crisis a las que sus miembros someten al país, la economía parecía no verse seriamente afectada. En otras palabras, parecía ser posible que la economía (y con ella el país) siga desarrollándose sin importar si, por su parte, los políticos hacían un circo o, peor aun, un coliseo romano de la política.

Pienso que esta nueva visión está bien encaminada. Es decir, incluso aceptando que la economía puede crecer a pesar de la política, es razonable pensar que la primera tendrá muchas más oportunidades de florecer allá donde los políticos vivan en concordia y preocupados por el bien común.

Esta visión, sin embargo, no alcanza el fondo del problema. De hecho, otra lectura de la relación entre la política y la economía de los últimos años es que, más que separadas, han estado demasiado juntas. En efecto, la fulminante crisis política y empresarial que vivimos se ha debido a que varios de los políticos y empresarios del más alto nivel se coludieron para estafar y robar al país. ¿No convendrá, entonces, “separar las cuerdas”?

No necesariamente. El problema de fondo, pienso, no radica en el nivel de unión o separación de las cuerdas de la economía y la política, sino en las fibras con las que están hechas las mismas. Más concretamente, el problema reside en las fibras inmorales de las que están hechos muchos de nuestros políticos y empresarios.

En el lenguaje popular, que una persona tenga fibra moral significa que es incorruptible, es decir que, dado a elegir entre lo que ordena la ética y lo que le conviene en el corto plazo, siempre elegirá a la primera. Lamentablemente, todo indica que en nuestro país (donde irónicamente se han producido algunos de los mejores tejidos que ha conocido la humanidad) la fibra moral escasea.

Siendo la falta de ética la causa de la enfermedad que nos afecta, la misma ética es su remedio. Esta no es otra cosa que esa capacidad que tenemos los seres humanos de a) distinguir lo correcto de lo incorrecto y b) de elegir lo primero cuando lo segundo nos tienta. Esta capacidad, dicen los grandes pensadores morales de todos los tiempos, está gobernada por una ley moral que todos conocemos y que, a su vez, es fuente de deberes concretos como no mentir y no robar (precisamente aquellas acciones por las que tenemos presidentes y empresarios presos o bajo investigación). La ley moral es, además, fuente de la dignidad y los derechos humanos. Lo es porque lo que nos coloca por encima de todo precio es, precisamente, el hecho de conocer la ley moral y de ser capaces de honrar sus mandatos.

Quizá en medio de esta crisis moral sea reconfortante y hasta sorprendente resaltar que el Perú ha producido pensamiento ético original y de bases sólidas. Este es el caso, por ejemplo, de la teoría moral de Francisco Miró Quesada Cantuarias, filósofo que, siguiendo la ruta trazada por el pensador alemán Immanuel Kant (1724-1804), sostiene que la referida ley moral ordena tratarnos simétrica y no arbitrariamente (es decir, recíprocamente y buscando consensos).

El presidente, decía al inicio, se encuentra contra las cuerdas. Como toda persona acorralada, tiene tres alternativas: tirar la toalla, dejarse derribar o sorprender con un último recurso, un golpe que revierta el destino y las apuestas. Se trata de un recurso que no puede inventarse, sino con el que uno, como en el box, sube al ring. Ese recurso consiste en demostrar (pues aún goza del derecho a la defensa) que, como dijo en su último discurso presidencial y contra los indicios recientes, es un presidente con fibra moral.

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