Estamos de duelo

“La forja de un 'nosotros’ mediante un necesario duelo nacional se diluye en el Perú porque en el camino al atávico ritual se cruzan los ladrones y los pobres diablos de toda la vida”.

    Carmen McEvoy
    Por

    Historiadora

    Resumen

    Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.

    "Los deudos de los muertos por COVID-19 deben sufrir la pena de no poder acompañarlos durante su tránsito final". (Foto: AFP / CARL DE SOUZA)
    "Los deudos de los muertos por COVID-19 deben sufrir la pena de no poder acompañarlos durante su tránsito final". (Foto: AFP / CARL DE SOUZA)
    / CARL DE SOUZA

    El ritual de la muerte ha acompañado al ser humano por milenios. Desde las primeras sepulturas del Paleolítico halladas en Atapuerca (España) hasta las elaboradas ceremonias del mundo antiguo donde el cuerpo del difunto era lavado, perfumado y expuesto por varios días a amigos y familiares entre sollozos y acordes de flauta, pasando por los entrañables entierros serranos con comida y orquesta incluida. Los humanos despedimos a nuestros seres queridos para iniciar el duelo. Uno de los recuerdos más vívidos del funeral de mi madre son las flores blancas que llevé al velatorio. Con ellas, mis hermanas y yo decoramos los cuatro candelabros que rodeaban su ataúd sobre el cual colocamos su foto, la que ahora me recuerda nuestro inmenso privilegio. Porque los deudos de los muertos por COVID-19 deben sufrir la pena de no poder acompañarlos durante su tránsito final. Imaginando la agonía en soledad del padre, madre o hijo antes de recibir el respectivo cuerpo en una bolsa de plástico sellada. La que deberá ser enterrada por hombres enmascarados sin liturgia, flores, comunidad de afecto y mucho menos palabras que recuerden su paso por la tierra. Una situación tal vez parecida a la experimentada por miles de compatriotas cuyos familiares yacen hasta ahora en una fosa común desconocida, prolongando un duelo agónico que comenzó hace cuarenta años y aún no se resuelve. El COVID-19 no solo secuestra nuestro cuerpo para aniquilarlo sin piedad, sino que nos priva de uno de los ritos que definen a la especie humana: despedir y enterrar a sus muertos fijando ese preciso instante por siempre en la memoria.