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La caldera de los condenados
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La caldera de los condenados

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Las palabras ‘presidente’ y ‘presidiario’ no están emparentadas etimológicamente, pero en el Perú uno se sentiría tentado a pensar que sí. La cantidad de individuos que se han ceñido en nuestro país la banda embrujada y luego han terminado en prisión - o van camino de ella - es pasmosa. Esta semana nomás, dos exmandatarios, Martín Vizcarra y Pedro Castillo, han sido sentenciados a largas penas privativas de la libertad por diversos delitos cometidos cuando tenían poder. No han pasado ellos por un juicio que podríamos considerar final (pues en ambos casos la apelación es segura), pero de todas maneras ostentan ya, y hasta nuevo aviso, la vejatoria condición de condenados. Una expresión que remite inmediatamente a la situación de los réprobos en el infierno. Por eso, bajo la influencia del Dante, tratamos a veces en esta pequeña columna de imaginar el fundo Barbadillo como un lugar organizado en círculos. Esto es, estructuras que obedecen a esa forma y están habitadas por los pecadores según la naturaleza de su culpa. Así, en un círculo estarían los cutreros, en otro, los golpistas y en otro más, los ventajistas… Pero la verdad es que varios de los expresidentes tendrían que estar en más de un círculo a la vez, de manera que más práctico resulta figurárselos a todos cocinándose en una misma caldera que los demonios aderezan con especias tóxicas y de mortificación. .

Ilustración: Víctor Aguilar Rúa
Ilustración: Víctor Aguilar Rúa

El cambio de escenografía, sin embargo, dispara algunas interrogantes asociadas a los distintos fulanos que se sancochan en el ollón. ¿Se escurrirá, por ejemplo, el tinte de pelo a causa de las temperaturas del caldo infernal? ¿Podrá alguno de los bañistas solicitar una flambeadita del brebaje? Y, por otro lado, si de pronto flotara entre los exgobernantes un pollo inopinado, ¿tendríamos que hablar de consomé? En fin, perplejidades que lo asaltan a uno en medio de esta afiebrada fantasía.

–Pobres diablos–

Esas perplejidades, no obstante, devienen irrelevantes cuando se las compara con la gran pregunta que toda esta circunstancia levanta. A saber, ¿cómo hemos podido los peruanos colocar a esta cáfila abyecta en el poder? ¿Qué designio infausto ha determinado que seamos tan persistentes en elegir como presidentes o vicepresidentes a sujetos cuyas únicas capacidades reconocidas han sido las de medrar y tratar de traerse abajo la precaria democracia que nos alumbra? Es cierto que no todos los nacidos en esta hermosa tierra del sol hemos sido solidarios en la responsabilidad de tal desatino, pero sí la mayoría. Y buena parte de ellos, además, persevera hasta ahora en la prédica de que el lagarto no es un reptil predador o en la convicción de que el golpista de Chota fue más bien la víctima de una conspiración de los ‘mistis’ y sus aliados. Ya se sabe que admitir la propia necedad es siempre una tarea ingrata. Guardar un discreto silencio frente a lo obvio, sin embargo, sería un gesto bastante más digno que el de insistir en postular como héroes a quienes dejaron morir a miles de compatriotas por su manejo perverso de la crisis del COVID-19 o quisieron infiltrar al senderismo supérstite en el Ejecutivo, por mencionar solo algunas de las perlas que adornaron la estancia de los aludidos en Palacio.

La verdad es que los condenados que imaginamos hoy cocinándose a fuego lento y en su salsa se han ganado a pulso su presencia en la caldera que los aloja. Y si alguien merece nuestra compasión en toda esta ‘mise en scène’ son los demonios obligados a soportar su cercanía mientras sazonan la sopa infame con ingredientes de abrasión.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

Mario Ghibellini es periodista

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