EuropaLa llegada del fenómeno de El Niño (FEN) a nuestras costas no es ninguna novedad. De hecho, su presencia tiene al menos 17 mil años de antigüedad en la costa peruana y se ha repetido cíclicamente, como bien lo sabemos. Los antiguos peruanos lo tenían estudiado, al igual que a otros fenómenos naturales y cambios climáticos.
La llegada del fenómeno de El Niño (FEN) a nuestras costas no es ninguna novedad. De hecho, su presencia tiene al menos 17 mil años de antigüedad en la costa peruana y se ha repetido cíclicamente, como bien lo sabemos. Los antiguos peruanos lo tenían estudiado, al igual que a otros fenómenos naturales y cambios climáticos.
A diferencia de las civilizaciones contemporáneas que monitorean el viaje de las aguas cálidas, friajes, heladas y sequías prolongadas con satélites meteorológicos o radares, nuestros antepasados leían las señales de la naturaleza. Hablaban con las aguas, el cielo, los vientos. Identificaban especies marinas que no se solían pescar y alzaban la mirada para traducir la lengua de los astros. En suma, las sociedades estaban integradas como una unidad a las lluvias, a los ríos, a las montañas y a la tierra donde nacen los alimentos.

Los estudios arqueológicos encuentran que se asentaban en las alturas y se alejaban de los cauces de los huaicos, aplicando un profundo conocimiento de la geografía. O levantaban muros de contención frente al impacto de las fuertes precipitaciones. Y comunicaron en sus murales, construcciones y piezas de arte —que la arqueología ha logrado recuperar— esa memoria que nos está diciendo algo importante. En la exposición del Ministerio de Cultura “Memoria sobre el cambio climático y sus efectos para generar reflexiones en el presente”, encontramos cómo una ciudad agropesquera como Vichama, de hace 3.800 años, afrontó el cambio climático con consecuente escasez y hambruna.

“Nosotros consideramos que nuestros antepasados dejaron representado lo que significó el cambio climático con el propósito de que en la memoria del colectivo social quedara el registro y no se olvidaran futuros acontecimientos que ellos identificaron de gran peligro para la sociedad”, sugiere la Dra. Ruth Shady, directora de la Zona Arqueológica Caral, sobre las evidencias encontradas en Vichama. “Observamos que se quedaron sin agua ni alimentos tanto en la agricultura como en el mar porque los seres marinos migraron. Se dejan ver las muertes que causó la falta de alimentos y, después de un tiempo, decidieron cambiar la ubicación de estos edificios públicos. Las fachadas no están hacia el norte, sino hacia el este, por donde viene el agua que baja del territorio altoandino a los valles, a los ríos. Y eso alimenta”, explica Shady.

En las edificaciones representaron al sapo con un rayo cayendo sobre su cabeza, un indicador del retorno de las lluvias. En otra figura, dos serpientes se juntan como ríos que alimentarán las semillas de la tierra representadas en una cabeza humana. En los frisos del mural llamado Danza de la Muerte y la Vida pusieron en relieve personajes cadavéricos, con las costillas remarcadas, que se interpretan como el hambre y su consecutiva muerte.
Respecto a la evidencia del FEN en el pasado prehispánico, la geoarqueóloga y profesora de arqueología de la PUCP, Ana Cecilia Mauricio, detalla que se ha encontrado depósitos de inundaciones, de aluviones, de fuertes precipitaciones, pero también de conocimientos relacionados a este a interactuar con El Niño. Una de las evidencias más antiguas que refiere está entre Ilo y Moquegua, en sitios arqueológicos que tienen depósitos de El Niño de 12 mil años de antigüedad. Del mismo modo, en las Salinas de Chao de la costa norte, donde Mauricio ha realizado excavaciones, hallaron la construcción de todo un sistema de mitigación de desastres para huaicos y derrumbes ocasionados por fuertes lluvias asociadas a El Niño. “Se encontraron diques de contención y aterrazamiento de los cerros”, explica, lo que evidencia un desarrollo de sistemas de prevención de 4 mil años atrás. Uno de esos diques tiene más de 30 metros de largo, 5 de ancho y 3 de alto.
¿Ver el lado bueno?
Pese a todo, los antiguos peruanos también aprovecharon las inundaciones causadas por el desborde de los ríos para tener más área agrícola y de cultivo, como sucedió de Casma a Chicama entre los años 600 a 1000 d.C., pues las inundaciones dejaban sedimentos arcillosos muy fértiles. Ana Cecilia Mauricio sostiene que en el valle de Chicama se encontró un sistema de desvío de aguas para direccionar el exceso a consecuencia de El Niño hacia los sectores más alejados, adonde no llegaba la tecnología de irrigación.

Si bien El Niño pudo traer destrucción, también significó abundancia, como señala Julio Rucabado, curador del Museo Larco: “Un aluvión podía arrasar campos y construcciones, mientras las lluvias hacían germinar lugares normalmente áridos. Destrucción, fertilidad y regeneración podían ser diferentes momentos de un mismo ciclo de transformación”, advierte. Al revisar el hermoso catálogo del Museo Larco en busca de piezas de su colección relacionadas con el FEN, si bien no existen las que registren el fenómeno como una fotografía, sí encontramos ejemplos de arte precolombino que expresan esas fuerzas bajo un lenguaje simbólico, propio del pensamiento prehispánico. Una señal recurrente se hace evidente: la aparición del ‘Spondylus’ o mullu, un molusco del Ecuador que suele trasladarse hacia el sur cuando las aguas del mar se calientan. Su aparición era una señal del FEN. “Debió formar parte de un mismo campo de significados relacionado con las aguas marinas de temperaturas cálidas, las lluvias fuertes, la fertilidad y la renovación de la vida”, interpreta Rucabado.
Seguir aprendiendo la lección
Elmo León, especialista en paleoclimatología, señala que en el Perú prehispánico las sociedades del norte y el sur estuvieron comunicadas sostenidamente: “Cuando ocurría El Niño, había una comunicación al sur en donde se informaba que venía el fenómeno y, con él, épocas de sequía. Es una maravilla y creo que es una lección que deberíamos tomar ahora en este Estado peruano alicaído”.

Y es que El Niño está asociado a colapsos así como a readaptaciones. “Hubo un proceso de aclimatación y observación de la gente”, afirma León, como el sistema de cisternas en Cajamarquilla que sirvió de depósitos de agua, una manera de adaptarse con estrategias para sobrevivir y prevenir. “Mucho de lo que se conoce en arqueología es espectacular. Y sí, es importante difundir los templos o Machu Picchu, pues son un gran orgullo, pero también hay que aprender lo que nos enseñan las tecnologías de adaptación”. Como vemos, el pasado permanece vivo, es cíclico, y tenemos mucho por aprender de él. //
La exposición “Memoria sobre el cambio climático y sus efectos para generar reflexiones en el presente” estará abierta al público hasta el 13 de setiembre en el Ministerio de Cultura. Además, con las gafas de realidad virtual se podrá ingresar al mundo Vichama.
El Dr. Elmo León aclara que no toda precipitación corresponde a El Niño, pues existen múltiples factores y otros fenómenos de menor intensidad como la Zona de Convergencia Intertropical (ITCZ), la convección amazónica y la Oscilación Interdecadal del Pacífico (IPO), que también provocan impactos climáticos.
Al sur andino, la observación astronómica de pléyades podía predecir sequías causadas por el fenómeno de El Niño si las estrellas se veían opacadas por las nubes.
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