La prisa, el cambio, el olvido, esas son las consignas de hoy en día. Todo pasa, todo se va, todo huye hacia el pasado. Es por eso, entre otras razones, que muchos de los noticieros televisivos necesitan ser cada vez más intensos. Cuentan lo que está ocurriendo en el mismo instante. Esto es relativamente nuevo. Hace apenas cuarenta años, todavía nos enterábamos de las noticias por los diarios de la mañana o por la radio y no por las redes sociales. Y hace apenas un poco más de tres siglos, celebramos en el Virreynato del Perù, el cumpleaños de un rey que había fallecido. El 6 de noviembre del año 1700 se celebró en Lima el cumpleaños del rey Carlos II, el último de los Habsburgo, cuando el dueño del santo ya estaba en el otro mundo. La noticia llegó el 25 de mayo del año siguiente. Unas décadas más tarde, la noticia de la ejecución del rey Luis XVI de Francia, que había ocurrido el 21 de Enero de 1793, llegó a Lima a finales de Agosto. El mundo era más lento y las distancias contaban. Hoy, en cambio, en los noticieros de la televisión nos encontramos con una multitud de noticias inmediatas y simultáneas. En su famoso libro “Information Anxiety” de 1989, Richard Wurman ya identificaba el aluvión de noticias que recibimos sin posibilidad de relacionarlas.
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De toda esa información televisiva, nos impresiona la frecuencia de noticias terribles. Los asesinatos por parte de los sicarios son parte esencial de cualquier noticiero matutino. Según Daniel Kahneman, en su libro “Thinking, fast and slow”, el cerebro de los seres humanos tiene un mecanismo designado para dar prioridad a las malas nuevas. Según afirma, nos afectan más las malas noticias de lo que nos agradan las buenas. Y es esencial poner el énfasis en un caso específico. La historia de un niño asesinado, por ejemplo, impresiona más que las estadísticas del crimen. Uno de los objetivos de esta prevalencia de las malas noticias es tocar la cuerda del miedo, un resorte fundamental de la existencia de cualquiera de nosotros. El miedo, una experiencia arrastrada desde la infancia, es el alimento de nuestro interés en toda la violencia que nos rodea.
"Si un historiador del futuro se guiara solo por algunos de esos noticieros televisivos, llegaría a la conclusión de que en nuestro tiempo nunca hubo un hecho vinculado a la generosidad o a la solidaridad"
Aunque conozco a algunos adictos a las malas noticias, la verdad es que cada uno de nosotros tiene un límite. Yo trato de estar al tanto de todo lo que ocurre, pero hay días en los que me siento sobrepasado por la cantidad de muertes en vivo en la mayor parte de las pantallas de la televisión de señal abierta. Si un historiador del futuro se guiara solo por algunos de esos noticieros televisivos, llegaría a la conclusión de que en nuestro tiempo nunca hubo un hecho vinculado a la generosidad o a la solidaridad. Y sin embargo entiendo la lógica de esos programas matutinos: un incendio en un colegio es una noticia pero la construcción de uno no lo es, aunque debía serlo pues ha tomado esfuerzo y planificación. Pero por lo que a ellos les parece, las virtudes no tienen rating. Solo las tragedias. Hace poco un grupo de jóvenes artistas dio su tiempo y su talento para pintar en las paredes de los pabellones, las figuras de algunos ídolos de los pacientes en el Hospital del Niño. Como ellos, hay gente que construye. Son héroes anónimos. A veces aparecen en la pantalla. Debían estar más.
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