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“Es una ilusión pensar que todos tus seguidores de Instagram irán a verte al teatro”
Dirigida por Alfonso Santisteban, la obra “La niñita querida” convierte una fiesta de quince años en batalla íntima donde una adolescente confronta el legado familiar y los mandatos impuestos.
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
Tras la caída de la URSS, Cuba atravesó su etapa más dura. Escasearon los alimentos, el combustible y las medicinas. Se perdió el 80% del comercio exterior y el dólar —hasta entonces proscrito— fue legalizado con urgencia. En esa hora áspera de 1993, cuando el mar parecía más ancho y el porvenir más estrecho, ¿qué podía empujar a un peruano a viajar a La Habana?
Tras la caída de la URSS, Cuba atravesó su etapa más dura. Escasearon los alimentos, el combustible y las medicinas. Se perdió el 80% del comercio exterior y el dólar —hasta entonces proscrito— fue legalizado con urgencia. En esa hora áspera de 1993, cuando el mar parecía más ancho y el porvenir más estrecho, ¿qué podía empujar a un peruano a viajar a La Habana?
El director de teatro Alfonso Santistevan lo dice sin retórica: “Admiración pura por una obra atípica de Virgilio Piñera”. Y en esa frase cabe un itinerario entero. Porque mientras la ciudad resistía apagones y silencios, él se adentró al teatro cubano para ver la obra “Mi niñita querida”. Tres décadas después, aquella pieza llega por primera vez al Perú bajo su dirección, en el Teatro Ricardo Blume.
La historia parece mínima, casi doméstica, pero respira con la obstinación de las alegorías. Con los recursos del absurdo y la farsa, la obra desmonta la autoridad familiar a través de los más jóvenes. Todo estalla cuando una adolescente, a punto de cumplir quince años, decide torcer el libreto que otros escribieron para ella. Entonces la fiesta se resquebraja, las buenas maneras se van de la casa y aparece la vieja herida: la distancia entre lo que los padres sueñan para sus hijos y lo que esos hijos, en secreto, se atreven a soñar para sí mismos.
El montaje es presentado por la Especialidad de Teatro de la Facultad de Artes Escénicas de la Pontificia Universidad Católica del Perú, con el apoyo del Centro Cultural PUCP, como parte de su temporada académica 2026. (Créditos: Paola Vera)
—¿Por qué te resultó urgente montar este texto de Piñera?
Esta pieza es distinta a lo que solía escribir Piñera: es una alegoría farsesca, una comedia que plantea una pregunta muy potente. ¿Qué les dejamos a las generaciones que vienen? ¿Les imponemos nuestra visión del mundo? Ahora la dirijo con alumnos de poco más de veinte años. Yo tengo 71. Hay casi cincuenta años de diferencia. Esa distancia vuelve la obra particularmente pertinente.
—¿Qué es lo que resalta para ti en trabajos intergeneracionales tan marcados como este?
Enseño desde 1983 y veo que, inevitablemente, la brecha es cada vez más grande porque los alumnos son más jóvenes, y eso se debe a que yo sigo cumpliendo años. Ellos siempre se quedan en esa edad; yo no. Eso obliga a uno a mantenerse más atento a los cambios del mundo, a lo que están haciendo ellos.
—Además de las diferencias naturales propias de la edad, ¿cuáles son las diferencias abismales entre tu generación y la actual?
En mi generación existía la idea de que podíamos transformar el mundo, hacerlo mejor. Hoy esa idea parece una utopía. Hay más fe en la tecnología que en los proyectos colectivos. Se cree que la inteligencia artificial, por ejemplo, resolverá todo. Pero ¿qué porcentaje del mundo tiene realmente acceso a eso?
—¿Cómo afrontas tú ese mundo más disperso, más distante?
Yo no soy de los que se aferran al pasado, pero sí pienso que el mundo no ha mejorado; en muchos aspectos incluso se puede decir que ha empeorado. Entonces, si hace años queríamos hacer un cambio, ¿por qué habría de abandonar la idea de transformar un mundo que sigue empeorando?
El elenco de “La niñita querida”, bajo la dirección de Alfonso Santistevan, reúne a trece intérpretes en escena para el primer montaje peruano del texto de Virgilio Piñera. (Créditos: Paola Vera)
— Ante una pérdida de esperanza en lo colectivo, ¿crees que las nuevas generaciones enfrentan la vida con mayor cinismo?
El cinismo es un rasgo de nuestra época. Permite atravesar contradicciones sin que te afecten. Si tu actitud es cínica, la paradoja no te incomoda, la confrontación no te preocupa. Es una manera de protegerse cada vez más acogida por las nuevas generaciones.
—Entonces, ¿no crees que los jóvenes estén dispuestos a confrontar los mandatos heredados?
Hay que matizar eso. Antes los mandatos eran claros: la escuela, los padres, la religión, la ideología, la idiosincrasia. Hoy son más difusos. Hoy se enfrentan a los mandatos del algoritmo, del consumo, de las redes sociales. ¿Contra qué te rebelas cuando lo que tienes enfrente es tan disperso? Esa difuminación hace que la rebelión sea más compleja.
—Frente a las dificultades de ese mundo heredado, ¿en qué grado tu generación debe sentirse responsable?
De forma absoluta. El siglo XX fue, en muchos sentidos, un fracaso. Eso es algo que mi generación debe asumir. No solo me refiero a la caída de sistemas ideológicos como el marxismo, sino también al neoliberalismo, que ha fracasado en construir una sociedad para todos. Política y económicamente no hemos logrado el mundo que quisimos heredar. Y el siglo XXI parece continuar en esa misma línea de fracaso. Esa responsabilidad por el mundo actual nos corresponde a las generaciones mayores.
—¿El teatro peruano también está condenado al fracaso?
Curiosamente, pese a mi mirada crítica sobre el mundo y a no ser un optimista, tengo un gran optimismo respecto al teatro en el Perú. Veo cada vez más jóvenes haciendo teatro independiente, experimental y generando proyectos propios. Más allá del teatro comercial o institucional, hay una escena independiente muy amplia, y lo mejor que hacen ellos es crear un público. Aquí sí se ven los frutos de crear teatro, una señal saludable de cara al futuro.
En “La niñita querida”, una adolescente que celebra sus quince años decide romper con el destino que su familia ha trazado para ella, desatando un conflicto que cuestiona la autoridad doméstica y los mandatos heredados. (Créditos: Paola Vera)
—¿Cómo lidia el teatro contra tantos frentes?
Antes la competencia del teatro era la radio, el cine y la televisión. Hoy hay una multiplicidad de plataformas y formatos. Es algo enorme. Eso modifica la manera en que los jóvenes consumen historias y también cómo un hombre de teatro ve las cosas. Aquí la cuestión es cómo un director apela a los recursos para mantener ese diálogo con los jóvenes.
—Otra brecha serían los paradigmas generacionales. En la tuya se decía: “Al teatro solo se falta muerto”. Ahora se apela más a la salud mental y física. ¿Cómo ves ese cambio?
Para mí esa frase sigue funcionando. Luego del COVID, en el teatro la definición de enfermedad ha cambiado, es cierto, pero antes ciertas cosas, como una gripe fuerte, eran simplemente parte de la vida. Hoy tendemos a patologizarlo todo, incluso la vida misma.
No niego la existencia de enfermedades mentales, por supuesto que existen. Pero a veces parece más fácil recetar una pastilla que dar un consejo. Eso no está bien; uno debe generar los recursos mentales para salir de ciertos problemas. No podemos asumir que todos venimos “fallados de fábrica” ni autodiagnosticarnos por ver un video en redes sociales.
—Esas mismas redes son las que presionan actualmente, aunque el formato cambió; tu generación también vivió la presión con medios tradicionales.
Antes los periódicos publicaban la cartelera teatral; uno quería que su obra apareciera ahí. Hoy todo pasa por redes, pero tan cierto ahora como en aquellos tiempos es que medir el valor de un actor por sus seguidores o su exposición mediática es un error. El talento no se mide en likes. Además, es una ilusión pensar que todos tus seguidores de Instagram irán a verte al teatro. Hay que usar las redes, sí, pero sin convertirlas en un parámetro absoluto de valía artística.
—¿Es posible tender puentes reales entre generaciones?
Sí, pero mi generación debe entender que los puentes deben ser de ida y vuelta. Uno siempre va a seguir aprendiendo; a mí, particularmente, me interesa el intercambio. No se trata de imponer ni de sentir que la juventud no tiene conocimiento. En cualquier caso, el intercambio seguirá siendo aquello que nos haga pensar que se puede aprender de los errores.
Sobre
La niñita querida
La temporada será hasta el 26 de febrero en el Teatro Ricardo Blume. Entradas disponibles en Joinnus.