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Resumen

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Los Jefes de Estado y de Gobierno posan para la foto oficial de grupo durante la cumbre de la OTAN en el centro de congresos de Ifema en Madrid, el 29 de junio de 2022. (Foto de Pierre-Philippe MARCOU / AFP)
Los Jefes de Estado y de Gobierno posan para la foto oficial de grupo durante la cumbre de la OTAN en el centro de congresos de Ifema en Madrid, el 29 de junio de 2022. (Foto de Pierre-Philippe MARCOU / AFP)
/ PIERRE-PHILIPPE MARCOU
Por Rodrigo Murillo

Una noche de noviembre del 2021, en un bosque de la frontera entre Polonia y Bielorrusia, varios miles de personas acamparon frente a una alambrada. Familias de Iraq y de Siria, niños envueltos en mantas, fogatas que la nieve iba apagando. Del lado polaco, reflectores y soldados. Parecía una crisis de refugiados como tantas. No lo era. A esas familias les habían vendido el viaje en Bagdad, las había recibido el gobierno de Bielorrusia, el aliado más fiel de Moscú, en el aeropuerto de Minsk, las había llevado en autobús hasta la frontera y les había entregado tenazas para cortar el alambre. Los que se las entregaron llevaban uniforme. Aquellas personas no eran refugiados: eran munición. En los manuales militares esto tiene nombre, guerra híbrida, y consiste en golpear a un país sin disparar un tiro. Y el método no lo inventó Minsk. Seis meses antes, Marruecos había abierto la puerta de Ceuta a 8.000 personas en dos días porque España había acogido en un hospital, bajo nombre falso, al jefe de la guerrilla que Marruecos combate en el Sahara. En el 2020, Turquía había hecho lo mismo en la frontera con Grecia. Tres países, tres fronteras, un arma.