(Ilustración: Giovanni Tazza).
(Ilustración: Giovanni Tazza).
Juan José Garrido Koechlin

Tal vez el rasgo que mejor defina a una sociedad abierta y desarrollada sea la manera como resuelve sus diferencias. Esto es, los procedimientos que, de forma natural, sigue ante un problema o diferencia. La tipología de los problemas variará de país en país, y sin duda circundará temáticas más complejas y duras donde los recursos sean más escasos, pero no es la presencia de los mismos lo que diferencia a un país de otro, sino la manera como los resuelven. Léase, cómo la sociedad los aborda, estudia, debate y soluciona.

Países que gozan de una estable y longeva calidad institucional actúan, frente a problemas o diferencias, con una mirada estructurada, investigan las razones subyacentes y luego estudian el fenómeno de manera holística: buscan entender cuáles son los mecanismos, actores, precondiciones, aceleradores, y otros que explican lo ocurrido. Luego atienden las mejoras, primero –cuando la crisis lo permite– en pequeña escala y, conforme la evidencia lo sustente, las universalizan. En el tiempo se informa y se evalúa, de tal manera que se puedan hacer ajustes y, sobre todo, se puedan prevenir casos similares.

Donde las instituciones son precarias y la cultura de debate es frágil e inmadura, las respuestas a las crisis o problemas son, no opuestas, sino diferentes: primero se genera un gran barullo, luego se aboca a la riña una plétora de advenedizos, se niega el debate estructurado y alturado, y casi de inmediato se pasa a las respuestas (lo que advierte la falta de reflexión), la mayoría de veces regulatorias y universales. Ahí ‘acaba’ el problema (o, por lo menos, la preocupación sobre el mismo)… hasta que se presenta de nuevo.

El caso de la prohibición del uso de motos por dos personas en el distrito de Miraflores es de manual: un asalto perpetrado por dos sujetos en una moto, el 4 de febrero pasado, genera un revuelo en redes y medios. No habían pasado ni 24 horas y ya el alcalde del distrito ‘consideraba’ prohibir, por ordenanza municipal, el uso de motos por dos pasajeros. Tan solo diecisiete días después, el 21 de febrero, el Concejo Municipal de Miraflores aprobó una iniciativa legislativa para que la prohibición no sea solo para el distrito, sino a nivel nacional. Y si bien el proyecto seguramente morirá en el tiempo, lo que sí es seguro es que el ‘problema’, al menos para el alcalde de Miraflores, terminó ahí. Incluso si se vuelve a presentar un asalto similar, la respuesta será que la solución ya está en manos del Congreso.

¿Se realizó algún debate informado entre expertos o un estudio sobre lo que piensan los peruanos al respecto, se presentó alguna evidencia local o internacional que sustente la iniciativa, un plan piloto… algo? Por supuesto que no.

El caso de las motos, por cierto, no es único ni extraño. Desde la estructura pública o privada de Sedapal hasta la libertad sobre el uso por niñas de faldas o pantalones en los colegios, la mecánica y secuencia es siempre la misma: gritos, insultos, propuestas regulatorias… y luego, a otra crisis con igual vehemencia.

Si queremos resolver nuestros problemas, debemos partir por cambiar la forma como los abordamos. Con el tiempo, quién sabe, la cultura de advertir, debatir, analizar, evaluar y sancionar podría calar en nuestra sociedad, de modo que los problemas y las crisis se conviertan en oportunidad para implementar mejoras, y no para el populismo y la demagogia que se ve hoy.