Argentina“Mi arma será la verdad”, escribió Alejandro Toledo en un post de Facebook hace una década, cuando ya se conocían varias acusaciones en su contra. Es curioso que usara esas palabras porque su estrategia consistió siempre en exactamente lo contrario: fueron las mentiras sus principales herramientas para sobrevivir en la jungla política, primero, y, después, en los pasillos judiciales. “Tengo la conciencia y las manos limpias”, comentó también, y sumó así dos más a la lista.
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Los psiquiatras lo llaman pseudología fantástica, pero los de a pie le decimos mitomanía. Quienes padecen este trastorno mienten una y otra vez para esculpir un pequeño mundo donde estas falsedades sean reales.
Los mitómanos inventan hechos o historias que, incluso, pueden tener algún componente cierto. Mienten para sentirse seguros, para no sentirse indefensos. Hay otros farsantes compulsivos, como nuestro expresidente de la República, que engañan simplemente para avanzar.
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Aunque el Perú juega en las grandes ligas, no es el único país donde florecen líderes embusteros con regularidad industrial. “Mi pecado ha sido embellecer el currículum”, admitió alguna vez el congresista republicano George Santos, considerado el político más mentiroso del mundo. Contó que sus abuelos eran judíos y que escaparon del Holocausto, pero en realidad eran católicos brasileños.
Dijo también que su madre había muerto en el atentado contra las Torres Gemelas, pero se descubrió que ella no estaba en Estados Unidos en setiembre del 2001. Aseguró que siempre ha sido gay: falso. Y que había estudiado en las mejores universidades: mentira. Y que había sido jugador profesional de vóley: nunca. Pero no se le mueve un pelo cuando habla de su pequeño mundo inventado y, si alguien lo interpela o lo descubre, solo ofrece ser “más claro al respecto en el futuro”. El tipo carece tanto de honradez como de vergüenza.
"Aseguró que siempre ha sido gay: falso. Y que había estudiado en las mejores universidades: mentira. Y que había sido jugador profesional de vóley: nunca".
En 1998, cuando George Santos tenía 10 años y era víctima de ‘bullying’ en el colegio –eso ha contado, quizá sea mentira–, en el hemisferio sur, específicamente en los distritos de Surquillo y La Victoria, un ciudadano peruano, futuro presidente del Perú, deambulaba de un hostal a otro acompañado por tres señoritas. Días después, junto a su esposa, Eliane Karp, denunció haber sido secuestrado y dopado, pero los ‘vouchers’, las cámaras de seguridad y los partes policiales lo desmintieron. Comenzó así una larga carrera como mentiroso profesional; solo le faltaba ejercer un cargo político.
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Falso de toda falsedad
“Seré un presidente implacable a la hora de luchar contra la corrupción”, leyó aquel 28 de julio del 2001, con la banda presidencial recién puesta. Era falso, pero aún no lo sabíamos. Las verdaderas mentiras –perdón por el oxímorom– habían comenzado unos meses antes, cuando en plena campaña electoral se le preguntó si era cierto que tenía una hija a la que no había reconocido. Lo negó, lo volvió a negar, lo negó otra vez... y luego admitió que era cierto, para evitar el bochorno de una prueba de ADN.
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Quienes padecen de pseudología fantástica comparten otro rasgo: mienten sabiendo claramente que lo hacen, sin temor a ser descubiertos. Alejandro Toledo comentó alguna vez que su madre, doña Margarita Manrique, había muerto durante el terremoto de Yungay, en mayo de 1970. Pero luego él mismo lo desmintió: en “Las cartas sobre la mesa”, su libro autobiográfico, narra que su familia sobrevivió al feroz sismo y, páginas más adelante, cuenta: “Llegué a Lima al atardecer de un día de octubre”, para el entierro de su madre en Chimbote. También se demostró, aunque algunos años después, que no había sido estudiante de la Universidad de Harvard.
En perspectiva, esas mentiras suyas fueron las más leves. Fue al culminar su gobierno cuando apeló al embuste, ya no como una herramienta ni como un mecanismo de defensa, sino por instinto de supervivencia judicial.
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La cosa se puso seria cuando Toledo se vio enredado en las mentiras que inventó para justificar compras inmobiliarias de su suegra, Eva Fernenbug. Llegó a decir, incluso, que la madre de Eliane Karp había sido indemnizada como víctima del Holocausto. Antes de que pudiera seguir sosteniendo esta historia falseada, se iniciaron las investigaciones por supuesta corrupción durante su gestión, y así llegamos a la telaraña de corrupción que tejió la empresa Odebrecht, en la que había quedado atrapado.
“Nunca he recibido ningún dinero del señor Barata”, dijo años atrás. Otra mentira, según la fiscalía. Investigado y procesado, pero prófugo durante seis años, ahora Toledo hace lo posible para no ser extraditado al Perú, alegando que el país que lo vio nacer y gobernar está en crisis (esto sí es verdad) y que su proceso judicial puede ser riesgoso (esto no).
Mientras tanto, algunas de sus mentiras más bobas seguirán siendo parte del anecdotario político local. Cómo olvidar cuando una periodista de El Comercio lo llamó y él dijo: “El señor Toledo, en este momento, está en una reunión”, con esa voz engominada que pronto, durante su juicio, volveremos a escuchar.
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.
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