Por Nora Sugobono

No todos los días se come, se bebe y se baila en una mesa ubicada en el piso número 22 de un edificio. No todos, hasta que llega el día. Me atrevo a decir que la experiencia en torno al Vista Corona comienza desde el mismo ascensor. El viaje es algo más largo de lo habitual, una sensación casi imperceptible que consigue un objetivo quizá inconsciente: la sensación de transportarnos a una dimensión ajena a la cotidianeidad. Estamos, por un par de horas, arriba del mundo.

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