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Hay artistas que construyen una obra y otros que construyen, además, una manera de mirar. José Antonio Morales, o simplemente Cuco Morales, pertenece a estos últimos. A lo largo de más de cuatro décadas, su trabajo se ha movido entre la pintura, la escultura, la instalación, el ensamblaje, la obra gráfica y las intervenciones, como si ninguna disciplina bastara para contener las preguntas que lo acompañan. Ahora, una parte importante de ese recorrido puede verse reunida en el Espacio Germán Krüger Espantoso del ICPNA, en Miraflores.
Hay artistas que construyen una obra y otros que construyen, además, una manera de mirar. José Antonio Morales, o simplemente Cuco Morales, pertenece a estos últimos. A lo largo de más de cuatro décadas, su trabajo se ha movido entre la pintura, la escultura, la instalación, el ensamblaje, la obra gráfica y las intervenciones, como si ninguna disciplina bastara para contener las preguntas que lo acompañan. Ahora, una parte importante de ese recorrido puede verse reunida en el Espacio Germán Krüger Espantoso del ICPNA, en Miraflores.
“Antiacadémico” y “outsider” son dos palabras con las que el propio Morales se reconoce, aunque no las utiliza para renegar de la formación ni de la disciplina. Su relación con el arte se ha construido precisamente desde esa tensión: la libertad para explorar, pero también la necesidad de aprender, observar y trabajar con rigor. “Aprender a dibujar es aprender a mirar, aprender a ver”, dice. En su caso, mirar ha significado adentrarse en territorios tan diversos como íntimos, como lo mágico, lo místico, lo histórico, lo natural, lo científico y hasta lo astrológico.
Su obra no parece responder a una sola época ni a una sola inquietud. Hay símbolos, colores, formas y referencias que reaparecen y se transforman con el paso del tiempo. También hay una curiosidad permanente por aquello que se encuentra más allá de lo evidente. Morales ha hecho de esa búsqueda una constante: explorar, conectar ideas y trasladarlas a distintos lenguajes sin preocuparse demasiado por las fronteras entre ellos.

Esa amplitud también explica la particularidad de su trayectoria. Ha pasado por Bellas Artes, ha estudiado fuera del país y ha trabajado con galerías e instituciones, pero mantiene esa voluntad de no quedar encerrado en una categoría. Para él, la coherencia entre pensar, hacer y decir resulta fundamental. El arte, entonces, no es únicamente el resultado que cuelga de una pared, sino también el proceso que existe detrás de él.
Quizá por eso volver sobre su propia obra ha sido una experiencia tan significativa. Durante dos años, Morales trabajó junto con la curadora de esta muestra, Issela Ccoyllo, en una investigación que permitió reconstruir fechas, exposiciones, colecciones, piezas y distintas etapas de su recorrido. El ejercicio también implicó volver sobre obras emblemáticas que ya no podían recuperarse y que, en algunos casos, fueron rehechas. Revisar ese archivo personal le produjo sorpresa, emoción y, sobre todo, gratitud.

Mirar hacia dentro
Ese proceso de revisión es el punto de partida de “El espejo infinito. Obras, 1979-2026”, una exposición que reúne cerca de un centenar de piezas en el Espacio Germán Krüger Espantoso del ICPNA. Curada por Issela Ccoyllo, la muestra podrá visitarse hasta el 4 de octubre y propone un amplio recorrido por distintas etapas de la producción artística de Morales.
El título no es casual. Un espejo devuelve una imagen, pero también es capaz de multiplicar, deformar o revelar aquello que no habíamos visto. Algo parecido ocurre al recorrer estas obras: cada etapa dialoga con las siguientes y permite reconocer obsesiones, búsquedas y transformaciones. La exposición no solo pretende ordenar cronológicamente una carrera, sino mostrar las conexiones entre sus distintos momentos.

Hay obras conocidas y otras inéditas o poco exploradas, piezas que permiten acercarse a un artista que ha hecho de la experimentación una forma de permanencia. El conjunto nos presenta desde bosques oníricos inspirados en su tiempo en la costa norte del Perú hasta personajes de rostros curiosos, en los que el autor juega con el humor y lo absurdo. Volver a estas obras después de tantos años también significa enfrentarse al tiempo: a lo que cambia, a lo que permanece y a aquello que adquiere un nuevo significado cuando se observa desde el presente.
Para Morales, este ejercicio de mirar hacia atrás no parece significar quedarse en el pasado. Al contrario, revisar su propia trayectoria le permite reconocer el camino recorrido y, quizá, entender mejor las preguntas que todavía siguen abiertas. Porque si algo atraviesa su trabajo es precisamente esa curiosidad por mirar una vez más, desde otro ángulo, aquello que parecía conocido.

Así, este recorrido se convierte en una suerte de espejo de varias décadas: un lugar donde conviven distintas versiones del mismo artista. Un espejo que, como su obra, no devuelve una única imagen, sino muchas. Y que invita a detenerse frente a ellas para mirar otra vez con atención.
- Cuco Morales (Lima, 1952) tomó clases en la Escuela Nacional de Bellas Artes del Perú y en la Escuela de Comunicaciones y Artes de la Universidad de São Paulo. En 1980 fue alumno del Taller de Dibujo de Cristina Gálvez.
- Desde 1978, ha sacado adelante más de treinta exposiciones individuales en países como Perú, Canadá, Cuba, Estados Unidos, Francia, España y otros. También ha participado en diversas muestras colectivas internacionales.
- La muestra va hasta el 4 de octubre en el ICPNA de Av. Angamos Oeste 160, Miraflores. El ingreso es libre y puede visitarse de martes a domingo, de 10 a.m. a 7 p.m.

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