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“Hay algo espiritual en crear belleza clásica para luego corromperla”: Abel Bentin presenta “El silencio de las fuentes”
A través de doce piezas escultóricas que conforman un espacio dedicado al ocaso de los objetos, y otros simbolismos, el artista Abel Bentin transforma la belleza clásica en formas corrompidas y vulnerables que ya tienen las horas contadas.
El artista peruano presenta después de siete años su primera exposición individual, una propuesta que reflexiona sobre la decadencia material y simbólica. (Foto: Jorge Anaya)
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Resumen
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El artista peruano presenta después de siete años su primera exposición individual, una propuesta que reflexiona sobre la decadencia material y simbólica. (Foto: Jorge Anaya)
Sucede que algunas de las esculturas más imponentes del mundo presentan cada vez más signos de decadencia. En Atenas, por ejemplo, los mármoles del Partenón ceden a la erosión del viento. Las piedras de Chichén Itzá, en México, se quiebran por la cristalización de las sales internas. Mientras tanto, el Monte Rushmore pasa mensualmente por un proceso de peeling para quitar “granitos” de la cara de expresidentes.
Sucede que algunas de las esculturas más imponentes del mundo presentan cada vez más signos de decadencia. En Atenas, por ejemplo, los mármoles del Partenón ceden a la erosión del viento. Las piedras de Chichén Itzá, en México, se quiebran por la cristalización de las sales internas. Mientras tanto, el Monte Rushmore pasa mensualmente por un proceso de peeling para quitar “granitos” de la cara de expresidentes.
Uno debería preguntarse entonces qué pasa con algunas de las piezas de menor envergadura, que, a falta de atención constante, quedan a merced de la gracia de las palomas o de algún artista que deja constancia de su propia existencia. Ante tanto olvido, Abel Bentin decidió olvidarse de su propio “retiro” para presentar “El silencio de las fuentes”, una muestra sobre la decadencia inevitable de los objetos que alguna vez fueron majestuosos.
La obra reúne esculturas que evidencian la decadencia de los objetos y la transformación de la belleza clásica en tiempo y materia. (Foto: Jorge Anaya)
[Des]composición artística
Todo comenzó a principios de este año, cuando en Ciudad de México presentó la exposición “Derrame”. Bentin realizó una pequeña fuente de la cual emanaba una materia oscura, un símbolo de la descomposición. El líquido negro lo acompañó durante cinco meses, junto a la idea de encerrarlo dentro de esculturas incapaces de contenerlo. Y así fue: hoy el líquido inunda sus redes sociales, a veces como una carita sonriente a su lado, otras cubriéndolo por partes.
“Hay algo espiritual en crear belleza clásica para luego transformarla, corromperla”, menciona Bentin, quien elaboró a mano cada una de las piezas que, en su conjunto, componen una suerte de jardín. Se trata de un proyecto con varias capas de profundidad, encontrándose en segunda instancia —luego de la representación física— un presentimiento tan profético como lo antiguo del estilo neobarroco en sus obras: “Estamos viviendo el fin de algo y el comienzo de algo distinto”, enfatiza el artista con cierto alivio.
Las esculturas “Fuentes”, así como todas las piezas de esta exposición, están elaboradas con resina, arena, metal y pintura de uretano. (Foto: Jorge Anaya)
La exposición pretende mostrar ese colapso en varios niveles y, en ese juego simbólico, exhibir la decadencia personal, cultural y social. “Lo lógico sería ir en contra de ella, pero estamos viviendo algo mucho más grande que nosotros, y a veces nos gana”, dice, convencido de una promesa implícita dentro de su propuesta: el cambio.
Las preguntas sobre un futuro posdecadente las entrega plácidamente a la incertidumbre. Y la decadencia de estos tiempos, el artista la explica a través del péndulo histórico. “Es un proceso natural”, afirma. En paralelo, vive su presente mientras diseña la vajilla de restaurantes como La Mar o Astrid & Gastón. Empieza su día, se levanta y ve las grietas en las paredes, observa las cerdas gastadas del cepillo y esos hilos que se despuntan en la ropa. Y, antes de llegar a una conclusión, su mente se dispersa por completo.
“Ostra” de Abel Bentin es parte de esta nueva exposición curada por Daniel Bernedo y en en colaboración con Ciento Estudio. (Foto: Jorge Anaya)
De ahí que este proceso hubiese sido imposible de realizar sin la obsesión que invade todos los aspectos de la vida de Bentin. “Mi mente es caótica; soy aplicado, pero me cuesta concentrarme, tengo lagunas creativas, soy disperso”, enfatiza el artista, antes de volver consultar cuál era la pregunta que estaba respondiendo.
—¿Le pones un nombre a tanta dispersión?
“No tengo un diagnóstico formal; no sería responsable usar términos clínicos como muchos lo hacen. Eso sí sería decadente”.
El Dato
La muestra, que reúne esculturas, iluminación y piezas de audio en un recorrido inmersivo, se presenta en la galería Ginsberg Tzu de lunes a sábado hasta el 15 de diciembre. El ingreso es libre.