Por Ángel Navarro Quevedo

Sucede que algunas de las esculturas más imponentes del mundo presentan cada vez más signos de decadencia. En Atenas, por ejemplo, los mármoles del Partenón ceden a la erosión del viento. Las piedras de Chichén Itzá, en México, se quiebran por la cristalización de las sales internas. Mientras tanto, el Monte Rushmore pasa mensualmente por un proceso de peeling para quitar “granitos” de la cara de expresidentes.