Por Milagros Vera Colens

Cuando todo parecía un paseo tranquilo, la corriente del río Cañete arrastra la balsa hacia una roca enorme. El guía nos pide detener la remada y colocarnos dentro de la embarcación, pero esta se levanta abruptamente por la parte delantera. Gritamos. En cuestión de segundos el río nos devuelve a su cauce. Con el agua en la cara respiramos aliviados, pero no contamos con que otra roca está a punto de voltearnos. Esta vez hubo suerte y en lugar de eso nos quedamos atascados. Entonces toca movernos rápidamente para hacer contrapeso. Apenas salimos, el guía grita: “¡Adelante!”. Nosotros –obedientes– volvemos a nuestras posiciones y a remar con la adrenalina a tope.

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