Por Redacción EC

Cuando conocí a Salim, yo tenía trece años y él, quince. Brany Acosta, mi vecino y amigo, iba a visitar a una chica en el jirón Paruro, a la espalda de la plaza Italia. Salim solía visitar a la hermana de esa chica. Así fue como Brany lo conoció y luego lo trajo a Huallaga. Como cualquier día, salí a la puerta de mi casa para tomar aire y ver si había alguien del barrio. En eso, vi a Brany, con quien la habíamos «chocado para Lucas», juego que consistía en darle un golpe en la nuca al primer distraído que se cruzara y se encontrara en posición de recibirlo.

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