Por Ángel Navarro Quevedo

Black Sugar nació en un contexto donde la música no solo era entretenimiento, sino también un campo de tensión cultural. En plena década de 1970, durante el gobierno militar en el Perú, su sonido híbrido —entre el rock, el jazz rock y el soul— se abrió paso en escenarios donde convivían la música extranjera y las restricciones políticas. La paradoja era evidente: una banda asociada a la modernidad sonora estadounidense terminaba tocando en eventos para fuerzas armadas, reinterpretando incluso repertorios de Santana bajo ritmos de blues y funk.

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