FarándulaSe dice: “El oscuro concierto de My Chemical Romance”. Y se dice la verdad. Ha sido, tal vez, una de las interpretaciones musicales con un mensaje que bordea lo sombrío, lo impopular, porque hablar de dictaduras es siempre un tema complicado. El relato nos lleva a Draag, una autocracia distópica inspirada en regímenes fascistas del siglo XX. En esa realidad, la banda está obligada a tocar su disco “The Black Parade” como forma de propaganda para el público, que, complaciente, acompaña una de las puestas en escena más memorables vistas en el Estadio Nacional.
Se dice: “El oscuro concierto de My Chemical Romance”. Y se dice la verdad. Ha sido, tal vez, una de las interpretaciones musicales con un mensaje que bordea lo sombrío, lo impopular, porque hablar de dictaduras es siempre un tema complicado. El relato nos lleva a Draag, una autocracia distópica inspirada en regímenes fascistas del siglo XX. En esa realidad, la banda está obligada a tocar su disco “The Black Parade” como forma de propaganda para el público, que, complaciente, acompaña una de las puestas en escena más memorables vistas en el Estadio Nacional.
Hace 77 años, George Orwell advertía sobre el Gran Hermano y la metáfora del ojo —portada de muchas ediciones impresas de “1984″— que todo lo ve. Aquí, el escenario acompaña esa idea. Un ojo suspendido en lo alto observa con atención hacia la izquierda, mientras un comité de médicos y maestros de ceremonias avanza sobre el escenario. Detrás de ellos aparecen retratos de una ciudad que remite a aquella Nueva York del 11-S, hecho que marcaría el origen de la banda.
Los reflectores iluminan a una enfermera con un parche pirata en el ojo, labios de rojo intenso y un traje impecable que recuerda a Elle Driver de Kill Bill. En tono lírico se abre el concierto: la gran obra de My Chemical Romance encuentra, durante más de dos horas, su primera parada en la actual gira sudamericana. Por un instante, el público se reconoce a sí mismo: adolescentes con delineador negro, flequillo, y algunos soles —y años— menos.

Un concierto diferente
La enfermera retoma su papel, le da unas pastillas a Gerard Way y el espectáculo comienza con “The End.”. Cada gesto se responde con gritos del público; las olas humanas recorren de lado a lado el estadio. Siguen “Dead!” y “This Is How I Disappear”. El ojo desciende para comunicar mensajes en keposhka, el idioma —creado por Nate Piekos, amigo de Way— del país ficticio en el que My Chemical Romance parece quedar atrapado durante esta gira.
En pantalla se proyectan órdenes que, según entendidos, funcionan como consignas de obediencia y propaganda: “¡Larga vida a Draag!”, “Pon atención”. Y así se acata. El público levanta sus cámaras, algunos se suben sobre otros, se adelantan, hacen zoom para capturar uno de los momentos más esperados: “Welcome to the Black Parade”. En escena aparece un atril desde el cual Way continúa el relato.

La narrativa avanza con “I Don’t Love You”, “House of Wolves” y “Cancer”. Se leen cartas en keposhka, aparece el violín, se arrojan objetos al suelo. El público grita, enciende linternas y lanza cerveza al aire, pero Way no abandona el personaje. Se dirige a la audiencia como maestro de ceremonias, presenta pequeñas performances, se arrastra, se retuerce y canta con una intensidad que, a sus 48 años, no parece menguar.
En “Mama”, el fuego hace su primera aparición: llamaradas breves surgen desde los laterales. Entre el público, un Elmo deambula pogeando con cerveza en mano, mientras un performer envuelto en llamas danza junto al cantante sobre el escenario. Regresa el canto lírico de la enfermera, el tema concluye y un estruendo deja unos segundos de silencio antes de ser cubiertos por vítores.

Un hombre cae al escenario; delinean su silueta en el suelo, juegan rayuela y, para rematar, aparece un michi. Las guitarras marcan el pulso de un nuevo tema. En las pantallas se multiplican ojos y colores intermitentes, dando sentido a la advertencia inicial sobre posibles ataques de epilepsia. Esta vez, la noche transcurre sin incidentes.
Gerard Way es preciso en el drama de su propia obra. Se arrodilla, suplica, mira al cielo mientras canta. Y cuando el show exige ir al extremo, lo hace. Enciende una bengala sobre el escenario, señal para que el público haga lo mismo. El fuego aparece por todos lados: columnas laterales, llamaradas internas y una pared ígnea que se levanta frente a la banda. Así, el tema “The Last Words” se encamina a su final, con un hombre en camilla llevado al centro de la escena.
El ojo desciende para mostrarle fragmentos de su vida: penas, recuerdos, afectos. El hombre sostiene un peluche mientras la luz se concentra sobre él. Way avanza, observa, se sube a la camilla y ejecuta el acto final de la puesta en escena. La teatralidad es intensa, deliberadamente excesiva, hasta que el silencio marca el cierre de esta parte del concierto.

Éxitos, éxitos, éxitos
El intermedio llega acompañado por un violonchelo. Muchos aprovechan para sentarse: las Converse combinan con el outfit, pero las New Balance pasan factura después de los 30. La edad tampoco es ajena a la banda, marcada por pausas, crisis, reinvenciones y hasta episodios de vigilancia mediática en otros tiempos.
El primer golpe llega con “I’m Not Okay (I Promise)”, junto con las primeras palabras del vocalista: “Fuck yeah”. Breve y directo, para no perder tiempo antes de encadenar temas como “Na Na Na (Na Na Na Na Na Na Na Na)” y “The Ghost of You”. Elmo cae, la cerveza también, pero el ánimo se eleva. El público salta, enciende otra bengala y corea el nombre de una banda que visita el país por primera vez.
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El bajista luce una camiseta de la selección peruana. Way opta por una de “The Ultra-Violence”, de Death Angel. Se detiene para agradecer a The Hives por encender la noche previa y suelta sus primeras palabras en español: “Hola, ¿qué tal?”. Luego, sin rodeos, rescata un tema del debut: “I Brought You My Bullets, You Brought Me Your Love”.
“Créeme, amigo, es un placer conocerte”, dice antes de encarar el tramo final, que desemboca inevitablemente en “Helena”. No hay despedida solemne ni discursos finales. Fieles a su relación con los fans, las luces se apagan y la oscuridad deja espacio para los recuerdos y para la duda de si, en algún momento, volverán.



















