“Pinball”, el álbum debut del cuarteto integrado por el saxofonista Andrew de Chair Baker, el tecladista Francisco Haya de la Torre, el bajista Teté Leguía y el baterista Ken Ychicawa, se ha convertido en uno de los discos peruanos más aclamados en lo que va del año. Se trata de una distinción polémica si consideramos que estamos frente a un álbum que desafía largamente las expectativas del oyente: la tonalidad cede su centro, los ritmos se escurren entre los dedos, las melodías borran sus propias huellas mientras se adentran en una espesura de erizados bordes sonoros. Paradójicamente, esta ausencia de parámetros definidos –que sin duda debe haber provocado rechazo en más de uno– es el motor creativo del disco y, para quienes consigan captarlo, su principal atractivo.
“Pinball”, el álbum debut del cuarteto integrado por el saxofonista Andrew de Chair Baker, el tecladista Francisco Haya de la Torre, el bajista Teté Leguía y el baterista Ken Ychicawa, se ha convertido en uno de los discos peruanos más aclamados en lo que va del año. Se trata de una distinción polémica si consideramos que estamos frente a un álbum que desafía largamente las expectativas del oyente: la tonalidad cede su centro, los ritmos se escurren entre los dedos, las melodías borran sus propias huellas mientras se adentran en una espesura de erizados bordes sonoros. Paradójicamente, esta ausencia de parámetros definidos –que sin duda debe haber provocado rechazo en más de uno– es el motor creativo del disco y, para quienes consigan captarlo, su principal atractivo.
El cuarteto de jazz peruano interpreta el álbum "Pinball". (Foto: Cortesía)
Grabado en una única sesión en el estudio Dragón Verde, “Pinball” sigue unas pocas indicaciones: que el tecladista toque algo a partir de tal o cual melodía, que el baterista y el saxofonista interactúen durante algunos minutos, que el bajista y el tecladista desarrollen tal o cual idea. Y nada más. El resto es pura improvisación. Y si bien se conocían de antes y estaban al tanto de sus gustos y capacidades –todos habían hecho jazz, algunos un poco de noise, otros un poco de música experimental– ninguno de los integrantes del cuarteto tenía idea de lo que iba a pasar cuando ingresaron al estudio. Y eso era justamente lo que los emocionaba. Según el tecladista Francisco Haya de la Torre: “La idea del disco era eso, la adrenalina de no saber, la adrenalina de decidir las cosas ahí mismo, la adrenalina de ser disonante y ver cómo en esa disonancia encuentras consonancia”.
El saxofonista Andrew de Chair Baker integra el cuarteto que interpreta el álbum peruano "Pinball". (Foto: Cortesía)
El jazz les había enseñado a reaccionar en el momento, a negociar con los otros músicos, a contrastar una idea con otra. En ese sentido, grabar el álbum se asemejó a un juego de pinball: un músico presionaba un botón y la idea, como una bola de acero, salía disparada, chocando con diferentes superficies, generando sonidos y colores, provocando secuelas y sensaciones de todo tipo, sin que nadie supiese muy bien a dónde iba a terminar. Sólo había que escuchar con atención su desplazamiento y reaccionar a sus movimientos de la mejor manera posible.
El tecladista Francisco Haya de la Torre integra el cuarteto que interpreta el álbum peruano "Pinball". (Foto: Cortesía)
El bajista Teté Leguía integra el cuarteto que interpreta el álbum peruano "Pinball". (Foto: Cortesía)
El baterista Ken Ychicawa integra el cuarteto que interpreta el álbum peruano "Pinball". (Foto: Cortesía)
El disco es el registro de esas reacciones. En “Ugly King” escuchamos a Haya de la Torre, Leguía e Ychicawa dejarse llevar por el torbellino metálico del saxofón de Baker; en “Cuchi Cuchi” los oímos tratando de escapar el irresistible encanto de una melodía indefinida; en “Mono” los oímos enredarse en una columna de ruidosa disonancia, sosteniéndose a duras penas para no caer en el vacío. A veces el resultado es una belleza extraña, como en “Mumbo Jumbo”, donde el bajo y el saxofón tocan al unísono un contorno melódico que recuerda los momentos más excéntricos y conmovedores de Thelonious Monk, mientras el piano y la batería crean un ruidoso telón de fondo que no hace más que resaltar la rara belleza de la melodía. En otras ocasiones, como en “Pipi de mono, pt. 2”, la falta de armonía es tan grande que el oyente acaba inmovilizado ante lo que no puede ser otra cosa que pura fealdad, como un pequeño animal desconcertado frente a los ojos de una enorme serpiente a la que no puede dejar de mirar, repelido y maravillado al mismo tiempo.
Desde sus orígenes a inicios del siglo pasado, el arte moderno ha tenido como consigna renovarse y jamás repetirse, rompiendo los cánones clásicos de la belleza para transitar territorios inexplorados que aseguren la novedad constante. Ese es el camino que recorrieron los músicos de be bop, free jazz e improvisación libre, y ese es el camino que Baker, Haya de la Torre, Leguía e Ychicawa transitan hoy con “Pinball”. Modernistas en esencia, los cuatro se adentraron en “terra incognita” y regresaron con un disco extraño, irrepetible, inquietante, poseedor de una radical belleza. Que lo disfrute quien se atreva.