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Juliane Koepcke ha dedicado más de cinco décadas de su vida a proteger el bosque que le salvó la vida. Ahora enfrenta una nueva lucha por conservarlo frente al avance de la minería ilegal que amenaza la cuenca del río Yuyapichis y parte de la estación biológica Panguana, ubicada en la provincia de Puerto Inca, en Huánuco. El espacio, fundado por sus padres, científicos alemanes que llegaron al Perú para investigar la biodiversidad de la Amazonía, se encuentra hoy amenazado por una actividad que continúa expandiéndose mientras la respuesta del Estado resulta insuficiente para detenerla. La situación ha obligado a interrumpir investigaciones científicas, evacuar a parte del personal y contratar seguridad privada para evitar nuevas invasiones. En menos de un año, la minería ilegal ha afectado cerca de 36 kilómetros del curso del río Yuyapichis.
Juliane Koepcke ha dedicado más de cinco décadas de su vida a proteger el bosque que le salvó la vida. Ahora enfrenta una nueva lucha por conservarlo frente al avance de la minería ilegal que amenaza la cuenca del río Yuyapichis y parte de la estación biológica Panguana, ubicada en la provincia de Puerto Inca, en Huánuco. El espacio, fundado por sus padres, científicos alemanes que llegaron al Perú para investigar la biodiversidad de la Amazonía, se encuentra hoy amenazado por una actividad que continúa expandiéndose mientras la respuesta del Estado resulta insuficiente para detenerla. La situación ha obligado a interrumpir investigaciones científicas, evacuar a parte del personal y contratar seguridad privada para evitar nuevas invasiones. En menos de un año, la minería ilegal ha afectado cerca de 36 kilómetros del curso del río Yuyapichis.

La científica sobrevivió a una caída desde unos 3.000 metros de altura durante el trágico accidente aéreo de la aerolínea Lansa, ocurrido el 24 de diciembre de 1971 en la Amazonía peruana. Los conocimientos que sus padres le habían transmitido durante sus estadías en Panguana fueron fundamentales para mantenerse con vida. Antes del accidente, en el que murió su madre, Juliane había pasado alrededor de un año y medio viviendo en la estación. Tenía apenas 17 años, pero ya conocía los animales, sus sonidos, los peligros y las ventajas de un bosque al que muchos llamaban el infierno verde. Ese conocimiento la ayudó a orientarse en la selva hasta llegar a un río, donde, después de caminar durante más de diez días, encontró a las personas que hicieron posible su rescate.
Hoy enfrenta una amenaza distinta a la que tuvo que superar hace más de cinco décadas. Esta vez, su lucha es contra la minería ilegal que invade territorios y destruye ecosistemas que han tardado siglos en formarse. Juliane ha dedicado años al estudio de mariposas y murciélagos en Panguana, pero también ha continuado el trabajo científico iniciado por sus padres, que ha permitido desarrollar más de 390 publicaciones sobre la biodiversidad de este territorio. A sus 72 años, según señaló durante la entrevista, mantiene firme su compromiso con la conservación y exige una mayor intervención del Estado para proteger un espacio que durante décadas ha contribuido al conocimiento de la Amazonía peruana.
La especialista en mariposas y murciélagos presentó su pedido de protección el pasado 21 de octubre, durante un encuentro organizado por el Grupo de Análisis para el Desarrollo (Grade), donde expuso cómo la minería ilegal ha degradado parte del territorio en pocos meses y las consecuencias que esta actividad viene dejando sobre la biodiversidad. Juliane conversó en exclusiva con El Comercio, medio que durante décadas ha seguido su historia, y brindó detalles sobre los daños registrados, las amenazas contra quienes protegen la estación y los proyectos que espera desarrollar en los próximos años. Su historia está marcada por la supervivencia, así como por una vida dedicada a la conservación. Hoy, esa misma determinación la mantiene firme frente a una actividad ilegal que amenaza con destruir el bosque al que ha dedicado gran parte de su existencia.
―Juliane, has dedicado gran parte de tu vida a proteger Panguana, siguiendo en gran parte el legado de tus padres. ¿Qué hace tan importante este lugar y cómo nació tu compromiso con su conservación?
Panguana ha sido estudiado ya desde hace casi 60 años y mis padres escogieron este lugar ya en tiempos remotos. Panguana se fundó el año 1968 porque se encontraba en plena selva virgen, en una parte de la selva. Ellos, como biólogos, querían estudiar el ecosistema para conocer qué animales y plantas están juntos en un solo lugar, no hacer solamente listas de ejemplares de especies, listas de flores o listas de vertebrados, por ejemplo, lo que ya se conocía en parte en esos tiempos. Ellos querían saber cómo funciona el ecosistema, cómo viven los animales y las plantas juntos, cómo evitan la depredación y todos los temas ecológicos que en esos tiempos todavía no tenían mucha importancia.
Yo me crié en parte ahí y, cuando terminé de estudiar en el colegio, me fui a Alemania, estudié biología y empecé a seguir el legado de mis padres. Yo hice mi tesis de bachillerato y de doctorado ahí en Panguana.
En ese tiempo estuve ahí años y, para el doctorado, para el trabajo de campo del doctorado, estuve año y medio en Panguana junto con la familia del señor que es nuestro administrador. Y en ese tiempo yo me uní más a este espacio vital que es la selva peruana.
Antes del accidente aéreo de Lansa, en 1971, había estado año y medio con mis padres ahí. Me enseñaron todo lo que define ese ecosistema de selva baja.
Llegué a conocer los nombres de los animales, si se sabía, y conocía todas las voces de las aves, las ranas, los insectos. Y eso realmente después me salvó la vida cuando estuve sola en el bosque, después del accidente, desamparada, desilusionada y sin nada, solamente agua. No tenía nada de comer.
Y en esos días yo me juré que, si sobrevivía, entonces quisiera hacer algo por el hombre y la naturaleza, las dos cosas juntas.
Después, cuando fui rescatada, ya tenía otras cosas que ver. De un momento a otro todo el mundo me conocía y esa fama fue difícil para mí. Yo tenía 17 años solamente.
Mi papá me mandó a Alemania y estudié, y esas ideas se fueron un poco atrás. Después, cuando regresé al Perú, en 1998, hicimos un documental con el director de cine Werner Herzog. Él se enamoró inmediatamente de ese sitio y decidimos que juntos íbamos a hacer algo más grande de Panguana.
Mi papá murió el año 2000 y después asumí el puesto de directora de Panguana. Estoy siguiendo el trabajo que ellos han empezado y, como ya hubo tanta investigación científica, había una base muy buena para empezar a aumentar el conocimiento sobre la Amazonía peruana.
Así nos dedicamos más y más a este trabajo y para mí es un lugar muy especial. Es el mismo bosque, en realidad, que el bosque en el que caí de una altura de 3.000 metros del cielo. En realidad caí del cielo y ahora yo estoy protegiendo ese bosque que antes me salvó la vida, porque así fue.
Yo solamente he sobrevivido ahí porque conocía la selva, porque ya tenía conocimiento de los peligros, que no es tan peligroso como la gente siempre dice. No es un infierno verde. Para mí nunca fue un infierno verde.
Eso ayudó a integrarme más y más en el trabajo que antes había hecho mi papá. Tengo un compromiso muy fuerte para seguir con este trabajo. Tantos años, décadas de años, que estamos estudiando ahí la fauna y la flora, pero no es solamente eso.
―A lo largo de estas décadas, Panguana se ha convertido en un espacio de investigación científica y trabajo con las comunidades. ¿Cómo ha evolucionado esta labor y qué importancia tiene para la conservación de la Amazonía?
Al principio yo lo vi todo desde el punto de vista de un científico. Muy pronto me di cuenta de que eso es solamente una pequeña parte del trabajo que hay que hacer ahí, porque para conservar un área siempre se necesita estar en comunicación con la población que vive en ella, sobre todo con las comunidades. Tienen mucho conocimiento y por eso nosotros decidimos integrarlas en nuestro trabajo.
Eso funcionó bien hasta que entró la minería ilegal y comenzaron a trabajar el oro. Ahora siguen con esa actividad y mantenemos la comunicación, aunque existe cierta tensión en nuestras relaciones porque han invadido el territorio y abierto una carretera que todavía no tenía estudio de impacto ambiental. Era una situación que no queríamos permitir, pero finalmente ingresaron.

Nosotros esperamos que en el futuro podamos trabajar juntos otra vez, porque ahí hay un gran potencial para el ecoturismo, no solamente con las comunidades asháninkas que viven en la zona y las yaneshas al otro lado del Pachitea, sino también con la población de Yuyapichis y Puerto Inca, capital de la provincia. Ahí hacen artesanías y todo eso lo quisiéramos integrar en nuestro programa. Además, nos están pidiendo que pensemos en la posibilidad de desarrollar un turismo moderado.
Actualmente la infraestructura todavía no es adecuada para eso, en Panguana. Es para la investigación, sobre todo, y la conservación. Bueno, la conservación, en realidad, es el tema principal.
La conservación y la investigación son una base que después facilita explicar por qué tiene que ser conservado, qué especies hay, qué características son importantes para la conservación y cómo se puede evitar o disminuir el impacto del cambio climático.
Todo eso se tiene que estudiar primero y después se puede dar, por ejemplo, consejos sobre cómo se puede conservar un área.
―En menos de un año, la minería ilegal ha avanzado rápidamente sobre el río Yuyapichis y los alrededores de Panguana. ¿Cómo se ha producido esta expansión y qué ha ocurrido con los terrenos que ustedes protegen?
La minería ilegal siempre estuvo en la zona y en otros sitios río arriba, en la provincia de Puerto Inca. Bueno, estamos ahí en la provincia de Puerto Inca, más cerca de la capital. Ahí estaban ya hace muchos años.
Después han terminado en un tramo y, cuando el oro subió tanto, entonces a entraron más y más al río Yuyapichis.
Ahora están trabajando a lo largo de todo el río y su afluente, el río Negro, que siempre tuvo bastante oro. Ya en los años 1950 había gente trabajando ahí el oro. En esos tiempos fue artesanal, con la batea, y no se afectaba mucho al medio ambiente. Es algo que uno no puede ni creer, tan rápido como se creó.
En pocos meses han entrado y ocupado parte de nuestro terreno. El vecindario ha dado por su propia voluntad su terreno. Nosotros no queríamos. Hemos comprado las parcelas que tenemos con donaciones de personas que han donado el dinero precisamente para la conservación.
Algunos nos han preguntado por qué no hacemos minería nosotros mismos. Una señora dijo que nos quería devolver el dinero para que ellos pudieran hacer ese trabajo, hacer minería. Habíamos dicho: “No, no podemos, porque tenemos el dinero para otro fin, no para minería”. No lo han entendido.
Después hubo invasiones, amenazas y han destruido una parte del terreno junto al río, las orillas. Se están metiendo.
Nunca hubiéramos pensado que la minería ilegal llegaría en esa forma como fue. Hemos pensado que se puede manejar de una forma, hablar con la gente para que respeten nuestro terreno. Nosotros no nos metemos en los terrenos de otras personas, que hagan su trabajo por otro lado, pero no ingresen a la zona de conservación.
Porque es entendible, los precios son altos del oro y están pagando ahí hasta S/40.000 por hectárea. Eso es una fortuna. También los que al principio no querían, después han pensado en el dinero y han alquilado su terreno a los mineros.
Ahí no nos metemos, pero ellos no respetan nuestros terrenos. Si nosotros entráramos en los suyos, nos sacarían. En cambio, ellos ingresan a nuestro territorio sin preguntar y empiezan a lavar oro.
No se trata solamente de mineros que llegan de otros lugares, sino también de pobladores locales que participan en esta actividad y consideran que se trata de minería artesanal.
Hasta el momento siguen entrando, aunque la mayoría de los mineros ha ido a otro sitio. Entran otros y hace pocos días recién estaban otra vez empezando a lavar en nuestro terreno, en la parte que le pertenece al administrador.
Cuando uno va, los chicos de seguridad que tenemos controlan y patrullan todo el tiempo. Cuando van, entonces se retiran, pero cuando regresan ellos otra vez están ahí. Están vigilando permanentemente, por lo que he podido entender.
―¿Qué cambios han podido identificar en la fauna, la flora y el ecosistema de Panguana a partir de los daños ocasionados por la minería ilegal?
Hay que diferenciar ahí entre los cambios producidos por el cambio climático, que ya existe, y los de la minería ilegal, que recién últimamente nos han afectado.
Bueno, sí, de todas maneras hay cambios muy grandes en el río mismo porque la fauna que vivía ahí está totalmente contaminada con mercurio y el río siempre está turbio. El agua ya no es cristalina como antes. Así que las conchas que había ahí han desaparecido.
Hay pocas aves. Antes se veían muchas y algunas garzas han quedado, que son las más resistentes contra cambios. Esos animales hay; los vertebrados ya no se ven.

Yo he trabajado con murciélagos. En Panguana hemos registrado 56 especies, una cifra extraordinaria. Sin embargo, en la actualidad se ven muy pocos.
En el bosque mismo, sí, pero a orillas del río ahí son los cambios graves. Ha desaparecido la cobertura vegetal y el suelo y el subsuelo están revueltos totalmente. Como el suelo es poco fértil, solamente hay una capa muy fina de humus. Así que eso ya no existe. Hay solamente cascajo, piedras y todo volteado.
Así que para reforestar eso será un trabajo bien grande. Eso es lo que queremos hacer una vez que podamos trabajar ahí en tranquilidad y no tener miedo de que a cada rato alguien entre o queme lo que estamos haciendo.
Cuando sea superado el problema con los mineros, ojalá que sea posible, entonces vamos a reforestar en una forma sostenible, solamente con especies nativas de la región. Pero eso demora.
Lo que no se entiende normalmente es que cuando se ve ese bosque parece grande, inmenso, indefinido y siempre estuvo ahí, y se cree que siempre va a estar. La realidad no es así. Ese bosque es muy delicado y solamente vive en un ciclo muy cerrado de energía, agua y sustancias nutritivas.
Cuando se elimina la cobertura, entonces comienza la erosión. Y cuando el bosque ya no es uno solo, sino solamente hay islas, manchones, entonces ya no se puede recuperar.
Hay estudios que indican a partir de cuándo viene ese punto en que ya no se puede retornar a un bosque original.
Una vez que ha desaparecido, bueno, claro, crece bosque secundario, pero son pocas especies que viven ahí: cético, bobinsana, caña brava. Y desaparece la biodiversidad cuando ya no están los árboles que producen las semillas, las flores y el polen para insectos, aves y algunos mamíferos. Entonces desaparecen.
Así que todo el ecosistema cambia y ya no es lo mismo, y el bosque no se puede recuperar.
―Se habla de casi 40 kilómetros afectados por la minería ilegal. ¿Panguana se encuentra cerca de un punto de degradación irreversible o todavía existe la posibilidad de recuperar las zonas dañadas?
No, todavía no, porque eso es local, en realidad. Esas teorías o hipótesis que hay se refieren a toda la Amazonía.
El ecosistema también se modifica cuando desaparece una parte del bosque. El problema es que estamos en el Alto Pachitea, en la cuenca del Amazonas, donde nacen los ríos que contribuyen a formar el río Amazonas. De ahí proviene el agua.
Seguramente esos ríos no se van a secar porque nacen en los Andes. Sin embargo, donde llegan a la vegetación de selva baja existe un ciclo del agua muy especial.
El bosque toma el agua, lo evapora, pasa por la vegetación, se evapora, forma las nubes, llueve y otra vez comienza después de la precipitación. Solamente el 20%, creo, entra al suelo. El resto se recicla en los árboles mismos y la vegetación.
Cuando ya no hay árboles, tampoco se forman las nubes. Las nubes que vienen del océano Atlántico llegan a las vertientes orientales de la cordillera de los Andes, ahí se desvían, se van al sur y ahí llueven.
Y cuando esas zonas están deforestadas o degradadas totalmente, entonces ya no se forman las nubes. Eso es lo que uno no considera. Es difícil de saber cuando no se ha oído o no se ha visto alguna información o documentación sobre eso, que afecta a los países que están al sur del Perú.
O al sureste, mejor dicho: Bolivia, Paraguay; Mato Grosso, en Brasil. Ahí después va a haber sequías prolongadas y pronunciadas, y eso es un problema para la población.
―Las amenazas han afectado la seguridad de quienes trabajan en Panguana. ¿Cómo están protegiendo actualmente el territorio y qué apoyo necesitan del Estado?
Sí, son bastante graves.
Bueno, la mayor parte de la minería se concentra en las zonas ribereñas y va hasta 200 o 300 metros adentro. Felizmente nuestro terreno es grande y hasta el momento lo mantenemos así como es.
Tenemos unas 2.600 hectáreas en total, en dos partes que no son unidas. Una río arriba y la mayor parte, la original, está a cinco kilómetros del pueblo de Yuyapichis, más o menos, en línea recta.

Ahí siempre hemos tenido un refugio para especies amenazadas y para el futuro queremos aumentar otra vez.
Ahora no compramos más terreno porque no se puede, en realidad, y tampoco tenemos el dinero. Ese es el problema.
Tenemos que gastar tanto dinero para la protección de Panguana. Una parte es Área de Conservación Privada de Panguana, donde han destruido unas 11 hectáreas, aunque siempre hemos pensado que hay una protección del Estado en las zonas que son declaradas por el Estado como áreas conservadas.
Hemos llegado a saber hoy cómo es, que es bastante difícil. Así como dónde se pone la prioridad y el presupuesto para ayudar. Eso siempre es difícil, pero esperemos que cambie esa situación.
Vamos a ver cómo lo manejamos, sin embargo; gastamos mucho dinero para la protección de los linderos, de los límites, sobre todo, y las áreas donde siempre quieren meterse diferentes personas para hacer minería.
Eso tenemos que evitar y por eso necesitamos seguridad, pero no contamos con los recursos suficientes para pagarla. Por ahora podemos cubrir ese gasto, aunque es un problema y necesitamos más apoyo.
―Debería ser seguridad brindada por el Estado
Eso es lo que necesitamos, un control permanente para poder seguir y hacer el trabajo que en realidad es importante hacer ahí.
―Sobreviviste a una tragedia en la Amazonía y hoy luchas por conservar ese mismo bosque que marcó tu vida. Después de tantos años, ¿qué esperas para el futuro de Panguana?
Bueno, el Área de Conservación Privada (ACP) se nos ha dado a perpetuidad. Y lo que queremos nosotros es convertir más partes en ACP, porque eso ya hace tiempo que queremos hacer.
Siempre hay un problema con algunos terrenos donde los papeles no están en orden, pero una vez que está eso, estamos haciendo.
Entonces queremos crear una ACP más grande y lo que queremos es que sea un ejemplo, no solamente para la gente que vive ahí, las escuelas, por ejemplo, sino para visitantes de todo el Perú y de otros sitios del mundo.
Panguana ya es conocida a nivel internacional por el trabajo que realizamos y, últimamente, por el avance de la minería ilegal, una situación que ha sido difundida en países como Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania, así como en países vecinos.

Ahí ya hay bastante conocimiento sobre Panguana y eso queremos ampliar. Que sea en el futuro un sitio donde se pueda completar la investigación científica, lo que demorará de todas maneras más de dos o tres generaciones, porque la biodiversidad es tan grande que le vence a uno realmente.
Cada vez que vamos ahí hay nuevas especies que nunca se han visto antes, sobre todo en cuanto a los insectos y otros vertebrados.
En ese sentido Panguana es el sitio mejor estudiado en toda la Amazonía, estoy segura. Hay otros países donde se realizan muchos estudios. Costa Rica, por ejemplo, tiene numerosas publicaciones científicas, pero Panguana es un lugar con mucho potencial.
Queremos que más personas nos visiten, especialmente peruanos, y para eso necesitamos mejorar la infraestructura y conseguir fondos. Esto podría hacerse en cooperación con universidades y, tal vez, con agencias de viajes. Son proyectos que todavía tenemos que desarrollar.
Estamos abiertos a cualquier propuesta de cooperación o colaboración. Normalmente recibimos estudiantes que realizan pasantías, no obstante actualmente las condiciones de seguridad no son adecuadas para trabajar ahí. Esperamos que esa situación termine.
Y entonces, bueno, yo lo que quiero es que cuando yo ya no esté en este mundo, siga Panguana como ha empezado, pero mucho más grande. Que sea un sitio donde la gente quiera ir, donde le guste estar y donde aprenda de los bosques amazónicos para el clima mundial, porque eso es lo importante.
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