Local USA lo largo de la historia, la apariencia física ha sido un eje central e indiscutible en la sociedad. Los cánones de belleza, siempre cambiantes, pero igualmente exigentes, han marcado la forma en que muchas personas se conciben y se valoran a sí mismas. Y, aunque parezca un fenómeno moderno, lo cierto es que la relación con el cuerpo empieza mucho antes de lo que imaginamos. De hecho, desde los 3 años los niños ya desarrollan una conciencia de la imagen corporal, mirada que nace, sobre todo, de lo que observan y escuchan de su entorno. Comentarios —conscientes o involuntarios —por parte de sus padres sobre “cómo verse bien”, las advertencias sobre el peso o la comida y otros mensajes que, sin intención, van moldeando su percepción del cuerpo.
A lo largo de la historia, la apariencia física ha sido un eje central e indiscutible en la sociedad. Los cánones de belleza, siempre cambiantes, pero igualmente exigentes, han marcado la forma en que muchas personas se conciben y se valoran a sí mismas. Y, aunque parezca un fenómeno moderno, lo cierto es que la relación con el cuerpo empieza mucho antes de lo que imaginamos. De hecho, desde los 3 años los niños ya desarrollan una conciencia de la imagen corporal, mirada que nace, sobre todo, de lo que observan y escuchan de su entorno. Comentarios —conscientes o involuntarios —por parte de sus padres sobre “cómo verse bien”, las advertencias sobre el peso o la comida y otros mensajes que, sin intención, van moldeando su percepción del cuerpo.
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Además, con el boom actual de las redes sociales y su constante desfile de cuerpos filtrados e idealizados, los niños y adolescentes están expuestos a una presión y escrutinio que termina afectando no solo su autoestima, sino también su salud mental con una ansiedad y vergüenza corporal que los consume y que da paso a una serie de trastornos que se gestan cada vez a edades más tempranas.
Frente a este panorama y, a medida que crece la consciencia sobre el peso de las palabras y el impacto emocional que tienen en los más pequeños, surge la necesidad de cambiar la dirección del mensaje corporal. Es ahí donde aparece el “body neutrality”, como una perspectiva que invita a los niños —y también a los adultos— a habitar su cuerpo con menos juicio y más funcionalidad, menos comparaciones y más conexión.
¿Qué es la neutralidad corporal?
La neutralidad corporal o “body neutrality” es un enfoque que nos invita a relacionarnos con el cuerpo desde la funcionalidad y el respeto, sin exigir una valoración afectiva constante; es decir, sin la presión de amarlo u odiarlo, simplemente centrarnos en la salud y el autocuidado, explicó José Luis Guzmán, nutricionista clínico y docente de la carrera de nutrición y dietética de la Universidad San Ignacio de Loyola a Estilo.
Básicamente, como señaló la psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, esta perspectiva desplaza la atención del “cómo me veo” a “todo lo que mi cuerpo me permite hacer: vivir, sentir y moverme”. A diferencia del body positivity, movimiento social que reivindica la aceptación de todos los cuerpos —sin importar talla, color, forma o capacidad— bajo el mensaje de “tu cuerpo es hermoso”, el body neutrality afirma que “tu valor no depende de si tu cuerpo es hermoso o no”.
“La neutralidad corporal reconoce que no siempre nos sentiremos cómodos o felices con nuestra apariencia, y está bien. Por eso, no se debe generar una autoestima por imagen, sino por vivencia”, destacó Liliana Tuñoque, psicoterapeuta de Clínica Internacional.

En definitiva, este enfoque se vuelve especialmente relevante en la crianza actual, ya que los niños crecen rodeados de pantallas, filtros e imágenes editadas que convierten la apariencia en un marcador de valor: “Yo me veo más bonita, por eso mi valor es más alto”. Según Alexandra Sabal, psicóloga de la Clínica Ricardo Palma, la neutralidad corporal justamente baja el volumen de esa presión y le devuelve al cuerpo su rol natural como un vehículo para vivir, no como una medida de valía.
El cuerpo se aprende en casa
Desde pequeños, los niños construyen su conciencia corporal a partir de lo que ven y escuchan en su entorno más cercano. De acuerdo con el nutricionista, entre los 3 y 5 años empiezan a reconocer y comparar características físicas y, hacia los 8 y 10 años, esta evaluación corporal se vuelve aún más crítica, por lo que esta es una etapa sensible para el desarrollo de su imagen corporal.
“Sin embargo, este proceso puede acelerarse debido a una exposición temprana a redes sociales y pantallas, mensajes publicitarios con estándares corporales poco realistas, un lenguaje dietocéntrico en el entorno familiar y una mayor presión social entre pares”.
En este contexto, el modo en que los padres se relacionan con su propio cuerpo se convierte en un espejo directo para los hijos. Según Albers, esto se debe a que los niños aprenden principalmente por observación. Por eso, si ven a los adultos hablarse con dureza, esconderse en la ropa, evitar fotos o comentar que su valor depende de verse de determinada manera, interiorizan que así es como “se supone” que uno se relacione con su cuerpo.
Además, hay formas muy sutiles en las que los padres pueden fomentar sin querer su obsesión corporal. Comentarios aparentemente inocentes sobre dietas, kilos de más, filtros en fotos o cuerpos ajenos, así como elogios “positivos” que están centrados casi siempre en la apariencia (“qué flaca estás” o “qué linda solo cuando te alisas el pelo”) pueden reforzar la idea de que lo más importante es verse de cierta manera.
Otra vía muy común es que en casa se hable sobre la comida y el ejercicio solo relacionándolos con el peso: “estoy engorda”, “mañana no desayuno porque hoy me pasé” o “tengo que matar calorías en el gimnasio”. Ese tipo de “diet chit-chat”, transmite que el cuerpo es un proyecto constante que debe modificarse.
“Cuando los padres repiten esas frases, los hijos no solo oyen a un adulto quejándose: aprenden que el cuerpo se evalúa, se juzga y, muchas veces, se rechaza. Se ha observado que escuchar “fat talk” dentro de la familia se asocia con menor capacidad de comer de forma consciente y menor aprecio por el propio cuerpo en las hijas jóvenes, aunque esos comentarios no vayan dirigidos a ellas. Además, se genera un mensaje contradictorio si al niño se le dice “eres perfecto tal como eres”, pero ve a sus figuras de apego criticarse con dureza. Ese doble discurso puede aumentar la confusión, la culpa y la idea de que “cuando crezca también tendré que odiar partes de mi cuerpo”, recalcó la psicóloga de Cleveland Clinic.
A esto se suma el utilizar la comida como premio (“si te portas bien, hay helado”) o castigo (“si no obedeces, no hay postre”), lo que hace que el niño deje de escuchar sus señales de hambre y saciedad, y empiece a asociar ciertos alimentos con consuelo, logro o culpa. Igualmente, Tuñoque refirió que, etiquetar a la comida con palabras como “malo”, “engorda” o “trampa”, convierte la alimentación en una evaluación que genera culpa y ansiedad, al igual que favorece a conductas restrictivas o impulsivas.
En cambio, cuando ven a los adultos usar un lenguaje más neutro y respetuoso —como “mi cuerpo trabaja mucho, merece un descanso”— entienden que el cuerpo es algo que se cuida, no algo que se corrige o se castiga. De ahí la importancia de recordar que “los niños escuchan cada palabra”.

El poder de hablar del cuerpo sin hablar de apariencia
Definitivamente, fomentar el “body neutrality” es una manera de liberar a los niños y adolescentes de la presión de “verse bien” para sentirse valiosos. Por eso, como padres, es importante la manera en la que se lo transmitimos.
Por ejemplo, con los más pequeños, para sembrar la idea de funcionalidad y cuidado sin cargarle la obligación de tener que “amar” cada parte de su apariencia, Susan Albers resaltó que la clave está en la sencillez: “Tu cuerpo es tu casa: te ayuda a correr, a jugar, a abrazar, a pensar y a sentir. No tienes que estar pensando todo el día si se ve bonito o feo; lo importante es que lo cuides, que lo escuches cuando tiene hambre, sueño o cansancio, y que le agradezcas lo que hace por ti”.
Mientras que, con los jóvenes, se puede profundizar más en cómo las redes, los filtros y la comparación afectan la autoimagen. Si la idea de “amar su cuerpo” le resulta distante o falsa, se le puede proponer la neutralidad como paso intermedio: no es necesario admirar cada parte del cuerpo para tratarlo con respeto, elegir hábitos saludables y reconocer que su valor como persona va mucho más allá de su apariencia.
En general, para construir este enfoque en el día a día es fundamental transformar la manera en que hablamos del cuerpo. En otras palabras, es cambiar el foco del “cómo se ve” al “qué puede hacer” ese cuerpo. En lugar de decir “qué bonitas tus piernas”, se puede decir “tus piernas te ayudan a correr rapidísimo” o “tus brazos son muy fuertes para trepar”. Así, el elogio se dirige a la capacidad, la fuerza o la coordinación, no a encajar en un ideal estético.
También es útil que las conversaciones incluyan cualidades no físicas (“eres muy creativo” o “me encanta lo generoso que fuiste”) y sensaciones corporales (“¿cómo se siente tu cuerpo después de jugar al aire libre?” o “¿notas que te sientes con más energía cuando duermes bien?”). Este tipo de lenguaje ayuda al niño a conectar el cuerpo con experiencias de bienestar, funcionalidad y valores personales, y no con estándares de belleza externos.
Aunque trabajar el lenguaje cotidiano es clave, también es importante saber qué hacer cuando un niño o adolescente ya expresa malestar directo con su cuerpo: “me veo mal”, “odio mi cuerpo” o “quiero adelgazar”. En esos momentos, como precisó Liliana Tuñoque, más que corregirlo o tranquilizarlo rápido, lo esencial es escuchar y validar lo que siente —“entiendo que te sientes así, debe ser difícil”— porque esa validación construye un vínculo de confianza y respeto.
Luego conviene explorar de dónde viene esa idea, ya sea algo que vio, escuchó o se dijo a sí mismo, sin negar su percepción ni minimizarla. Es vital aprovechar ese momento para conversar sobre lo que realmente está experimentando, la diferencia entre ideales irreales y cuerpos reales, y la importancia de que el foco esté en la funcionalidad del cuerpo, su bienestar y los cambios naturales del crecimiento.
También es esencial observar la frecuencia e intensidad de estos comentarios y si vienen acompañados de señales de alarma —como evitar actividades por vergüenza, cambios en la alimentación o el sueño, aislamiento o tristeza persistente— porque cuando la preocupación corporal comienza a afectar su día a día, sus relaciones, su ánimo o su salud, es momento de buscar apoyo profesional y no esperar a que “pase solo”.

Cultivar una relación corporal saludable
Para cultivar una relación saludable en los niños, según la psicoterapeuta de Clínica Internacional, es necesario ofrecerles experiencias donde el cuerpo no sea evaluado, sino explorado. Actividades como estiramientos suaves, respiración consciente, mindfulness corporal, al igual que deportes o artes, como danza o artes marciales ayudan a que habiten su cuerpo con curiosidad. Incluso dibujar el propio cuerpo desde la funcionalidad —qué partes me permiten correr, saltar o abrazar— invita a mirar el cuerpo como un aliado, no como un objeto de apariencia.
“Los ejercicios de atención plena centrados en las sensaciones físicas, como un escaneo corporal breve antes de dormir o al despertar: notar cómo se sienten los pies, las piernas o el torso, sin juzgar, solo observando son muy útiles. También pueden servir pequeños momentos de pausa durante el día para preguntar “¿qué siento en el cuerpo ahora?, ¿tensión, calor, hambre o energía?”. Eso entrena la atención hacia adentro, no hacia el espejo”, recomendó Albers.
De igual manera, algunos hábitos familiares como compartir comidas donde se hable del sabor, la compañía y la energía más que de las calorías, hacer actividades físicas en familia por placer —caminar, jugar o bailar — sin hablar de “quemar” nada y comentar más sobre las cualidades internas de cada miembro que de la apariencia ayudan a construir una cultura de respeto corporal.
Convertir la casa en un espacio donde no se critican cuerpos —ni propios ni ajenos— y donde se puede hablar abiertamente de las presiones externas, mitiga el impacto de mensajes dañinos. Ver y analizar juntos contenidos de redes, explicar qué está retocado y qué no, y reforzar que crecer “sanos y fuertes” importa más que encajar en una talla concreta son prácticas cotidianas que sostienen ese clima de neutralidad y respeto.
“Para poner transmitir un mensaje coherente y efectivo, es fundamental que los padres trabajen en su propia relación con el cuerpo. Por eso, la importancia de observar el propio lenguaje corporal y verbal: cómo se habla uno mismo frente a los niños y cómo se trata la comida o el ejercicio. Si hay una relación corporal difícil, los niños no necesitan padres perfectos, sino padres que estén dispuestos a revisar lo que les duele y sean capaces de mejorarlo. Pedir apoyo también es un acto de amor hacia los hijos”, sostuvo Annabell Padilla, psicóloga clínico-educativa.
Por eso, si queremos criar desde la neutralidad corporal, debemos evitar todo aquello que refuerce la idea de que el cuerpo vale por cómo se ve: conversaciones obsesivas sobre las dietas y el peso, burlas o comparaciones físicas, apodos relacionados con el aspecto o normalizar la autoagresión ante el espejo: mensajes como “soy un desastre” o “mi cuerpo es horrible” repetidos en voz alta se convierten en un guion para los más pequeños.
Sustituir estas prácticas por un lenguaje más neutral y hábitos de verdadero cuidado es lo que permite que tanto niños como adolescentes crezcan conectados con su cuerpo desde la funcionalidad, el respeto y la tranquilidad, no desde la presión.
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