EleccionesEn acústica, el eco es la persistencia del sonido que sigue vibrando. Un sonido que se niega a morir. Cuando Gustavo Cerati escribió “Ecos” en 1985 —como epitafio musical de “Nada personal”, el segundo álbum de Soda Stereo—, es improbable que haya imaginado cuánto peso profético cargaba ese título: que décadas más tarde su propia voz se convertiría en un eco arrancado de la máquina del tiempo, o que su imagen misma volvería como un fantasma digital conjurado por tecnologías que entonces no existían.
En acústica, el eco es la persistencia del sonido que sigue vibrando. Un sonido que se niega a morir. Cuando Gustavo Cerati escribió “Ecos” en 1985 —como epitafio musical de “Nada personal”, el segundo álbum de Soda Stereo—, es improbable que haya imaginado cuánto peso profético cargaba ese título: que décadas más tarde su propia voz se convertiría en un eco arrancado de la máquina del tiempo, o que su imagen misma volvería como un fantasma digital conjurado por tecnologías que entonces no existían.
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La muerte de Cerati en 2014 no clausuró a Soda Stereo, lo convirtió en un problema sin solución elegante. ¿Cómo sobrevive una banda tan querida en el continente a la pérdida de quien fuera su compositor, guitarrista, letrista y voz? Zeta y Charly lo intentaron de distintas formas: el show con el Cirque du Soleil o la gira Me Verás Volver con vocalistas invitados. Pero siempre sobrevolaba el comentario incómodo, formulado primero como broma y luego con miedo: “Solo les falta que revivan a Gustavo”. Esta noche en el Movistar Arena, la pregunta, por primera vez, dejará de ser retórica.
Son las nueve en punto y el público, junto con la prensa internacional, colma el recinto. La ansiedad se sentía desde el aeropuerto, donde hasta el oficial de inmigración te preguntaba por detalles sobre el espectáculo, con genuina curiosidad. El secretismo de la producción había sido absoluto, casi paranoico. Nadie sabía qué tecnología usarían. La única instrucción concreta que circuló durante la mañana fue no grabar el show con celulares, con el argumento de que los flashes interferirían con el diseño de iluminación. Pero había otra razón más honesta: ningún mago quiere que le filmen el truco.
Sucede que lo que iba a ocurrir esa noche era, en el fondo, magia. No la magia mística ni la religiosa, sino la que confunde los sentidos para provocar asombro. Cuando las luces se apagan, empieza la ilusión. Los acordes de “Ecos” —una canción que Soda Stereo no interpretaba desde 1988— comienzan a sonar en la oscuridad y la banda aparece en siluetas. A la derecha, Zeta Bosio y su bajo; al centro, Charly en la batería. Pero todos los ojos van a la izquierda. Ahí, donde siempre estuvo Gustavo Cerati, hay una silueta negra que sostiene una guitarra Jackson. Una cortina translúcida separa al público de la banda durante las dos primeras canciones: un velo deliberado que aumenta la tensión. Lo que hay detrás no es del todo visible, pero tampoco del todo invisible. La silueta se mueve, canta, toca, prende y apaga sus pedales como cualquier músico.

La mente quiere llenar los huecos, construir la ilusión desde adentro. Tan absortos estamos intentando descifrar qué ocurre que no notamos el momento exacto en que la música cambia. De pronto es “Juegos de seducción” y el cuerpo reacciona antes que la cabeza. La gente ovaciona. Charly y Zeta suenan en vivo, con toda la fisicalidad de dos músicos de carne y hueso. La voz de Gustavo, en cambio, es una grabación: material rescatado de los descartes de la gira Me Verás Volver. Pero es la proyección de su imagen —hecha en lo que parece un cruce de tecnología holograma con 3D— lo que resulta inquietante. En la pista, la gente salta como en cualquier concierto. Y es cuando la cortina opaca cae y las luces se abren que se escucha el primer grito colectivo. Hay mucha gente llorando. Cerati recreado a la vista de todos es un impacto visual innegable.
Los números se suceden entre momentos de concierto con otros donde lo importante es la proyección de imágenes 3D (te dan un visor en la entrada). Con la llegada de “En en el séptimo día” ocurre el primer tropiezo. Una falla de sincronía entre el holograma y la batería detiene todo. Zeta se acerca al micrófono: “Sabíamos que iba a pasar”. La sala responde con un aplauso cálido, casi cómplice, como si el error fuera del verdadero Gustavo Cerati y no de una máquina. La canción retoma. Habrá otros desfases a lo largo de la noche —la boca que va un instante por delante del audio, corregida con apuro—, pero ninguno tan evidente. Son las costuras visibles de una ilusión que, aun así, sostiene su peso.


El punto más frágil del espectáculo no son los errores técnicos —que son pocos—, sino la disparidad entre las versiones de Gustavo que aparecen en pantalla. Cuando la cámara enfoca al holograma entre penumbras, la imagen es sorprendentemente convincente. Pero cuando cortan a una toma del músico en 3D, el efecto se desmorona: demasiado nítido, demasiado limpio, demasiado digital. La oscuridad es aliada de esta magia. La resolución 4K, su enemiga.
La controversia llegó antes que el show y probablemente sobrevivirá mucho después. Para ciertos fans, devolver digitalmente a Cerati bordea la profanación; para otros, es simplemente lo que hace una industria que ya normalizó los hologramas. Lo que ningún bando anticipaba era la imagen de Benito y Lisa, los hijos del músico, sentados en la platea mirando a su padre moverse y cantar. Su presencia no zanjó el debate, pero lo cambió de naturaleza. Porque ya no se trataba de tecnología ni de negocio ni de legado. Se trataba de una familia mirando a alguien que extraña. Y eso, en el fondo, era lo mismo que hacía todo el mundo en esa sala.
Michael Jackson
En 2014, un holograma del Rey del Pop protagonizó un número en los Billboard Music Awards interpretando “Slave to the Rhythm”. El espectáculo combinó coreografías, pantallas y efectos digitales para recrear su presencia escénica, generando asombro y debate sobre los límites del homenaje póstumo.
Maria Callas
El espectáculo “Callas in Concert” llevó desde 2018 una recreación holográfica de la soprano por teatros de Europa y América. Acompañada por orquesta en vivo, la diva digital interpretaba arias célebres, planteando preguntas sobre autenticidad y tecnología en la experiencia operística.
ABBA
Desde 2022, “ABBA Voyage” presenta en Londres conciertos con avatares digitales hiperrealistas del grupo en su juventud. El show combina captura de movimiento, músicos en vivo y diseño inmersivo. Concebido como residencia fija, es el proyecto holográfico musical más ambicioso y exitoso hasta hoy.
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