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Desde lo alto del valle de Mala, Azpitia aparece como un oasis verde y luminoso. A solo dos horas de Lima, este pequeño paraíso es conocido como el balcón del cielo, una terraza natural que se asoma sobre el río y que, en los últimos años, se ha convertido en un destino imperdible para quienes buscan buena comida, aire limpio y, sobre todo, una experiencia auténtica en torno al pisco.
Desde lo alto del valle de Mala, Azpitia aparece como un oasis verde y luminoso. A solo dos horas de Lima, este pequeño paraíso es conocido como el balcón del cielo, una terraza natural que se asoma sobre el río y que, en los últimos años, se ha convertido en un destino imperdible para quienes buscan buena comida, aire limpio y, sobre todo, una experiencia auténtica en torno al pisco.
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En este lugar se encuentra Sarcay, una de las bodegas más premiadas del país. Allí trabaja Elías Onayram, especialista y productor, quien además guía los recorridos que cada fin de semana reciben a visitantes curiosos. “Nos gusta que la gente viva el proceso completo, desde caminar entre las uvas hasta llegar a la sala de cata”, cuenta.

El tour comienza en los viñedos cuando el calendario marca diciembre o enero, época en que las uvas ya muestran su forma. Dentro, recorremos la planta de producción, donde las uvas son desgranadas, maceradas, prensadas y fermentadas. Luego llega la destilación: el líquido hierve en alambiques de cobre y, tras un meticuloso trabajo, se obtiene el cuerpo del pisco. “En nuestro caso, diseñamos el pisco a 42 grados de alcohol. Lo dejamos reposar entre nueve meses y un año para que se estabilice”, explica Elías.

La experiencia culmina en una sala especialmente acondicionada para catar. En silencio, sin aromas externos, aprendemos a distinguir los matices visuales, olfativos y gustativos de cuatro variedades: puros no aromáticos, aromáticos, acholado y mosto verde. “No es una simple degustación. Es una experiencia sensorial donde el visitante aprende a reconocer la esencia del pisco”, concluye el especialista.

Marzo es el mes ideal para visitar Azpitia. Es tiempo de vendimia, de cosecha y celebración. En Sarcay, la fiesta incluye pisa de uva, música en vivo, DJ, comida y la alegría de una tradición que no se apaga. El resto del año, el valle sigue siendo un refugio de calma.
AVENTURA Y SABOR
Entre los cerros y viñedos que bordean el río Mala, el visitante puede elegir entre distintas actividades de adrenalina. El canopy es una de las más populares: un recorrido aéreo que atraviesa el valle y permite disfrutar una vista privilegiada del paisaje. También están las rutas en cuatrimoto, que recorren senderos de tierra, pendientes y miradores desde donde se aprecia el verdor de los viñedos y los campos de cultivo.

Otra parada infaltable es el columpio extremo, instalado en la zona alta del valle, desde donde se obtiene una panorámica espectacular del río. Columpiarse allí -literalmente sobre el vacío- es una experiencia breve pero intensa que se ha vuelto emblema del lugar y protagonista de cientos de fotos en redes sociales.

Luego de la aventura, el descanso llega a través de la gastronomía. Azpitia cuenta con una variada oferta de restaurantes campestres, muchos con terrazas al aire libre y vistas al valle (ver recuadro). En sus cartas no faltan los camarones frescos, la tradicional sopa seca con carapulcra, los saltados criollos y las carnes a la parrilla. Si aún hay espacio, recomendamos probar los helados y cremoladas de pura fruta de la Casa de la Cremolada, un clásico del pueblo.

Con sol casi todo el año, Azpitia es un destino ideal para un escape en familia y pasar un fin de semana celebrando la unión y el simple placer de estar juntos. Es una experiencia donde la aventura se vive entre viñedos y el rumor del valle nos acompaña en cada paso, como en un cuento encantado. //
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