PolíticaEn la edición del domingo 1 de junio de 1913, un grabado singular detenía la mirada de los lectores limeños: un perro setter, de porte elegante y expresión atenta, aparecía junto a su joven ama frente a un piano. La escena, más doméstica que extraordinaria, escondía una historia desconcertante.
El diario El Comercio relataba un fenómeno que parecía desafiar toda lógica: “Pomp”, un can que —según los cables llegados desde Nueva York— era capaz de “hablar” y entender idiomas humanos. No era una simple curiosidad, era un episodio que mezclaba asombro, ciencia y espectáculo en una época fascinada por los prodigios.
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Aquel animal, que por entonces despertaba una curiosidad creciente en los Estados Unidos, no se conformaba con los ladridos habituales de su especie; se le atribuía una habilidad insólita, casi teatral. Las crónicas reproducidas por nuestro diario aseguraban que el can entendía el inglés y el alemán, y que respondía a órdenes en ambos idiomas con sorprendente precisión.
Más aún, se afirmaba que mostraba una suerte de desdén —casi aristocrático— por las lenguas latinas, entre ellas el español, como si su talento hubiera sido moldeado únicamente por el rigor germánico y la cadencia anglosajona.

La historia de “Pomp”, llegada a la redacción a través de los reportes del New York Herald, tenía un origen que parecía sacado de una novela de aventuras. Su linaje se remontaba a la guerra hispano-estadounidense en Filipinas, un conflicto de fines del siglo XIX. En ese escenario, entre el humo de los cañones y el ir y venir de las escuadras, comenzaba la cadena de casualidades que terminaría convirtiendo a un perro en celebridad.
Fue el padre de la joven Miss Kaheler quien, tras la batalla naval de Manila, encontró a la madre de “Pomp” deambulando desorientada por la bahía. La perra, a la que bautizaron como “Manila”, fue rescatada y llevada a Boston, en los Estados Unidos.
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Allí pasó varios años llevando una vida tranquila, sin dar señales de ninguna habilidad extraordinaria. Nada en su conducta hacía presagiar que, con el tiempo, su descendencia sería presentada como un prodigio capaz de comprender —y, según algunos, hasta “hablar”— idiomas humanos.
Sin embargo, la rareza aparecería en la siguiente generación. Fue “Pomp” quien, según los relatos difundidos entonces, desarrolló una capacidad fonética que no tardó en llamar la atención de su entorno. Su ama, una adolescente de 15 años, asumió el papel de paciente instructora y comenzó a someterlo a ejercicios diarios, como si se tratara de un alumno singular frente a un método improvisado.
Al inicio, aquellos sonidos no parecían distintos de los gruñidos habituales. Pero Miss Kaheler creyó advertir, entre las inflexiones del animal, algo parecido a sílabas articuladas. Persistió en los ensayos y, con el paso de los días, la escena adquirió un tono casi doméstico de laboratorio. No tardó en atribuirle a “Pomp” su primera palabra, tan breve como elocuente, pronunciada —según el relato— ante la sorpresa familiar: “Money”.

POMP: EL ASOMBRO DE LOS CIENTÍFICOS YANQUIS
El repertorio de “Pomp”, siempre según las crónicas de la época, fue ampliándose dentro del hogar estadounidense con una rapidez que alimentó tanto la curiosidad como el escepticismo. Entre las expresiones que se le atribuían figuraban el “oh”, el “no” —con un acento que los testigos describían como marcadamente anglosajón— y el afirmativo “oh yes”, que empleaba, decían, con notable oportunidad.
Lo más llamativo, sin embargo, era la supuesta capacidad para sostener lo que los cronistas llamaban “verdaderas conversaciones” con los visitantes. No se trataba solo de repetir sonidos aislados: el animal parecía encadenar palabras y responder a las preguntas de su ama con cierta coherencia.
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La escena, repetida ante personas curiosas y periodistas, convertía la sala familiar en un pequeño espectáculo donde asombro y duda convivían en partes iguales. Cuando se le formulaba una pregunta que no comprendía, “Pomp” —siempre de acuerdo con los testimonios difundidos— respondía con un rotundo “I don’t know”, dejando desconcertados a los curiosos.
La pronunciación, afirmaban, resultaba lo suficientemente nítida como para que el New York Herald lo presentara sin titubeos como el “nuevo perro hablador” de la Unión, una etiqueta que multiplicó su fama y atrajo a visitantes deseosos de comprobar el prodigio.
El supuesto talento del animal no se detenía en el habla. También se le atribuían inclinaciones musicales, y el grabado reproducido por el diario lo mostraba junto al piano, como si estuviera a punto de acompañar un “cantabile”. La escena sugería una sensibilidad artística poco común, reforzando la imagen de un perro que no solo “conversaba” sino que además participaba de una vida doméstica marcada por gestos refinados.

A esa construcción se añadían otros detalles que los cronistas no dejaban pasar: “Pomp” permitía que las niñas le pulieran las uñas, ofrecía la pata con estudiada cortesía y parecía desenvolverse con una calma ceremoniosa ante los visitantes. La narración insistía en esa elegancia, casi humana, que lo distinguía del repertorio habitual de curiosidades zoológicas.
La comparación con otros casos reforzaba el contraste. Se recordaba, por ejemplo, al célebre “Don”, un perro alemán al que se le atribuían habilidades similares, aunque más limitadas. Frente a aquel precedente, “Pomp” aparecía como una versión más ambiciosa del fenómeno: no solo “hablaba”, sino que —según se afirmaba— comprendía órdenes en distintos idiomas y se movía con soltura ante públicos cada vez más numerosos.
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POMP: PREJUICIOS Y REALIDADES DEL REINO ANIMAL
La crónica de 1913, publicada por El Comercio, se detenía, además, en una vieja aspiración o fantasía humana: la de escuchar a los animales hablar vivamente. Desde la serpiente del paraíso hasta las moralejas de Esopo y La Fontaine, el imaginario occidental había buscado, una y otra vez, indicios de raciocinio en otras especies. “Pomp” aparecía así como un episodio moderno de esa tradición, un puente improbable entre la fábula y la observación científica.
El texto recordaba también los intentos del sabio Barnes, quien años antes se había internado en las selvas africanas provisto de fonógrafos con la intención de registrar el supuesto lenguaje de los simios. Sus resultados no lograron convencer a la comunidad científica, pero experiencias como la atribuida a este perro setter mantenían encendida la curiosidad. La idea de una inteligencia animal capaz de articular sonidos humanos seguía orbitando entre el laboratorio y el espectáculo.

Para los lectores de entonces, la noticia funcionaba como una ventana a los prodigios que llegaban del extranjero. Los cablegramas traían, en la misma página, huracanes en Virginia, anuncios de elixires rejuvenecedores y relojes de precisión. En ese mosaico de asombros modernos, el perro políglota encontraba un lugar natural, como si el siglo XX naciente estuviera dispuesto a aceptar cualquier maravilla transmitida por el hilo telegráfico.
“Pomp” encarnaba, además, ese ideal de “inteligencia animal” que la ciencia de comienzos del siglo XX empezaba a examinar con mayor rigor. No se lo presentaba como un simple truco de feria, sino como un ser que parecía comprender el sentido de las palabras que emitía en inglés, y que respondía con una lógica que desafiaba a los escépticos. La frontera entre adiestramiento, sugestión y auténtica comprensión quedaba, deliberadamente, en suspenso.
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Aquel setter, descendiente de la perra rescatada en Manila, se transformó en una pequeña celebridad transatlántica, un nombre repetido con curiosidad en tertulias limeñas. Hoy, al releer aquella crónica, vuelve la imagen de “Pomp” junto al piano de Miss Kaheler, en una sala doméstica convertida en escenario. Una escena mínima, casi íntima, que hace más de un siglo llegó a Lima convertida en noticia y en misterio.
POMP: EL LEGADO DE UN CAN SINGULAR
La nota original del New York Herald cerraba con una cautelosa invitación al juicio del lector, preguntándose cuánta verdad podía haber en un episodio tan extraordinario. Aun así, los testimonios recogidos por la prensa neoyorquina insistían en presentar a “Pomp” como un caso singular, un animal que parecía moverse en la frontera difusa entre el adiestramiento y la comprensión.

Aquella Lima de 1913, todavía compartida entre carruajes y los primeros automóviles, se permitió imaginar a ese perro políglota al otro lado del continente. “Pomp” se convirtió, al menos por un instante, en un puente improbable entre el mundo del instinto y el de la cultura humana, entre el ladrido y la palabra articulada.
Sus restos y los de su ama reposarán hoy en alguna zona de la geografía estadounidense, pero la escena construida por aquellas crónicas permanece intacta: el animal atento, la joven instructora, las palabras que parecían emerger con esfuerzo y la sospecha de que los animales podían decir algo que apenas empezábamos a intentar comprender.
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Así, entre avisos de hipotecas y seguros contra incendios, la historia del perro que “hablaba” inglés encontró su lugar en las páginas del diario decano. “Pomp” —que nunca pisó el Perú— terminó, sin embargo, instalado en la memoria de los lectores, como una curiosidad llegada por cable que se resistía a desaparecer.
La imagen final es sencilla: el setter ofreciendo la pata a su ama, gesto mínimo de comunicación que, más de un siglo después, sigue insinuando que, a veces, la frontera entre el silencio animal y la palabra humana puede ser más tenue de lo que creemos.
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.















