El arte de ser peruano pasa por el arte del recurseo, la capacidad de inventar situaciones, el instinto de resistir, de sobrevivir, de no resignarse. La necesidad del recurseo es un síntoma del estado de desamparo, de informalidad y del caos, pero también de la movilidad de una sociedad. Es una palabra que no se puede traducir al inglés o al alemán. Nadie se recursea como el latinoamericano.
El arte de ser peruano pasa por el arte del recurseo, la capacidad de inventar situaciones, el instinto de resistir, de sobrevivir, de no resignarse. La necesidad del recurseo es un síntoma del estado de desamparo, de informalidad y del caos, pero también de la movilidad de una sociedad. Es una palabra que no se puede traducir al inglés o al alemán. Nadie se recursea como el latinoamericano.
La señora Victoria, que tiene más de 70 años, vive en San Juan de Miraflores. Todos los días, a las cinco y cuarto de la mañana, se instala en su puesto de venta en un lugar de Chorrillos. Son casi 10 kilómetros de distancia, en una ruta que recorre por Alipio Ponce. En la zona, a esa hora, abundan los ciclistas, siempre muy temprano. La señora tiene todo lo que necesitan. Hidratantes de las marcas más importantes, repuestos de bicicletas, llantas, infladores, geles endulzantes, plátanos y una larga lista de productos de calidad. Está en la hora y el lugar precisos, vendiendo aquello que todos los que están allí necesitan. Es una empresaria que ha descubierto una situación y una circunstancia. Se ha adaptado a su clientela con esfuerzo.
El arte del recurseo supone una inventiva. Está emparentada con la palabra ‘cachuelo’ o ‘cachuelearse’. ‘Cachuelo’ es el nombre de un pequeño pez de río, originario de España, que en el lenguaje nacional supone un trabajo eventual de poca recompensa. Tanto el ‘recurseo’ como el ‘cachueleo’ se transforman en verbos que se convierten en modos de vida permanentes ante las inmensas dificultades para sobrevivir que enfrenta la mayoría de los peruanos. Ambas vienen de una consigna original: ‘saber ingeniárselas’. La señora Victoria se levanta todas las mañanas a las cuatro para llegar a tiempo al lugar donde puede vender sus productos de distintos proveedores. Su hijo la ayuda. El pacto con la familia es común entre los que se recursean.
Lo que hay detrás de ella, como de tantos otros, es la fortaleza de no ceder a un destino adverso. La idea del recurseo supone no solo sobrevivir, sino algún día vivir plenamente. La segunda mitad del siglo pasado fue pródiga en casos de ascenso social: Marina Bustamante y sus artículos de cuero; los hermanos Flores y las tiendas de ropa en Topitop; la familia Wong que inició con una bodega de barrio; Víctor Hugo Montalvo y su trabajo con plásticos que llegó a fundar una cadena de salones de belleza; los hermanos Añaños que empezaron a vender gaseosas propias cuando las transnacionales no llegaban a Ayacucho en la época de Sendero. Todos tenían un rasgo común: trabajaban todos los días de la semana.
“Vista del mercado”, del pintor flamenco Hendrick van Steenwijck ( 1570-1603 ).
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El recurseo supone una capacidad de mirar en distintas direcciones, algo inherente a un peruano. La especialización no encuentra un hogar en un universo caótico. Por eso es que las bodegas de barrio tienen todos los productos, desde choclos y camotes, hasta papel higiénico, cerveza y aspirinas. Todo entra en la gran batidora del superviviente. El Perú es un país barroco y las ofertas van en todas direcciones. Recursearse, revisar los cursos, buscar un curso. El que se recursea no solo encuentra un camino nuevo, sino una nueva solución a un camino tradicional. Un modo de vivir cuando no hay otra opción. Repetir, insistir, golpear la realidad, si es que hay alguna. Vivir al día esperando vivir todos los días. Es la única.