Por Ángel Navarro Quevedo

La ópera comienza desde la voz de sus intérpretes, en el caso de Aida en Lima comienza desde la barriga del tenor Ivan Magrí, sube por su esófago y llega irritándolo todo hasta las cuerdas vocales. “El tenor se ha quemado las cuerdas vocales, aún así estará hoy con nosotros para interpretar a Radamés”, anuncian antes de que el telón suba. En la sala del Gran Teatro Nacional el murmullo se corta apenas unos segundos. Nadie sabe exactamente qué esperar. Una cancelación de último minuto habría sido comprensible; después de todo, Magrí debía sostener uno de los papeles más exigentes del repertorio verdiano. Pero ahí estaba, dispuesto a cantar igual.

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