Dos preguntas están cambiando la forma de comprar un auto en el Perú: ¿qué tan seguro es antes de que ocurra el choque? ¿Y qué tan bien se conecta con mi vida digital? Hasta hace poco, el comprador peruano priorizaba el precio o el consumo de combustible. Hoy, el frenado autónomo, la cámara de 360 grados y la conectividad inalámbrica con el smartphone se han vuelto exigencias, no lujos.
“Antes una familia entraba al showroom y lo primero que preguntaba era el precio de la cuota. Hoy lo primero que sacan es el celular para ver si el auto tiene CarPlay. Ese cambio nos tomó por sorpresa y nos obligó a prepararnos diferente”, señala Luis Fernando Sanchez, Gerente Comercial de Automotores Inka, concesionaria con presencia en Lima, Trujillo, Chiclayo y Huancayo.
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El giro es profundo y refleja una tendencia global que el mercado peruano está absorbiendo más rápido de lo previsto. La industria automotriz lleva años desarrollando los llamados sistemas ADAS (Advanced Driver Assistance Systems): tecnologías que no esperan el impacto para actuar, sino que intervienen antes. El frenado autónomo de emergencia, el control de crucero adaptativo, la detección de fatiga del conductor, las alertas de cambio involuntario de carril o la cámara de visión 360 grados son hoy parte del equipamiento estándar en segmentos que hasta hace pocos años apenas ofrecían airbags y ABS.
Lo que hasta hace poco era exclusivo de marcas europeas de alta gama ha migrado hacia SUVs y pick-ups de acceso medio, y eso está cambiando las conversaciones dentro de los concesionarios. El comprador ya no pregunta solo cuántos airbags tiene el vehículo. Pregunta si frena solo, si se mantiene en el carril, si detecta lo que él no puede ver.
El contexto peruano hace que esta evolución sea especialmente relevante. En Lima, el tráfico denso convierte cada salida en una prueba de atención sostenida: los sistemas de asistencia dejan de ser un extra para convertirse en un factor real de reducción del riesgo. En las rutas de la sierra, a más de 3.000 metros de altitud, con neblina, curvas cerradas y superficies irregulares, la inteligencia electrónica del vehículo puede compensar condiciones que desafían incluso a los conductores más experimentados. Y en las ciudades del norte como Chiclayo y Trujillo, donde la pick-up ha trascendido su función utilitaria para convertirse en una extensión de la identidad del conductor, la tecnología embarcada se ha vuelto parte del argumento de compra.
La conectividad sigue el mismo camino. La integración inalámbrica con smartphones a través de plataformas como Apple CarPlay o Android Auto, los tableros completamente digitalizados y las pantallas táctiles de gran formato han pasado de ser argumentos de venta a ser condiciones de compra. Un sistema de infoentretenimiento lento o una pantalla de tamaño insuficiente ya generan rechazo en el showroom, porque el comprador entiende que distraerse buscando el teléfono mientras se conduce es tan peligroso como no tener frenos en buen estado.
Para los especialistas del sector, el mensaje al comprador ha cambiado radicalmente. “Hoy no basta con preguntar cuántos airbags tiene. El airbag actúa cuando el choque ya ocurrió; el frenado autónomo lo evita. Le decimos a cada cliente que exija tecnología ADAS como condición, no como opcional. Que pruebe el sistema de infoentretenimiento antes de firmar, porque una pantalla lenta distrae y la tecnología a bordo debe simplificar la conducción, no complicarla. Y en Lima, que piense en híbrido: en tráfico denso, el ahorro en combustible es real y se recupera antes de lo que uno imagina”, precisa el representante de Automotores Inka.
El mercado peruano, históricamente conservador en sus decisiones de compra vehicular, atraviesa un punto de inflexión. La democratización de la tecnología de seguridad activa impulsada por marcas asiáticas que compiten con propuestas técnicas antes reservadas a segmentos premium está acelerando ese cambio. La pregunta ya no es solo cuánto cuesta el auto. Es qué tan inteligente es.