Por Marissa Chiappe

El nuevo restaurante de Ricardo Martins no se explica por una etiqueta. No va de “cocina fusión” ni de “cocina de autor” como si eso resolviera algo. Va de decisiones: qué entra, qué no, qué se cruza y por qué. Con ese criterio, la carta puede ser breve y aun así decir más. No responde a una narrativa obvia —y ahí está parte de su atractivo—. En un momento saturado de cocinas que necesitan explicarse, aquí los platos no piden contexto: funcionan. El hilo conductor no es un concepto cerrado, sino la búsqueda del sabor, el contraste, el cruce improbable que encuentra su lugar.