RespuestasSi en 1992 Alberto Andrade no hubiera bailado en la inauguración del remodelado Parque Central de Miraflores, no hubiese existido esta nota. Y, en cierta medida, tampoco gran parte de la historia de María Blanca Fannin Flores Laguna —o la señora Fannin para los amigos—, quien desde hace más de diez años organiza los fines de semana bailes donde cientos de personas se reúnen a “mover los huesos crocantes”.
Si en 1992 Alberto Andrade no hubiera bailado en la inauguración del remodelado Parque Central de Miraflores, no hubiese existido esta nota. Y, en cierta medida, tampoco gran parte de la historia de María Blanca Fannin Flores Laguna —o la señora Fannin para los amigos—, quien desde hace más de diez años organiza los fines de semana bailes donde cientos de personas se reúnen a “mover los huesos crocantes”.
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A quince cuadras del Parque 7 de Junio, Fannin baja con cuidado amplificadores de cuatro kilos cada uno. Tiene cuatro hijas, cinco hernias en la columna y trece nietos. En los primeros días, cuando los amplificadores aún tenían ruedas, caminaba hasta el Anfiteatro Chabuca Granda para ver cómo algunos adultos mayores bailaban. Nada organizado, sin continuidad. Con el tiempo fueron creando comunidad: haciendo chanchitas, reconociéndose, viendo quién bailaba mejor.
La comunidad apareció poco a poco. Entre las 4:00 p.m. y las 11:00 p.m. —horas más, horas menos, según el calendario— llegaba Pajarito, un hombre de los tiempos previos a la remodelación, quien cada semana venía vestido con zapatos de distinto color según cómo le había ido en los días previos. El señor Julio también se hacía presente y, entre sus muchas historias, aseguraba haber bailado con Andrade; si la labia no bastaba, soltaba algún poema. Otros personajes singulares completaban el cuadro, como el inca de la tercera edad, quien después de un tiempo plantó su vara y dejó su parlante al cuidado de Fannin. “No volvió nunca más”, menciona.

Así funciona esta comunidad de la tercera edad: se regresa sin la certeza de volver a ver al compañero. “Si no hubiera existido esto, ¿dónde más estaría pasando mis últimos días?”, le susurraron alguna vez, con la promesa de guardar el secreto. Los motivos varían según quien lo cuente, pero la certeza está en la felicidad que generan estos encuentros, que a veces derivan en una cuarta o quinta oportunidad para el romance, incluso en matrimonios.
Las canciones se escogen por votación popular, quien se hace escuchar más fuerte. Salsa, vals criollo, bolero, tango, Carmencita Lara. Todo suena en la noche, incluso reggaetón. “Ellos están abiertos a nuevas experiencias, que la edad no te engañe”, dice Fannin, quien —como parte del bailetón— organiza concursos de disfraces en Halloween, compartires de Navidad, celebraciones de cumpleaños, colectas para quienes se enferman e incluso velorios simbólicos. “Para muchos, este es el lugar donde pasar esos días; los hijos se fueron hace mucho”, comenta.

El último baile
Al acabar el baile, sube sus parlantes al taxi, luego al segundo piso de su casa. La esperan muchas radios pequeñas, así como condecoraciones dadas por la comunidad de extranjeros que visitaron el bailetón. Y desde hace un año también la espera su esposo con derrame cerebral, a quien cuida. “Muchas veces quise tirar la toalla, pero qué hago ante tanto amor, no puedo dejar de hacer lo que me gusta, lo que me hace feliz”, menciona junto a los recuerdos de sueños imposibles: ser bailarina, o cantante, en una orquesta. Sin embargo, sabe que lo suyo siempre fue organizar, lo hizo como dirigente de barrio, en el comedor popular, en el Anfiteatro Chabuca Granda.
Durante estos años los roces con la Municipalidad de Miraflores fueron inevitables, las idas y venidas por permisos, el espacio público o la bulla que incomodaba a los vecinos. “Mis parlantes no pueden competir contra las discotecas de la zona”, enfatiza. Por su parte, la Municipalidad apela a un mayor orden en el espacio público, controlando el aforo y los horarios. “Nos asegurábamos de que aquí no se pasara el gorrito pidiendo dinero, tampoco se promovía la venta ambulatoria y dejábamos libre los espacios para salir”, apela Fannin. Sin embargo, todo cambió desde el domingo 11 de enero.
Bajo del taxi y se dirigió a instalar sus parlantes, y en lugar de público encontró a policías y serenazgos. “Una noche de las que uno nunca quiere recordar, pero tampoco olvidar”, subraya sin dar mayores detalles. Luego anunciarían el cierre del espacio desde el 16 de enero. Luego vendrían las denuncias en su contra. Y, tras unos días de incertidumbre para la comunidad de adultos mayores, la Municipalidad anunciaría el regreso del bailetón, bajo sus propias reglas, y con sus propios parlantes.
“Ya no pienso volver”, se promete a sí misma, mientras mira al parque por última vez. Piensa en cómo pagar las multas, en cómo lidiar con la soledad, en cómo darle continuidad a su comunidad. Revisará algunos lugares públicos, tocará nuevas puertas municipales. De momento, mira los videos que grabó desde su celular, los saludos y despedidas de amigos. “Nadie te puede quitar lo bailado”, se repite con una sonrisa, recoge sus parlantes, y vuelve a casa.
El vocero municipal, Sergio Tapia, sostuvo que el cierre fue temporal y respondió a denuncias por venta de alcohol, consumo de drogas y caos nocturno generado por aglomeraciones reiteradas vecinales.
La Municipalidad de Miraflores impuso a la señora Fannin multas por 5.600 y 1.600 soles, argumentando uso indebido del espacio público, desorden público y reiteradas faltas administrativas durante actividades comunitarias.
El Anfiteatro Chabuca Granda reabrió de 5:00 a 8:00 p.m. con gestión municipal directa, aforo limitado, vigilancia permanente y programación oficial.
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.










