RespuestasEn la mesa, los platos dicen mucho de la inspiración detrás de Lagunilla. La dulzura tan característica de las conchas de abanico marca la pauta en su cebiche; el frejol cancate, tan presente en las antiguas mesas iqueñas, aparece integrado con naturalidad en la sartén de arroz al loche; y el cítrico de la mandarina del valle aporta un matiz preciso a las conchitas batayaqui. En cada preparación hay técnica aprendida fuera, referencias a distintas cocinas del Perú y del mundo, pero son los insumos de Ica (desde los de mar hasta los de desierto) los que sostienen el relato. Ese es el sello de Lagunilla, un restaurante que abrió sus puertas en 2018 y que hoy sueña con liderar una revolución gastronómica en una región cuya despensa merece mayor atención.
En la mesa, los platos dicen mucho de la inspiración detrás de Lagunilla. La dulzura tan característica de las conchas de abanico marca la pauta en su cebiche; el frejol cancate, tan presente en las antiguas mesas iqueñas, aparece integrado con naturalidad en la sartén de arroz al loche; y el cítrico de la mandarina del valle aporta un matiz preciso a las conchitas batayaqui. En cada preparación hay técnica aprendida fuera, referencias a distintas cocinas del Perú y del mundo, pero son los insumos de Ica (desde los de mar hasta los de desierto) los que sostienen el relato. Ese es el sello de Lagunilla, un restaurante que abrió sus puertas en 2018 y que hoy sueña con liderar una revolución gastronómica en una región cuya despensa merece mayor atención.
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Detrás de esta propuesta está Eduardo Uribe, un chef formado entre Lima, Cusco y Europa, pero profundamente marcado por una historia familiar atravesada por la adversidad y el trabajo duro, donde la cocina fue un espacio de encuentro y oportunidad para salir adelante.

Enfrentando la adversidad
La historia de Lagunilla nos remonta a finales de los años noventa, cuando la familia Uribe tenía en Ica dos pequeños negocios: una tienda de ropa y una farmacia. En 1998, el huaico que golpeó la región lo cambió todo. La mercadería quedó inutilizable y, poco después, la llegada de grandes cadenas farmacéuticas volvió inviable sostener el emprendimiento familiar. Frente a ese panorama, en el año 2000 tomaron una decisión que marcaría el rumbo de las siguientes décadas: abrir un restaurante.
Así nació MCGrill, el restaurante madre del grupo gastronómico que hoy lidera Eduardo y que continúa con sus puertas abiertas recordándole sus orígenes. Empezaron con pollos a la brasa, pero la carta fue creciendo al ritmo de la demanda. “Con recetarios como el Nicolini o el de Teresa Ocampo, mi mamá iba sumando platos”, recuerda el chef. Sánguches, pastas y preparaciones caseras comenzaron a ocupar la mesa, y el restaurante se convirtió en un espacio confiable para los iqueños.

En 2007, un nuevo golpe sacudió a los Uribe. El terrible terremoto en Ica dejó inhabitable la infraestructura del MCGrill, donde la familia también tenía su casa. Debieron mudarse y empezar de cero. “Tomamos todo esto como una especie de impulso y nos proyectamos un poquito más”, cuenta Eduardo, quien para ese entonces ya tenía edad para involucrarse de manera más activa en el negocio y encontró en la cocina no solo su pasión, sino un espacio de inspiración incluso en los momentos más difíciles.
El viaje que dio origen a Lagunilla
Con el panorama familiar más estable, Eduardo decidió formarse profesionalmente. Estudió gastronomía en Le Cordon Bleu de Lima, cuando la institución ya otorgaba grado universitario, y tras cinco años inició un recorrido por cocinas que ampliaron su mirada. Trabajó en el Bar Olé, en San Isidro; pasó por el Polo Marino; estuvo en el Hotel Paracas; cocinó en La Bonbonniere junto a Coque Ossio y luego se trasladó a Cusco.
Pero un accidente marcó un punto de quiebre en su ritmo acelerado. Una quemadura en el brazo derecho lo alejó temporalmente de la cocina. “Literalmente, si entraba a una cocina, por más que soportara el dolor, mi brazo empezaba a sangrar”, recuerda. La imposibilidad de cocinar lo llevó a un periodo de desánimo, pero también a replantear su vida profesional. “Empecé a buscar otros caminos que tengan que ver con la gastronomía, pero desde la parte gestora”, explica.

Ese giro lo llevó a San Sebastián (España), donde estudió un máster en Gestión e Innovación de Restaurantes en el Basque Culinary Center. Durante ese tiempo, y en sus prácticas en Palma de Mallorca, empezó a gestarse la idea de Lagunilla como proyecto de tesis. Volver a Ica no estaba en sus planes iniciales. “Para serte honesto, volver significaba una derrota”, confiesa. Sin embargo, la experiencia fuerale cambió la perspectiva.
En San Sebastián encontró un público profundamente orgulloso de su cultura y de sus productos. Esa identificación lo interpeló. “Cuando hablaban de Perú, hablaban de Lima, de Cusco, de Arequipa, de la selva, pero nadie hablaba de Ica”, recuerda. La pregunta fue inevitable: por qué una región con tantas riquezas seguía fuera del mapa gastronómico.
De ese cuestionamiento nació Lagunilla, un restaurante pensado para dialogar con la identidad local y darle el protagonismo que merece cada uno de los productos que salen de la rica tierra iqueña.

Ica como protagonista
La carta de Lagunilla es un homenaje a Ica. Comida con identidad regional, pero también con técnicas y guiños a distintas cocinas: europea, norteña, selvática, arequipeña e incluso asiática. El hilo conductor es el producto local y la relación directa con quienes lo trabajan.
Uno de los platos que nos aconsejaron probar durante nuestra visita fue el cebiche Yumaque, una preparación que reúne mar y desierto. Conchas de abanico de Paracas, pulpo de Pisco y pesca del día (en nuestra estancia: corvina de Ocucaje) se integran con aceite de oliva de Samaca y pallar de Yauca. Este último se incorpora con sutileza en la leche de tigre, aportando una textura distinta sin imponerse. El plato se sirve con tortitas de choclo y deja claro, desde el inicio, lo que el chef Eduardo Uribe quiere que sea su sello distintivo.

El pulpo al olivo es otra muestra clara de la impronta del restaurante. Preparado con aceitunas botija del valle de Olivos de Nazca y aceite de oliva de Samaca, se acompaña de palta, tomates de huerto y culantro. El vínculo con la memoria personal del chef aparece en un acompañamiento inusual pero preciso: unas galletas de camarón al estilo chino que aportan textura y contraste al plato. El guiño remite a los años en los que Uribe recorría la calle Capón junto a su madre, cuando ir por bocaditos chinos era la recompensa tras acompañarla en su trabajo como emprendedora y el primer acercamiento de su paladar a los sabores asiáticos.
Las conchitas batayaqui muestran otra arista de la propuesta. Selladas en mantequilla batayaqui, con togarashi, hoisin, parmesano y un toque de rocoto, reciben mandarina, quinua pop y cebolla china. El cierre con limón equilibra el conjunto y refuerza el carácter fresco del plato.

Otra preparación que reafirma a Lagunilla como un restaurante a no perder de vista es la sartén de arroz al loche con pesca enchichada. El concolón se construye a partir de un guiso de zapallo loche y zapallo javinca, cerveza negra y chicha de jora. La corvina, braseada en una salsa de chicha, mantequilla y ají amarillo, se sirve con chalaquita y una leche de tigre de ají amarillo que se incorpora en mesa. El cancate aparece como un guiño a una tradición que se va perdiendo, pero que aquí encuentra una nueva forma de permanecer.
La creatividad de Lagunilla
El picante de pallares es, quizá, el plato más contundente del recorrido. Trabajado con mantequilla de miso, que integra pallar verde, queso paria, huacatay y ají amarillo. Sobre él, un asado de tira guisado durante horas con vino borgoña chinchano y ají panca. El resultado es un plato de raíz local, actualizado con técnica y criterio.

Para finalizar la experiencia nos llega a la mesa un bajativo elaborado a partir de un ‘fat wash’ de pisco quebranta y chocoteja. Dulce y aromático, es un gran cierre y un buen ejemplo de la atención que con cuidado ofrece el personal del lugar. Porque la apuesta también está en la parte humana.
Más allá de los platos, Lagunilla busca una relación cercana con pescadores artesanales, agricultores e intermediarios del terminal pesquero. “Poco a poco queremos volver al corazón del restaurante, que es la puesta en valor de las personas”, señala Uribe. Es una labor que se realiza a pequeña escala, pero con una comunicación constante que busca dejar huella y llevar la gastronomía de Ica a un siguiente nivel. “La cocina de la región se lo merece”, afirma el chef.
Y un gran paso para seguir en ese camino llegó en 2025, cuando Lagunilla recibió el Premio Somos al Mejor Restaurante de la región Ica. Para el chef, el galardón va más allá de la visibilidad. “Es un reconocimiento para el equipo. Los chicos se sienten orgullosos y saben que están haciendo bien las cosas”, afirma.
Eduardo Uribe sabe que la suya no es una cocina contemporánea en el sentido estricto, pero sí una cocina con personalidad que mira al futuro. Una que aprende de la tradición, pero que se permite aportar sumando desde diferentes frentes y que invita a ver a Ica con nuevos ojos.
El restaurante Lagunilla se ubica en Av. Conde de Nieva 1107, Urb. Luren.
La atención es de lunes a sábados de 12:00 a 4:30 pm y de 6:00 pm a 10:00 pm. Los domingos abren de 12:00 pm a 5:00 pm. Puedes hacer tu reserva a través de este enlace. Y consultar la carta completa aquí.
Además, en las mismas instalaciones de Lagunilla se ubica la pastelería Artia, también parte del negocio familiar. Les aconsejamos probar su crocante de pecanas. Si eres amante de los dulces, este es un postre estelar que muestra la riqueza de la tradición dulce nacional.
En Instagram los encuentras como @lagunilla.restaurante.

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