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La última musa de Bellas Artes: la historia de Rosa Jiménez, la modelo de desnudos de 85 años
Durante más de cuarenta años, el cuerpo de Rosa Jiménez Saher fue materia de estudio, ejercicio estético y disciplina silenciosa en las aulas de Bellas Artes. Hoy, el retiro la enfrenta a regresa por última vez a un homenaje donde vuelve a ocupar el centro de todas las miradas.
Este resumen es generado por inteligencia artificial y revisado por la redacción.
Rosa Jiménez Saher, nació en Lima y se dedicó por 41 años a ser modelo de figura humana, donde participó en sesiones académicas que formaron a generaciones de artistas. FOTOS: JOEL ALONZO/GEC
El retiro parece haber desnudado la verdadera pasión de la señora Rosa Jiménez Saher: volver a ser una musa de la Escuela Nacional de Bellas Artes. A sus 85 años, su mayor deseo no es abrigarse para el invierno, sino volverse a quitar la ropa. Que los artistas pinten, esculpan y dibujen con exactitud sus trazos de mujer delgada y pequeña. De tres a siete de la tarde, como antes, sin apuro. Y luego regresar a casa antes de que empiece la novela. “Bonitas, pero ellas no sabrían cómo posar”, dice, entre risas, pensando en Fatmagul y Sheherazade. Y en esa frase hay más oficio que burla.
El retiro parece haber desnudado la verdadera pasión de la señora Rosa Jiménez Saher: volver a ser una musa de la Escuela Nacional de Bellas Artes. A sus 85 años, su mayor deseo no es abrigarse para el invierno, sino volverse a quitar la ropa. Que los artistas pinten, esculpan y dibujen con exactitud sus trazos de mujer delgada y pequeña. De tres a siete de la tarde, como antes, sin apuro. Y luego regresar a casa antes de que empiece la novela. “Bonitas, pero ellas no sabrían cómo posar”, dice, entre risas, pensando en Fatmagul y Sheherazade. Y en esa frase hay más oficio que burla.
Sin embargo, es consciente de que su deseo está atravesado por la nostalgia. “Me da tristeza decirlo, pero es cierto: mi historia desnuda comienza por la necesidad”. A sus 38 años pasó de confeccionar ropa a quitársela tras el cierre del taller donde trabajaba. Con un hijo en brazos y pocos soles en la otra mano, el cartel en la entrada de Bellas Artes fue su única salida. La entrevista de trabajo se resolvió en pocas palabras: “Aquí se calatea, ¿estás de acuerdo?”. Su “sí” llegó antes que el pudor y, cuando reaccionó, estaba corriendo semidesnuda hacia la puerta. Otra modelo la contuvo y le explicó una verdad que luego confirmaría: “Aquí hay respeto; afuera, aun con ropa, te van a faltar el respeto”.
Escultura en arcilla de carácter académico, construida a partir de sesiones con modelo en vivo: toma a Rosa como referencia, sin buscar una representación fidedigna FOTOS: JOEL ALONZO/GEC
/ JOEL ALONZO
Lo suyo era la pose en colchoneta, las poses complejas. Competía, sin decirlo, con su amigo Rodolfo Muñoz, con quien compartía almuerzos por las tardes. Sin embargo, cualquier competencia se diluía cuando empezaba el reparto de sacos de arroz, azúcar y tarros de leche. Le pagaban doscientos soles; contaba con las facilidades y la amabilidad de los directores, que año tras año le renovaban el contrato. Y, aun así, la estabilidad no garantizaba nada más.
Fuera de la Escuela, Rosa se vestía de otra manera. Era madre soltera. Dejaba a su hijo a unas cuadras y volvía a casa, donde la esperaba su madre. De los hombres habla poco y sin rodeos: “¿Para qué?”. Luego nació su hija y la ausencia del padre reforzó la idea. “¿Ves? ¿Para qué?”. Con el tiempo aprendió a distinguir a quienes confundían desnudez con permiso, trabajo con insinuación. A esos los despachaba rápido. No había mucho que explicar.
“Pero no siempre fui así”, dice. Y aparece otra escena: el padre de su hija, un artista que entrando a la Escuela; ella lo veía desde lejos y se apuraba a vestirse, escapando por un pasillo para no cruzarlo. “No sé por qué lo hacía si no le debía nada: nunca me mantuvo ni hizo nada”. Y es que hay pudores que ni siquiera los años de desnudez explican.
Al salir cada día, regresaba sobre sus mismos pasos: caminaba por el jirón Ancash, compraba pan y leche, seguía unas cuadras hasta llegar al jirón Lampa, donde abría la puerta de una casona que hoy ya no existe. La ciudad también era otra: periódicos más extensos, calles que parecían más angostas, cafeterías y restaurantes que hoy ocupan el lugar de antiguas imprentas o puestos de confitería. “Mis recuerdos y mi cuerpo son de otros tiempos”, dice, y no hace falta precisar más.
Acuarela sobre papel que registra una de las poses de estudio realizadas por Rosa Jiménez en las clases de figura humana en Bellas Artes. (Foto: Archivo Daniela Ayma Vassallo)
La última pose
La señora Rosa sube las escaleras de un edificio frente al Convento Máximo de Nuestra Señora del Santísimo Rosario. Habla de cómo pasó el tiempo, de cómo las cosas cambian. Dejó de posar en 2020, cuando la pandemia clausuró ese espacio donde su cuerpo tenía una función clara. Desde entonces, el tiempo se mide en pastillas —ocho al día— y en pequeñas salidas. “Ya no soy la jovencita que era”, se dice a sí misma con una sonrisa.
Antes de entrar al homenaje —organizado por artistas que la conocen de memoria, de pies a cabeza— advierte: “Nada de desnudos”. Adentro, un escultor la recibe: “Rosita, primera vez que te veo con ropa”. Ella sonríe y responde sin esfuerzo: “Señor, yo a usted ni lo recuerdo”. La sala celebra su llegada. Suena un waqrapuku. Un hombre recita en quechua. Una voz entona La donna è mobile. Rosa no entiende el poema ni la letra, pero entiende el gesto: todas las miradas recaen sobre ella.
La modelo Sara Jiménez Sahe junto a la escultura hecha de terracota con barro cocido del Archivo Daniel Barreto, que muestra parte de la historia de Jiménez como modelo FOTOS: JOEL ALONZO/GEC
/ JOEL ALONZO
Al poco rato, alguien la sienta en el centro. No hay instrucciones. Tampoco hacen falta tras más de 40 años de experiencia. Endereza la espalda, fija la mirada en un punto blanco, deja que el cuerpo haga lo suyo. Se promete que será la última vez y, al mismo tiempo, sabe que no cumplirá esa promesa si la vuelven a llamar de la Escuela. Los más jóvenes la dibujan; otros comentan en voz baja historias que ella prefiere no confirmar. “El pudor no es solo físico”, dice, y no suena a broma.
La noche cae y el vino hace su trabajo con los artistas. Algunos intentan capturarla como es; otros, como fue; otros, como quisieran que hubiera sido. Ella no corrige a nadie, aunque lamenta no haberse quedado con más cuadros o esculturas en las que fue modelo. Después se levanta. Recoge sus cosas y recorre brevemente las calles del Centro de Lima. La ciudad sigue igual y distinta. Apura el paso para irse a casa, donde su novela ya debe haber empezado.
Un cuerpo sin precio
Rosa Jiménez posó durante todo ese tiempo para cientos de alumnos que se llevaron a casa óleos, carboncillos y esculturas con su cuerpo. Era parte del acuerdo: su presencia en el aula habilitaba la obra, pero no le otorgaba ningún derecho sobre ella. En el Perú, la ley de derechos de autor protege al artista que crea la pieza, no al modelo que la hace posible. El cuerpo de Rosa es hoy patrimonio privado de personas cuyos nombres ella ya no recuerda.
El homenaje se realizó en la Academia de Arte Lima (Pasaje Sta, Rosa 191 interior 601, Centro de Lima)